La práctica liberal VI

Liberalismo

Me encanta el término “sentido común” por que entraña la idea de la trascendencia. Las lecturas del mundo no pueden ser expresiones de individualismo radical porque serían absolutamente ilegibles; vivir es salir de nosotros mismos para buscar establecer contacto con el otro de cara a ese tercero que nos interpela siempre: la realidad. La sociedad misma requiere del saber, existe una necesidad del conocimiento objetivo y el consenso que permitan la conformación de una estructura del saber sin la cual la civilización entera colapsaría. El mundo del conocimiento replica el de la producción material: es necesario dividir nuestras responsabilidades para que el fruto de nuestros esfuerzos no sea una simple suma sino una multiplicación constante y ascendente.

Ese communem sensum, como es natural, debe descansar sobre una estructura lógica que lo valida y lo vuelva transferible. A este supuesto debe seguirle la necesidad imperativa de una lectura analógica de la realidad, es decir, una lectura prudente y proporcionada que vincule lo diverso con relación a lo común; lo uno no elimina a lo otro porque no existe exclusión mutua, sino gradación o escala de semejanzas y diferencias. Este modelo interpretativo garantiza a un mismo tiempo la pluralidad y la verdad, y lo que es más importante, abre las puertas a un diálogo auténtico, crítico y generoso que no rompa con los vínculos humanos que son necesarios para la cohesión de los grupos.

El sentido común es una barrera contra el absurdo. Esto es fundamental, sobre todo cuando la narrativa del disparate se ha difundido a tal nivel que lo que antes resultaba evidente es hoy motivo de sospecha o abierta burla. El ser humano engreído de nuestro tiempo se ha vuelto cínico; desprecia lo que no comprende y, aun más, no se preocupa por comprenderlo porque en su interior piensa que todo da totalmente igual: si no hay escala de validación, ¿qué necesidad tiene la persona de asimilarse a un canon libresco? ¿Para qué tomarse la molesta del esfuerzo intelectual cuando el imperativo relativista parece exculparnos de nuestras torpezas más dolorosas? Quien reclama la autoridad de la verdad hacia sí mismo termina por volverse rehén de sus caprichos.

No debemos confundir el sentido común con lo unívoco, como ya he mencionado al hacer referencia al inmenso poder hermenéutico de la analogía. Yo veo con entusiasmo un mundo que ha sabido desembarazarse del yugo despótico de la academia anquilosada y las instituciones de un poder centralizado, personalista e infecundo; quiero decir, pues, que la diversidad de opiniones es fundamental porque entraña actividad fervorosa de millones de personas que han accedido a los saberes y que por eso mismo participan de la discusión pública. No es una contradicción porque yo no critico la diferencia tanto como los excesos y las ocurrencias chispeantes de sus profetas. Me parece fantástico que los sistemas de información y comunicación permitan que tantas personas a lo largo y ancho del mundo pueden educarse. ¿No fue este precisamente el entusiasmo con que celebramos todos el advenimiento de internet hace más de veinte años?

Detrás de todo esto se encuentra la liberación de la persona. El conocimiento nos hace conscientes de nuestra condición, nos permite leernos a nosotros mismos en el mundo y, por tanto, comprendernos para cambiar y adaptarnos. El conocimiento nos da poder de acción y transformación: dejamos de ser trocitos de madera a merced de las corrientes del tiempo y de la historia. Pero hay que encender una luz de alerta. Sin un sentido común, esa libertad es pura voluntad a la deriva, ensimismamiento del insecto que patalea rabiosamente en la espuma de leche en que se ahoga. La voluntad requiere inteligencia que dirija los actos en adecuación a fines claros, todo bajo el sometimiento de un proceso de autocrítica constante. La gran tarea de quienes nos dedicamos a la enseñanza superior es la de arrancar de las curriculas el adoctrinamiento implícito, el dogma enmascarado de ambiciones justicieras y la amnesia posmoderna. Si hemos alcanzado un grado de libertad y de progreso que hace cosa de un siglo hubieran parecido impensables, es necesario elevar nuestra conciencia responsable para que el mundo de las emociones, siempre caprichoso y cambiante, no termine por devorar al de la inteligencia.

El saber fragmentado nos convoca, como he dicho, a la participación, pero también a la activación, que a mi juicio es algo distinto. Con esto quiero decir que no basta que la persona se asome al mundo del conocimiento desde el pretil de su ventana, sino que además es necesario que se lance al vacío. El conocimiento es para uno mismo tanto como para la realidad; desde una perspectiva fenomenológico-hermenéutica, el lector se lee a sí mismo en la lectura del mundo que lo rodea. Ese saber “desobjetivizado” es a mi juicio el más elaborado y, por tanto, el más valioso al que podemos aspirar. Lo que buscamos comprender está ayudándonos a comprendernos.

Ayer por la tarde hablaba con una alumna en mi oficina. La chica está comenzando una investigación en una de sus clases y de eso me estaba poniendo al tanto; la muchacha es hija de padre puertorriqueño y madre jamaicana: es mulata. Me dijo algo que quiero traer a estas páginas: “Me identifico siempre con quien sea que hable porque con todos tengo algo semejante: tuve la suerte de nacer mestiza”. Aquello me pareció de una belleza moral incuestionable. El mestizo es el igual y el diferente, como he expuesto en estas páginas, pero es sobre todo el igual desde la diferencia. Es la encarnación existencial de la vieja analogía, que de este modo penetra en la historia a través de la conciencia humana y de sus actos. Siempre he dicho que la historia de occidente corre por mis venas, desde el Medio Oriente hasta las Américas pasando por el glorioso crisol del Mediterráneo. En las horas bajas de una academia que avergonzada de sí misma ha decidido desmontarse pieza por pieza, es menester reconocernos en el devenir de nuestro hemisferio como en un gran viaje lleno de contradicciones y rupturas, pero también de matrimonios felices y hallazgos inesperados resulta profundamente esperanzador. Los partidarios del capricho niegan esa semejanza que mi alumna con honda inteligencia señalaba. Necesitan de adversarios que los justifiquen en su ensimismamiento de muerte.

Frente al multiculturalismo impuesto como un montaje de resistencias infinitas y, sobre todo, de una profunda soberbia, el mestizaje supone un modo analógico de vida que implica el disfrute de la existencia y la búsqueda del conocimiento. El multiculturalismo es programático, demagógico y ha servido para incitar las reacciones virulentas del nacionalismo racista. El mestizaje, como contrapunto, es accidental: es hijo del devenir de la historia y nadie en su sano juicio debatiría que es el destino natural y cosmopolita de todos los hombres.

La academia liberal tiene el alto deber de asumirse hija de su tiempo y de sus tradiciones, es verdad, pero también madre amorosa de un futuro a la altura de las complejas circunstancias que nos rodean; insistir en prohijar dogmas identitarios y epistemologías rotas es cometer suicidio. No sé si eso finalmente se consumará, pero si de algo estoy seguro es de que no seré nunca colaboracionista de tan grande y trágico despropósito.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s