La práctica liberal IV

Liberalismo

Sin el suave peso de la tradición sobre nuestras espaldas sería en vano nuestro trabajo. Quiero decir que es precisamente ese deber que tenemos con quienes han formado nuestra historia, lo que justifica y honra nuestros esfuerzos. No estamos creando de la nada, ni estamos en disposición de ignorar la sabiduría de los que fueron antes que nosotros. El ánimo revolucionario del siglo XIX suponía la construcción de un estado de cosas inédito, pero no presumía la destrucción de los saberes tanto como su arreglo a unos fines que suponía resolutivos. La fantasía de la tabula rasa es hija del voluntarismo y la estupidez. En el mundo de la academia esto ha adquirido una mayor notoriedad en la segunda mitad del siglo XX con la popularidad alcanzada por la filosofía postestructuralista y su afán exterminador.

La visión de las artes liberales es de preservación y superación. No se trata, resulta claro, de condicionar nuestros esfuerzos académicos por la necesidad de preservación de unos supuestos valores inalterables; la vitalidad del progreso académico está determinada precisamente por el sentido de pertenencia a una tradición capaz de superar la disputa clásica entre antiguos y modernos. Los sabios de la tradición no son grilletes que nos impidan caminar, son paradigmas que hay que imitar reconociendo con prudencia las naturales transformaciones contextuales de la historia.

El carácter propio de las humanidades (Geisteswissenschaften) supone una manera no científica de indagar en el mundo de los signos, pero esta condición no debe considerarse sinónimo de ausencia de sistema o mero capricho relativista. Los saberes cultivados en el contexto de los estudios humanistas son necesarios, son parte de una reflexión constante sobre la condición humana en toda su complejidad y riqueza. El esfuerzo de la crítica de la cultura es eminentemente interpretativo; supone una aproximación abductiva constante, de refinamiento en el análisis de un cuerpo de significados que, a semejanza de los organismos vivos, se modifica con el paso del tiempo. La lectura es sincrónica, es verdad, pero su validez está determinada de manera importante por el carácter transhistórico y acumulativo de los saberes.

Todo lo anterior nos lleva a pensar en la importancia del canon como selección (y reducción) necesaria para la construcción de un cuerpo de conocimiento. Pero me gustaría ir un poco más allá y plantear la idea del conocimiento acumulado en torno a la noción de “sentido”, que tan frecuentemente aludo. Aquí resulta fácil establecer una analogía entre hermenéutica y conocimiento; es decir, el acto interpretativo supone conclusiones que al ser asumidas como saber válido es custodiado por las instituciones. Esta “verdad” tradicional no es eterna; es necesario que las nuevas generaciones se alimenten de ella para someterla al juicio crítico y, como consecuencia natural, la modifiquen una y otra vez hasta que se transforme en algo diferente, hasta que la analogía sea insostenible y tengamos en nuestras manos un nuevo paradigma. Se trata de un tránsito lento, meditativo y validado por el poder encarnado en las instituciones. Esto es un auténtico cortafuegos que impide la entronización de la frivolidad y la balandronada académica.

Esta validación de los saberes con base en la tradición y el canon tiene una consecuencia natural que, a mi juicio, es fundamental para el sostenimiento de la civilización: la consolidación de una pedagogía. Frente a mi oficina en Penn State University se encuentra la biblioteca. En uno de sus muros se encuentra escrito esto en bajorrelieve: “La verdadera universidad es una colección de libros”. Esta frase sencilla me llena de entusiasmo porque representa lo que creo, pienso y vivo todos los días, atado al molino de la reflexión, reverenciando con ánimo crítico el universo de libros que me han formado y a quienes debo todo lo que soy. Este sentido de pertenencia me anima y me otorga el aplomo necesario para realizar las duras faenas de pensar y poner por escrito lo que he pensado. La riqueza de la cultura consiste en su multiplicación infinita, su expansión y su condición de ser “algo” valedero que depende de nosotros y que, al mismo tiempo, nos determina y conduce por los laberintos tantas veces oscurecidos y amargos de la existencia. Sin esta savia que son las ideas, las palabras y emociones que constituyen el canon literario, la universidad no tendría ninguna razón de ser.

No existe enemigo más peligroso del saber que la nostalgia. Los que viven mirando hacia el pasado fantasean lo que ha sido y pretenden volver hacia ese estado idealizado, desfigurándolo y corrompiéndolo; lo que es peor, esta proclividad a aspirar volver a recorrer el camino recorrido es una renuncia al porvenir, que es ese nombre misterioso que le damos a las responsabilidades que tenemos ahora mismo, frente a nuestras narices. Creo que la academia liberal debe arrojarse hacia el futuro, con valentía y asumiendo los riesgos del gran salto; sabemos bien que tenemos la estrategia de nuestro lado: el peso de una tradición, la capacidad de adaptación interpretativa de nuestro carácter hermenéutico. Si insisto en la idea de sentido es precisamente porque implica una proyección, cierto dinamismo que abre puertas y construye realidades. En esto, además de las obvias implicaciones intelectuales, existe un componente ético evidente que no se puede trasgredir sin pagar las consecuencias del desvío.

Tener una visión de futuro es honrar el universo del saber donde fuimos gestados. Además, sin ese necesario acotamiento teleológico ninguna actividad humana adquiere la más mínima trascendencia; toda acción se convierte en un mero acto que se contiene en sí mismo. Nada me resulta más trágico que la fragmentación del pensamiento a la que apunta la teoría posmoderna y su fascinación adolescente por la catástrofe. Hace falta poner freno a todo esto, promover el pensamiento lento, la pausa como escenario fundamental para que nuestras reflexiones y nuestra formación coincidan; solo de esta manera la academia será capaz de adquirir un carácter congruente, valedero y, sobre todo, fincado en estrategias reflexivas marcadas por la sensatez y la pertinencia. Las humanidades se enfrentan a dos demonios: el acoso de los utilitaristas arrodillados ante un pragmatismo idolátrico, y el parasitismo de los ignorantes que han encontrado en la academia el escenario para desplegar sus más hondas supersticiones intelectuales.

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