Cultura del esfuerzo

esfuerzoLa vida ha sido muy generosa conmigo, me ha dado pocas cosas, es verdad, pero no me ha quitado lo que más necesito: el deseo de trabajar. Nací en una sociedad y un tiempo en los que esto era lo norma y no la excepción de la regla; trabajar arduamente suponía construir tu propia historia y aportar desde tus capacidades y talentos personalísimos a la comunidad. Nada más. Era todo y bastaba para conjurar los demonios de la amargura. Como todos los hombres que viven atrapados en sus circunstancias, supuse que el mundo que existía más allá de los contornos regionales en los que iba creciendo tendría por necesidad que ser en todo semejante al pequeño universo de mis días, pero no lo era. Los años me enseñarían después que en este planeta habitan muchas personas que se muestran reacias a poner manos a la obra y que son capaces de hacer lo que sea menester con tal de no atarse a esa piedra de molino a la que yo, insisto, me amarré con gran entusiasmo. La jornada laboral era simple y llanamente un destino incuestionable.

Tengo 43 años y sigo pensando lo mismo. Todas las mañanas salgo de mi casa sintiéndome un obrero feliz, entusiasmado por los libros que leo y escribo, por los cursos que invento e imparto, por el diálogo con mis colegas y amigos, por el servicio desinteresado que también ofrezco a la comunidad universitaria a la que bienaventuradamente pertenezco. No es mucho, lo sé, pero para mí es suficiente; sé también que se construye siempre sobre lo construido, que lo grande es hijo de lo pequeño, que la prisa es mala y que los tiempos de la creatividad no se ajustan necesariamente a los calendarios de la producción material: sigo caminando. En fin, sucede que a estas alturas de mi vida sé muy bien no existe para mí más alternativa que seguir jugando este juego de ser para la vida, porque he comprendido que esta no es algo dado sino algo que crece con mi propio esfuerzo; la voluntad humana expande el círculo de las posibilidades sociales y envuelve en su desarrollo a más personas cada vez. El progreso no es un mito sino una realidad objetiva, mensurable, de la que deberíamos sentirnos profundamente orgullosos quienes aportamos cotidianamente. Los que trabajan crean para sí mismos, resulta obvio, pero también para los demás, que no se olvide. Los que dejan su sudor y su sangre en el camino están sembrando mejores oportunidades para los que vienen detrás; romper esta suerte de comunión intergeneracional implica no solo destruir progresos futuros, sino también retroceder y echar por tierra lo ganado. Trabajar es mantener a raya las fuerzas de la destrucción, que están ahí todo el tiempo, acechantes, como las vegetaciones hostiles de una selva dispuesta a devorar al menor descuido las construcciones de una incipiente civilización.

Bendito Dios nací donde nací, en el seno de una familia en la que los hombres se mueren trabajando, como mi bisabuelo, mi abuelo y seguramente mi padre. Lo mismo pido para mí, esa fidelidad radical al esfuerzo propio en el que la inteligencia, la sensibilidad, la voluntad y la dignidad conjuran un pacto humano luminoso. En ese universo familiar en el que fui forjado se podía perdonar la cobardía o la torpeza, es verdad, pero nunca la pereza y la irresponsabilidad. Desde niño he trabajado por dinero y por reconocimiento, y no he sentido jamás sobre mis espaldas el yugo tomista del escrúpulo: considerar el lucro algo deplorable es una estupidez que nos condena a vivir en clanes determinados por su miseria material y espiritual. Todo trabajo es digno porque entraña generosidad y porque en todo momento puede ser un punto de partida: en toda iniciativa económica se encuentra en potencia el éxito, la satisfacción y la alegre vitalidad. Mi primer trabajo fue vender dulces, una autentica escuela de vida: el comercio es siempre saludable tensión de intereses personales y colectivos; quien comercia, como quien interpreta, comprende que es posible entrelazar los deseos: ganancias y sentido. Hermes sonríe. Después repartí periódicos, trabajé en la imprenta familiar, repartí publicidad de casa en casa, vendí frijol, di clases de español y matemáticas, trabajé en los veranos cosechando fruta, ordeñé vacas, fui vaquero, sacrifiqué pollos y borregos, castré becerros, auxiliar de topógrafo, albañil eventual, trabajé para una agencia de comunicación que publicitaba basura en los baños de los antros, fui corrector de estilo y escritor fantasma, tutor de español de millonarios niños asiáticos, auxiliar de investigador, estudiante graduado a sueldo y hasta el día de hoy profesor en Penn State University. Ciertamente he contado con el apoyo cotidiano de mi esposa, sin la que todo esto que voy contando no hubiera sido posible. Recuerdo que cuando vine a la University of Arizona para estudiar mi posgrado decidí no solicitar una beca al CONACYT porque teníamos algo de dinero ahorrado, porque prefería trabajar dando clases y porque supusimos ese dinero le podía servir a alguien más. Tengo que decirlo: pocas cosas me enorgullecen tanto como haber tomado esa decisión.

