Falso liberal

14908094349577.jpgEl presidente de México se llama a sí mismo liberal, pero no lo es. No sabe que no lo es o sabiéndolo ha decidido fingir dramáticamente para posicionarse del lado de quienes, en su visión maniquea del mundo, considera los “buenos” de la película. A sus críticos los llama “conservadores” (¿conservador el EZLN?), reduciendo toda discrepancia a una etiqueta que ha decidido tomar prestada del siglo XIX y que piensa le otorga peso y legitimidad. Esta visión simplificadora es explícitamente antiliberal, pero a él no le importa: nadie se lo reprocha. Si dice que es liberal hay que creerle porque según sus propias palabras él es honesto; los mentirosos, corruptos e ineptos son siempre otros, siempre otros. Su congregación no está para perderse en los detalles.

Ser liberal es asumir la contradicción como condición fundamental de la persona y de la comunidad a la que uno pertenece. Aun más, el liberalismo entraña la altísima obligación de fomentar las diferencias de opinión en una sociedad abierta que se construye con base en las resoluciones y pactos que se cumplen en el seno de su heterogeneidad. La idea más luminosa del liberalismo es la del suelo común -el de la ley y sus custodios-, lo que permite la conciliación justa de todas aquellas expresiones y voluntades que deseen participar de un proyecto humano global. El liberalismo es el destino natural al que nos empujan las fuerzas de la razón y la experiencia.

La bandera de López Obrador es la del reduccionismo simplista, la del desmantelamiento de las instituciones y la del ensalzamiento de su persona. Su ataque constante al poder judicial, el uso virulento y asfixiante del púlpito presidencial, su intervencionismo económico, su antiintelectualismo, la implementación de una insultante política clientelar y el ensimismamiento nacionalista son la sintomatología de una personalidad abatida por no sé qué profundas vacilaciones interiores que precisan diagnóstico e intervención clínica antes que análisis politológico. A diferencia de AMLO, un liberal no se asume como el poseedor de las soluciones tanto como el promotor del honesto debate que nos conduzca hasta ellas; un líder liberal se reconoce agente del futuro, hermano de quienes aún no han nacido; por ello aspira a los acuerdos que provoquen conjugación de esfuerzos, incluso en el disenso irreparable. Es una tarea lenta y trabajosa, pero es la única que puede garantizarnos un perfeccionamiento sostenido y, sobre todo, posible. Una sociedad se ha condenado al fracaso cuando sus miembros no pueden ponerse de acuerdo en esto tan radicalmente simple que dijera Paine en su famoso Common Sense: “La ley es el rey”. Debemos dirigir nuestra energía ciudadana a la construcción de certidumbre institucional antes que a la adoración de figurines populacheros. La apuesta liberal es, pues, hija de la voluntad y la paciencia.

Por eso los demagogos y los populistas la repudian, porque no les permite ejecutar la prestidigitación de una oratoria que ofrece soluciones inmediatas; gracias a esto es que consiguen pinchar el nervio pasional de una masa de desencantados que acuden a escuchar las dulces mentiras de los embaucadores. Los peligros de la fe son incalculables. Los populistas lo saben bien, por eso son prolijos en sus falacias, atenuando con la emponzoñada retórica de la promesa la sed de hambre y justicia. No cumplirán, pero eso poco les importa porque mentir es fácil y además sale gratis: continuarán haciéndolo hasta el final de sus días.

No, el presidente de México no es ni por asomo un liberal. Es un aventurero cerril y caprichoso que no alcanza a entender la responsabilidad histórica implícita en su alto cargo. Abandonar la vía de la democracia liberal es caer fuera de las avenidas del progreso, lo que para un país como el nuestro no es solo desafortunado sino, además y sobre todo, dolorosamente trágico.

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