Filosofar desde la carne

definition-of-existentialismSi uno se asoma al mundo virtual, como lo hacemos casi todos, casi todos los días, encontrará rápidamente un conjunto de voces que buscan hablar, a su manera y con sus recursos intelectuales y verbales, de una misma cosa: la existencia. Enmascarados por el estilo pedagógico y simplista de la autoyauda, o por el desplante prescriptivo de la doctrina religiosa, estos proponentes de la novísima reencarnación del pensamiento existencial se abocan a algo que los filósofos hoy considerados serios desdeñan olímpicamente: el mundo de la conciencia encarnada en la vida cotidiana.

He leído más de un artículo de escritores igualmente serios que se quejan amargamente de la proliferación de la autoayuda, de sus logros crematísticos y de la frivolidad que dicen esta clase de literatura entraña. Claro está, ellos se ven a sí mismos como los escritores que deberían tenerse en cuenta porque son capaces de aportar un valor ético y estético que los demás no pueden. Hasta aquí muy bien, pero no veo que hagan la siguiente pregunta lógica: ¿qué busca la gente, y aparentemente encuentra, en esos libros? Comercialmente hablando diríamos que se trata de un mercado con necesidades claras que algunos han sabido reconocer y que han sabido también atender con su producto.

Lo que yo creo que la mayoría de las personas buscamos es sentido. Inmersos como estamos en la marea alta de los signos que van y vienen en los oleajes de esta ya anciana e insufrible posmodernidad, los seres humanos buscamos desesperadamente un discurso que nos convoque en torno al fuego de una misma preocupación: ¿para qué es todo esto que llamamos experiencia del mundo? El discurso posmoderno ha evadido la pregunta porque la desdeña; en su lugar ha dedicado décadas enteras al juego, la parodia, la apología del absurdo, el nihilismo tecnológico, el discurso que gira sobre sí mismo queriendo morder su propia cola.

Yo creo que los filósofos deben recuperar el rumbo. Creo que deben hablar de lo humano como presencia contradictoria y radiante en el contexto de la vida simple que todos vivimos, pensando en torno a la idea del sentido como señal que nos indica hacia dónde debemos caminar; el exceso de “teoría” y las obsesiones sociológicas y antropológicas de los filósofos contemporáneos me resulta ya irrespirable. Mientras tanto los hombres seguimos encarnados, sufriendo y gozando, asombrados por la experiencia fantástica del milagro nuestro de cada día. Vivir debería movernos al asombro. Yo soy y estoy, detenido en la punta de la lengua, a punto de decir algo que brota de mi “interior” y se formaliza en la página; me rodea un océano de siglos, el rumor de la ciudad y el calor de la familia humana a la que pertenezco. Es aquí donde mis sentidos y mis razones importan, en la urgencia fisiológica de vivir en la inmediatez de mis latidos. No puedo renunciar a esta conciencia sin mutilar la parte más importante de mi “yo mismo”. Cuando me voy a la cama y cierro los ojos para dormir, no quiero pensar, no puedo pensar en el discurso interminable de los profesores que divagan horas y horas sobre absolutas frivolidades; lo que quiero es pensar y sentir a un mismo tiempo, es decir, algo mucho más importante: comprender y aceptar este cuerpo que soy, este tiempo encarnado que va muriendo y que un día se hundirá para siempre en el misterio luminoso de la sepultura. Es solo eso, muchachos.

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