Destino mestizo 

GettyImages-594836477-58fe53963df78ca159068b1a.jpgSi nos atenemos a la etimología, la palabra mestizaje refiere a la mezcla o recombinación. Esto es lo que ocurre siempre en la vida, que es devenir constante, flujo; en este sentido no es difícil adoptar la versión heraclitiana de la historia del universo: todo cambia y nosotros cambiamos. Esta transformación es fusión y pérdida, negociación constante y muchas veces inconsciente de “verdades” personalísimas que hoy son sólidas como la roca y mañana se disuelven, abriendo paso a realidades distintas. Los mundos no se derrumban, se disipan. Nada es para siempre, se dice con un tono de sabiduría ancestral, y es muy difícil refutar semejante afirmación.

Desde el punto de vista teórico, la reflexión sobre el mestizaje es antigua. Surge sobre todo como parte del proceso de colonización de las américas por parte de los europeos españoles y portugueses que establecieron un sistema social de castas o jerarquías organizadas en virtud de la superioridad “blanca”; es decir, el mestizo era el nuevo hombre de las américas, aquel que llevaba en sus venas la sangre mezclada de progenitores de orígenes distintos: español y amerindio. Es una noción germinal y ciertamente muy básica que no compromete un análisis mayor que el de la mera descripción (y subyugación) de personas en virtud de sus orígenes. Resulta claro que mis referencias al mestizaje trascienden este carácter casi pecuario con el que los colonizadores ejercieron el poder político y económico en las tierras recién conquistadas.

Debido a todo lo anterior es que puede hablarse con justicia de Latinoamérica como el continente mestizo. Esta condición es siempre una riqueza y debe defenderse como legado y como posibilidad de futuro; por esto es que escribo ahora estas notas, porque veo la necesidad de meditar públicamente en la condición mestiza, sobre todo cuando los esencialismos identitarios (particularmente exacerbados desde el ya remoto 1992) apuntan sus cañones contra todo movimiento que apunte en esa dirección; a mí me resulta trágico que en la época de las telecomunicaciones sofisticadas se persista en una visión parroquial de la existencia de los hombres y sus comunidades. Defender el mestizaje como camino natural de la cultura de los pueblos ha de ser la manera en que mejor se honra, con actos y razones, el ideal de un destino común para todos.

Como resulta natural, el mestizaje ha tenido defensores en Latinoamérica. Su defensa ha encarnado una teórica y una política; ha resultado chocante, sobre todo en lo que concierne a esta última, sobre todo entre quienes promueven el esencialismo, cualquiera que sea su signo. Quizá el más prominente de ellos sea el filósofo mexicano José Vasconcelos (1882-1959). En su célebre libro “La raza cósmica”, el connotado oaxaqueño explica la inevitable condición del mestizaje, sobre todo en el continente americano, destinado a ser el hogar de la “quinta raza”, síntesis y expresión última de todas las anteriores. Vasconcelos continúa las ideas de su tiempo, pero no se refugia en la aspiración nacionalista; por el contrario, aspira a un universalismo fraterno que solo es posible en virtud del entrelazamiento cultural. Su filosofía de la cultura es un llamado a la voluntad de abrazo y entendimiento. A despecho de lo que afirman sus críticos más conspicuos, me resulta claro que en su pensamiento late un deseo de auxilio y redención de las víctimas del avasallamiento colonizador. Solo las almas auténticamente nobles son capaces de trabajar por un destino común contrario, como es obvio, al pensamiento esencialista y sectario que por mala fortuna parece no morir nunca.

Si Vasconcelos nos muestra aspiraciones “cósmicas”, es decir, globales, el crítico uruguayo Ángel Rama localiza la intención de fundido cultural en la estética. Quiero decir que Rama estudia el fenómeno de la “transculturación” como resolución de lo tradicional y lo novedoso en formas originales que den cuenta de una realidad cultural siempre cambiante o plástica. Ciertamente, como he dicho, el uruguayo trabaja con la literatura como un sistema, aunque no deja de reconocer jamás que esta es colateral a una visión de mundo y una serie de prácticas políticas que bien pueden ser analizadas y comprendidas utilizando el mismo concepto de incorporaciones y selecciones propio del a transculturación narrativa.

