Se vive como se piensa, se piensa como se lee.

XXTPtGm.jpg Como todos o como casi todos, paso algunas horas de mi semana (ciertamente más de las que yo quisiera), en las redes sociales, particularmente en Twitter, que se ha convertido en una especie de plaza pública en la que se congrega lo mejor y lo peor del mundo: una revoltijo sonoro y estruendoso de ángeles y demonios. Hay algo que no deja de provocarme asombro: la enorme incapacidad verbal de quienes ahí se congregan. Y no estoy diciendo aquí, que quede claro, que esperaría que la genialidad literaria abundara como los hongos en temporada de lluvia, ¡qué va!; de lo que hablo es de algo mucho más modesto aunque necesario: traducir al sistema de signos que constituyen la lengua escrita todo aquello que pensamos, de tal manera que resulte claro para los demás el comprender lo que uno está queriendo comunicar. Es solo eso.

El número de palabras que ahí se utilizan es reducidísimo, aunque aún más grave resulta que no se sepan utilizar los signos de puntuación, sin los cuales todo texto se viene a tierra ante el menor soplo. Si no pueden escribir, tampoco pueden leer: todo lo tergiversan y esta confusión abona a las causas del ruido, que se difunde rápidamente gracias a que los bobos tienen la facultad de ser infatigables: interactúan sin descanso, dándose palos de ciego, difundiendo bulos, asumiendo con cierto envanecimiento que entienden lo que claramente no entienden. Un auténtico desastre.

Me he dado cuenta de que mi cerebro se ha entrenado para leer y corregir a un tiempo, de tal manera que pueda comprender lo que equis o ye están “tratando de decir” desde su mundo empequeñecido y oscuro. Lo que no entiendo es por qué no ponen cuidado en estas delicadas materias; es claro que todo lo que necesitamos para poder expresarnos con claridad lo podemos aprender durante los años de nuestra formación básica. Aquí sucede que o la educación primaria que recibe la mayoría de las personas es basura, o la indiferencia es un mal tan extendido que no hay educación elemental, por buena que esta fuera, que pueda enseñarles a las personas a amar la lengua, que es, como bien sabemos, espejo del pensamiento y matriz de la existencia. No olvidemos esto: se vive como se piensa, se piensa como se lee.

Y aquí se encuentra quizá la raíz del mal: el olvido de los libros. Sin la lectura cotidiana estamos condenados al raquitismo intelectual y humano en general. Quien no lee ha de verse reducido a una infancia perpetua de la que otros, más fuertes y más enterados, se habrán de aprovechar tarde o temprano: leer es un acto de rebeldía e independencia. Leer es la manera que tenemos de crecer en espíritu. Leer es un mecanismo de movilidad social. Leer nos une con la tradición a la que pertenecemos, lo que nos auxilia para que nuestra vida salga del marasmo de la vulgaridad cotidiana y se proyecte de modo trascendente hacia el futuro. Leer es tan necesario como el alimento y el agua que reclama nuestra fisiología, de tal manera que quien no lee es un muerto que camina; el problema es que esos muertos vivientes son legión y ejercen el putrefacto poder de su mayoría para retorcer el destino del mundo, para hundir este barco en el que vamos todos. Donde no hay lectura la noche es perpetua. ¡Una auténtica calamidad!

Recordemos esto: en el corazón de todo mecanismo de resistencia de cara al poder autoritario debe encontrase siempre una biblioteca. Amar los libros es amar la vida, la libertad, el progreso al que estamos llamados todos los hombres.

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