Hijos de los perros

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Los cínicos encarnan los orígenes de la actitud cosmopolita. Esta implica una visión común de la naturaleza o condición humana, que une a todos los hombres del planeta sin importar sus condiciones circunstanciales; es decir, más allá de los accidentes que conforman la vida de cada uno de nosotros, el cinismo afirma la existencia de un suelo común que no podemos negar o transformar por más esfuerzos que hagamos para ocultarlo: nos unifica nuestra propia humanidad a pesar de las diferencias. Esto es particularmente importante si pensamos en el nacionalismo y otras doctrinas discriminatorias que se basan precisamente en la idea de la exclusividad o la diferencia identitaria. Lo contrario al cosmopolitismo es el sectarismo y sus consecuencias directas: la discriminación y el desprecio.

En la actitud que los cínicos muestran podemos ver cómo la idea y la acción se anudan para consolidar una visión de mundo o si se quiere decir en términos académicos, una escuela de pensamiento. Esto es evidente entre los cínicos, que encarnan un “cómo vivir” de cara a la realidad artificial de la polis, feroz y benévola a un tiempo, como el fuego. El cinismo es crítica y vitalidad, encarnación de la voluntad y apasionamiento por las delicias no culposas de la vida regalada. El cínico es plenamente consciente de su libertad, de la importancia del territorio ligado a la experiencia humana y de la riqueza misma de la convivencia. Esto los vuelve los primeros cosmopolitas, es decir, aquellos que abrazan el encuentro del otro sin menoscabo de la libertad personal.

De acuerdo con el profesor James Romm, los cínicos se organizaban en torno a ciertos principios definibles; por ejemplo, el cinismo entraña, como he dicho, el vivir pleno de la libertad de acuerdo con los designios propios de la naturaleza. Esto hermana por necesidad a todos los hombres que habitan el planeta, esto hace de la experiencia humana una posibilidad absoluta con independencia de las circunstancias territoriales o culturales donde habite la persona. El cinismo proclama para sí la actualización del carácter auténticamente universal de cada individuo. A mi juicio este es el principio rector, el que abre las puertas a toda posible reflexión que quiera ver en el cinismo la raíz de todo pensamiento cosmopolita.

El cinismo personifica la unión de comprensión de la realidad y acción. El cinismo asume que el pensamiento hunde sus raíces en la corporalidad que somos; la visión esencialista de “lo humano” es el resultado de la suma de la fisiología del soma (cuerpo) y la psique, pero hay algo más, un escenario en el que cada individuo ha de verse forzado a convivir con otros individuos, la ciudad o polis. Podríamos decir que la incorporación contextual de la urbe le proporciona un horizonte histórico-político a la mal llamada “secta del perro”. El ethos cínico propende a la espontaneidad, el reconocimiento de la naturaleza, la tolerancia hacia el otro y, sobre todo, encarna una pedagogía de vida, lo que le conviene un carácter misionero o proselitista: el cínico es en sí mismo ejemplo y ruta de acción humana en el mundo.

El cinismo aproxima lo humano a lo natural de tal manera que consigue constituirse en una crítica de las estructuras del poder y sus narrativas. La filantropía de Diógenes o Crates suponen una apuesta por la vida del humano ordinario antes que la del ciudadano, categoría forjada por las regulaciones legales y culturales del aparato civil. Esta apuesta, sin embargo, no desconoce la existencia de élites o la función que estas pueden desempeñar en una sociedad; en otras palabras, el cinismo no busca que la comunidad humana se enrede en los caprichos de un exabrupto anarquista tanto como volverla consciente de su esencial paradoja: la sutileza espiritual convive anudada con la más rudimentaria animalidad.

A mi juicio el cinismo comporta una actitud eminentemente crítica que podemos calificar de radical sin temor a equivocarnos. Posee dos condiciones estridentes y una más de corte epistémico: provocación, ludismo y paradoja. Con esto quiero decir que el cinismo busca a las claras atraer la atención con base en una serie de stunts filosóficos realizados de un modo abiertamente antisolemne y cuya finalidad no es otra que la provocación de un sistema rígido. Por otro lado, la irreverencia entraña la condición paradójica de aspirar a fines más bien nobles, envolventes y humanistas. No es casualidad que los blancos recurrentes de sus dardos hayan sido los filósofos y sofistas, personajes reputados y representantes incuestionables del saber establecidos. En las antípodas de la erudición, el saber de los cínicos es a un mismo tiempo moral e intelectual, empatía por abrazar la condición humana y fuerza para emprender, en palabra y en acto, semejante tarea.

¿Qué podemos aprender de los cínicos en este siglo XXI que estamos viviendo? Lo primero que viene a mi cabeza es su compromiso radical con la crítica, lo que los vuelve precursores del pensamiento moderno; por otro lado, esta se expresa de un modo teatralizado y solemne, como si buscara montar en las tres dimensiones de la realidad la invisibilidad de los conceptos; aquí podemos ver un poderoso elemento didáctico digno de ser recuperado por quienes tenemos la fortuna de trabajar en un aula. Por último, no olvidemos que expanden la definición de lo humano, aspirando a una condición propia de todo individuo con independencia de sus contextos. La aspiración de construir una comunidad auténticamente planetaria es la más noble idea que hemos tenido como especie.

La vigencia del cinismo, como espero habrá quedado clara ya, implica más de un sentido; en lo particular me interesan dos de ellos: la crítica de la hegemonía intelectual y la promoción misionera del cosmopolitismo. En el contexto de las hermenéuticas de la disidencia esto resulta mucho más que pertinente; por un lado es posible retomar estas directrices para ejercer una crítica directa a los paradigmas del saber académico y por otro, en un plano más extenso, la difusión de una concepción teleológica, no disolutiva, de la historia. En una hora como la nuestra en la que parecen rebrotar malignidades localistas, la recuperación del ideal cosmopolita reivindica las posiciones humanistas, inclusivas y tolerantes que más necesitamos si es que queremos que la convivencia humana en un contexto de diferencias aceptadas sea posible.

El cinismo ofrece respuestas en un mundo resignado a la confusión. Se trata de la aparición del sentido como experiencia del mundo, lo que queda de manifiesto en la concepción vivencial de la reflexión filosófica. Esto me recuerda a la “hermenéutica carnal” propuesta por el filósofo irlandés Richard Kearney: transitar de la especulación al mundo del cuerpo sintiente. Por otro lado, el sentido nos refiere a la reflexión o racionalidad, a la posibilidad de justificación intelectual, lo que es indispensable para construir un mundo medianamente habitable. Por último, el sentido que ofrece el cinismo en estas horas aciagas es el del rumbo o camino, el de la puerta que se abre donde todo eran muros y confinamiento sin esperanzas.

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