De la ética calvinista de este país en el que vivo aprendí que el trabajo se sustenta siempre a sí mismo y que el muy hispánico “prestigio” es un lastre que desemboca tarde o temprano en un “hidalgo” de zapatos gastados y tripas vacías. Creo, pues, que el desarrollo de los países pasa por todo esto que voy diciendo. No solo hablo de mí, que no soy ejemplar en modo alguno, sino de una forma de vida que supone con obligación la consolidación material e intelectual de la gente; las personas solventes son independientes y desde esa condición, que no es privilegio sino consecuencia justa y proporcionada al esfuerzo, pueden apuntalar un sistema capaz de crear oportunidades para quienes apenas comienzan o quienes, como tantas veces sucede en la vida, transitan por las horas oscuras. ¿Por qué es, entonces, que la cultura del esfuerzo tiene detractores? Lo tengo claro; porque, como dije al comienzo de estas líneas, hay muchos desdichados que no tuvieron la fortuna de ser educados en un ambiente de expectativa y disciplina. Pero hay algo más, buscar la libertad a través del trabajo implica asumir la responsabilidad y la posibilidad nada remota del fracaso. Es duro decirlo, pero ahí afuera hay muchas, muchísimas personas con acendrada vocación de mascota, que no buscan la independencia de una digna adultez, sino un amo que periódicamente coloque algo de comer en ese plato mugriento que empuja bajo la puerta.

La gratuidad es una falacia promovida por los cínicos. Es el esfuerzo cotidiano, disciplinado y dirigido lo que hace que las personas nos desarrollemos con sentido y dignidad; quienes se yerguen contra estos principios tan básicos y fundamentales lo hacen, además del cinismo mencionado, movidos por la soberbia de quien se supone capaz de ver lo que los demás no vemos: se resisten a asumir la simplicidad de sus vidas, por eso desarrollan en su cabeza un imaginario de revueltas, vindicaciones y transformaciones fabulosas. Todo esto no se concreta nunca, como es obvio, por eso viven existencias determinadas por el resentimiento, la desolación y la amargura. Yo he encontrado que el trabajo suele ser una fuente inagotable de bienestar psíquico. Tal vez si abandonaran sus delirios y se pusieran a laborar con entusiasmo, encontrarían una vocación y, algo más importante, una razón de ser.

P.S. Por estos días he pensado mucho en estas cosas. Ha sido un invierno duro en Pensilvania, muy duro, por eso siempre busco un pretexto para demorarme en mi oficina, para no salir y enfrentarme a la realidad del hielo en todas partes. Pues bien, muchas veces al salir de ahí, cerca de la medianoche, he observado que en muchas oficinas, laboratorios y bibliotecas hay gente que sigue trabajando arduamente, dejando la espalda, la vista, la vida misma para que el conocimiento siga creciendo, para que el mundo de la ciencia, las humanidades, las ciencias sociales, el comercio, entre tantas otras actividades y saberes, siga desarrollándose y los hombres que algún día vivirán en este hermoso planeta tengan mejores condiciones de existencia; así siempre ha sido: nos toca pagar la deuda heredada, el beneficio recibido de todos los que nos antecedieron. Esto le da tranquilidad a mi espíritu, me hace pensar que a despecho de los embates de los dragones del populismo y sus falacias (nacionalismo, socialismo, políticas de identidad, etcétera.), la gran familia humana habrá de llegar puntual a su destino.

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