La práctica liberal V

LiberalismoLa lógica del pensamiento posmoderno apunta hacia la desarticulación, la fragmentación y la dispersión constantes. Se trata de una visión atomizada de la realidad, que se basa sobre todo en un escepticismo radical matizado por la ironía y en ocasiones el humor desencantado propio de los cínicos. Es curioso que hoy que se habla de una exaltación del individualismo exista tan poco compromiso, como si la realidad del intelectual contemporáneo estuviera delimitada por sus traiciones más que por sus luchas. Una de las primeas víctimas de este modo de vida ha sido la verdad. Hablo del conocimiento cierto y verificable que el largo proceso de la modernidad nos ha heredado; en el imaginario popular se agita el ánimo de un descreimiento que, lejos de sonrojar, envanece.

Todo esto ha traído gran confusión. En los propios recintos de conocimiento, como la universidad y los centros de investigación científica, se habla a media voz sobre el asunto; pareciera que las afirmaciones categóricas fueran siempre sospechosas, por más que detrás de ellas exista un fuerte trabajo intelectual que la justifique. El conocimiento se ha vuelto δόξα, un mero acto de fe comunitaria en torno a saberes que en ocasiones son meras construcciones verbales, ficción teórica asimilada por bandos e intereses en pugna. Ante todo esto es perentorio afirmar el valor en sí mismo del conocimiento y su búsqueda. Recuerdo que hace mucho tiempo, cuando era muy joven, un viejo profesor me insistía: “No dejes de estudiar, Alejandro, porque contra el estudio no hay nada que prevalezca”. Cuando me agobia el cansancio y deseo detenerme un momento, recuerdo ese mensaje tan sencillo y tan categórico, al que me aferro con el deseo de que algo valedero quede en mis palabras.

Creo que hay muchas personas que en el mundo académico han asumido un complejo que les ha sido impuesto desde el exterior. Me refiero a una especie de falsa humildad que termina por restarle mérito a lo que se investiga y expone; es un hecho que en la academia norteamericana, que es la que conozco, los humanistas de un talante digamos más ortodoxo o más clásico, son minoría y asumen su condición con cierta indefensión. Pareciera que los ha marcado una mancha indeleble que los identifica de cara a ese status quo que separa a los elegidos de los irredentos. El término “humanista” ha perdido su brillantez y se ha convertido en una especie de concepto fosilizado, una pieza de museo para lexicógrafos.

Ante este descrédito, asumido colectivamente como el simple advenimiento de un paradigma distinto, quienes abogamos por una práctica humanista liberal debemos aprender a decir “esta boca es mía”. Sin beligerancias pero sin renuncias; es nuestro deber conocer muy bien la realidad de esas “nuevas” tendencias que inundan de tinta miles y miles de páginas de revistas especializadas. No podemos hacer frente a lo que desconocemos; tampoco podemos replicar el discurso de los cínicos y desdeñar aquello que sentimos mera extravagancia. Si como he dicho líneas arriba, sin libros no hay universidades, también es cierto que estas no existirían sin el debate. Una academia homogeneizada es una academia muerta.

Seamos congruentes con aquello que afirmamos. Aprendamos a debatir con elegancia y firmeza en los nuevos escenarios que nos brinda la tecnología. Encarnemos esas virtudes que asumimos como parte del proyecto liberal: crítica, tolerancia, honestidad, sensibilidad, prudencia. Aceptemos que es imposible evitar la crítica (incluso el ataque) de quienes no piensan igual, pero que, lejos de amedrentarnos, entendemos que esa condición es parte del oficio que hemos elegido. Un académico que no ejerce la crítica no está cumpliendo con su deber; en el mejor de los casos es un ser tibio; en el peor, un tartufo. Sea como fuere, en ambas circunstancias hablamos de alguien con un espíritu empobrecido, alguien sin una auténtica vocación intelectual.

Debemos señalar las fisuras (que no son pocas) del discurso dominante. Apuntemos sus inconsistencias, sus falacias y sofismas con rigor y puntualidad. La tradición, esa que muchos han tirado por la borda, está de nuestro lado. Al mismo tiempo, seamos prudentes y evitemos la confrontación -siempre una puerilidad con la que perdemos todos- y asumamos un procedimiento de análisis serio, complejo, analógico, que nos permita discernir, es decir, separar el polvo de la paja. Uno de los pecados más salvajes de la academia es la soberbia de creer que en un debate hemos de vencer al contrario, afirmándonos por entero mientras reducimos a ese adversario a un túmulo de humeantes cenizas. No puede haber debate verdadero ahí donde ambas partas no están dispuestas a renunciar un poco a sí mismas.

Quiero detenerme en algo que resulta básico: el estudio. Me refiero al hecho de que es muy común que quienes nos dedicamos a la academia no somos capaces de crear un sistema de estudio que sea eficiente. Sin esta organización de nuestras prácticas académicas estamos desperdiciando esfuerzos y, lo más lamentable, estamos generando una obra escuálida, sucia y cojitranca que aporta poco o nada a la discusión. El sistema del saber es arduo y exige de nosotros una entrega completa. El peso de la tradición es enorme y nadie en su debilidad personal podría con él; por eso es necesario una concepción colegiada que descanse en la discusión y la colaboración. El Prometeo académico es propio de las almas adolescentes: no sirve más que para inflamar la imagen del espejo.

Todo esto es imposible sin que exista disciplina, de la que se habla poco o nada. En una realidad como la nuestra, embobada por la imagen y la intrusión salvaje de las redes sociales, pensar en la disciplina y su rigor parece un despropósito. Hay que ser claro con los alumnos y con nosotros mismos: el progreso académico va ligado al trabajo arduo (aunque sereno) al que estamos llamados. Me gusta la palabra sistema, que le he robado a los tecnócratas, porque entraña eficiencia de recursos y dirección precisa, es decir, sentido. Claro que no es un sistema rígido sino uno de carácter flexible, adaptativo o analógico, que se moviliza de modo abductivo de cara al tipo de signos que se encuentre estudiando. Tal vez debería ser más preciso y aludir a una palabra más conveniente, una palabra que a mi admirado Gadamer le haría elevar las cejas: método.

La resistencia de la academia liberal ha de ser un coloquio verdadero. Debe basarse en la honestidad y el compromiso con la vida intelectual. La verdad que defiendo -debería haber quedado claro ya- no es la versión correspondentista entre el hecho y su afirmación verbal; de lo que hablo aquí va más allá. Me refiero a la encarnación de una pasión razonante y la develación de un destino vocacional, es decir, un camino que ha de recorrerse con entusiasmo hasta el último momento de nuestra vida. Se es para ser siempre o no se es: la existencia a medias es una dolorosa tragedia de nuestro tiempo.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s