Como tercer defensor del mestizaje debo citar a mi mentor, el profesor Maurico Beuchot. Sistematizador de la hermenéutica analógica, su obra es copiosa, rica y, sobre todo, transparente; el padre Beuchot posee algo que admiro profundamente, la capacidad de traducir a caracteres claros las disquisiciones más complicadas de nuestro ejercicio intelectual. El corazón de su pensamiento es representadao por la analogía; con esto ya se dice todo. Es un pensador prudente que tiene un ideal claro: la proporción. Alguna vez le escuche decir que el filósofo francés Paul Ricœur le había dicho que era natural que fuera analógico dada su condición de mestizo. La analogía es, pues, pensamiento mestizo que aboga por la traducción y el acercamiento de paradigmas culturales distintos; para el filósofo mexicano es una alta virtud a la que estamos llamados todos los pensadores adscritos a su propuesta filosófica la de buscar la asimilación, así sea imperfecta, de paradigmas vitales y de sentido distintos a los nuestros. La hermenéutica analógica promueve la pluralidad, la diversidad y el concierto de voces, pero en nombre de la razón y el sentido más elemental de orden se cuidad de acotar la dispersión y el vaciamiento ontológico propuesto y encarnado por la doxa posmoderna.

Lo anterior nos lleva ahora a pensar con mayor detenimiento en la idea de la proporción, esencial dentro del pensamiento analógico. Por proporción hemos de entender que existe un sistema vinculante entre los entes y que permite asociación de partes en acoplamientos que abrazan similitudes e incorporan diferencias. La proporción implica una relación de semejanzas y diferencias vinculadas por una función asociativa; el ejemplo clásico de esto que digo es el de la metáfora, que incorpora elementos disímiles que, sin embargo, comparten semejanzas muchas veces invisibles a simples vista. En este sentido es que la metáfora cumple con una función de revelación de desvelamiento de sentido. Pero las relaciones de proporcionalidad, esenciales en toda meditación sobre el mestizaje, no se limitan a lo metafórico; no olvidemos que el sistema social es demasiado complejo para ajustarse a una aproximación teórica, por rica y elaborada que esta sea. Cuando hablo de mestizaje, pues, estoy hablando sobre todo de un sentido posible y deseable de nuestra comunidad humana, un rumbo racional y prudente en el que todos debemos trabajar.

Sigo con la idea del sentido. He hablado de rumbo y razón, pero también conviene vincular el sentido con las sensaciones. Me refiero a la parte visible, sensorial de la cultura, tan cara para los críticos de corte sociológico-antropológico de la academia actual. En estas concentraciones táctiles (por hacer del tacto sinécdoque), la persona tiene la rica posibilidad de ejercer los mecanismos de su creatividad e imaginación, generando además potentes concentraciones simbólicas. Los motivos esenciales que se agitan en el seno de una tradición dada se expresan de manera visible en estas construcciones o prácticas culturales concretas. La realización material de los mitos populares deriva en amplias posibilidades de roce e influencia, lo que antiguamente se conocía como sincretismo. Paradójicamente, como puede deducirlo el observador común, son estas transformaciones inevitables, estas refundaciones las que otorgan vitalidad a una determinada tradición. En otras palabras: solo lo que al renunciar al ideal de pureza se abre para asumir el “riesgo de contaminación” está felizmente destinado a perdurar a lo largo del tiempo.

Ahora desde un punto de vista ético, entendamos que la noción del mestizaje entraña un altísimo deber: el combate de los esencialismos. Quiero decir con esto que la virtud de la combinación y el contacto tiene como una de sus más hermosas consecuencias la disolución de los desplantes identitarios sólidos que solo generan, como es natural, confrontación y violencia; en este punto hay que bordar finamente porque no olvidemos que la llamada política de identidades se construye sobre el dogma de la confrontación infinita entre los centros de poder y las zonas de marginalidad. Digo esto porque ejercer la crítica de los desplantes de identidad, tan arraigados en la academia militante, es considerado una expresión de conservadurismo o abierto desprecio. Nada más falso. No olvidemos que los núcleos de identidad replican en su diseminación los mecanismos de univocidad y ontología dura que los más atroces y arrogantes autoritarismos han encarnado siempre.

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