La práctica liberal III

Liberalismo

El mundo liberal se yergue sobre el espíritu de la ley. La organización legal es el marco que permite, como es muy bien sabido, la convivencia de los diferentes, igualados por ese rasero de la conducta que delimita el abanico de posibilidades de actuación de la persona; como también es evidente, este marco jurídico es hijo del tiempo: evoluciona, cambia, crece con las necesidades y prácticas humanas. De ahí su grandeza y su necesidad. Impone un orden sin el cual resultaría imposible la interacción de los individuos y, como consecuencia fatal, la sociedad perdería su sentido de acción colectiva. Las leyes no son perfectas, pero son perfectibles, lo que ha de resultar siempre esperanzador.

Me gustaría detenerme en un aspecto que considero esencial porque no solo atañe a la ley, sino que además nos ofrece un perfil claro de la vocación humana. Me refiero al carácter volitivo y consensuado de la ley; en realidad estamos hablando de un pacto que involucra la participación y el debate de quienes buscan que una determinada legislación abarque aquellos asuntos que les son de interés. Esta maleabilidad debe sustentarse, por el carácter contencioso que entraña, sobre los instrumentos de la razón humana; nada resulta tan descorazonador como la primacía emocional que las polémicas (políticas o culturales) han alcanzado en este momento de la historia. Donde toda expresión es hija del impulso de las emociones no debería esperarse conseguir acuerdos beneficiosos para nadie, excepto para aquellos que gritan más fuerte, es decir, para quienes encarnan el poder.

Las sociedades modernas comprendieron que la justicia es la matriz del progreso. Donde campea la impunidad, como sucede en los países subyugados por la corrupción, el desarrollo económico se ve contenido por los abusos de los poderosos y los delincuentes, quienes cobijados por un aparato judicial débil son capaces de aplastar toda iniciativa que les sea contraria. El camino al desarrollo económico y social pasa necesariamente por la regulación y el acuerdo constantes. Uno de los riesgos más grandes de las filosofías “antiesencialistas” y “relativistas” es el de reblandecer los cimientos de legalidad sobre los cuales occidente ha conseguido erguirse como el gran paradigma global. Cuestionar la importancia fundamental de la ley es trabajar por la destrucción del futuro.

Lejos de ser un mito, el progreso es una realidad que no solo atañe a la acumulación material, sino que también alude a la adquisición de conocimientos y habilidades que hacen posible un desempeño más efectivo de las personas en el contexto de la sociedad organizada. Solo el pensamiento liberal ha conseguido expandir ese escenario para que un mayor número de seres humanos tengan la posibilidad de participar de las actividades económicas, culturales y políticas de la sociedad. La prosperidad es hija del trabajo, pero, sobre todo, del compromiso personal de los hombres libres que deciden hacer de su vida un proyecto de realización. El Estado tiene como función esencial garantizar que existan posibilidades de desarrollo para el mayor número de personas, pero en ninguna circunstancia puede suplir el motor mismo de la historia: la voluntad personal.

Como es lógico, la idea de una persona independiente que se asocia con otras personas independientes es fundamental para el pensamiento liberal. ¿De dónde viene esa independencia?, fue una de las primeras preguntas que me hice a mí mismo siendo muy niño; la respuesta es más bien sencilla: de la propiedad privada. La persona se afinca en sus posesiones para representarse a sí misma en el juego de la vida, que entraña por necesidad un incesante intercambio económico. Sobre esta base material, la persona es capaz de asumirse como parte auténtica de la vida, con las riendas en la mano y con la obligación moral de jugar de la mejor manera posible las cartas que le han tocado en suerte. Esta solidez existencial es pasadizo a un futuro mejor; sobre la base de la libertad responsable es posible para nosotros consolidar proyectos o apuestas de futuro que se corresponden con nuestras propias capacidades. La maravilla de la libertad radica en la posibilidad de que todos, con independencia de nuestras muy particulares condiciones, seamos capaces de intervenir en el mundo para transformarlo y de este modo cambiarnos a nosotros mismos. La dialéctica entre la persona y su entorno no ha de fracturarse sin menoscabo de la sociedad y del individuo.

Hablo del liberalismo porque a mi juicio hoy se encuentra bajo acoso. No es curioso que sea así: los que buscan su destrucción son precisamente quienes desean ejercer el poder de manera discrecional, desde los grupos de intervención a los que pertenecen. Son enemigos de la democracia y en la lucha contra esta no han escatimado en recursos; han sido capaces de construir un aparato crítico cuyo único fin es desmontar los supuestos fundacionales de la cultura occidental. Detestan la democracia, la crítica, la razón, la propiedad privada (la de los demás, no la de ellos), el método científico, la tradición, etcétera. Esto se concentra con suma claridad en la atmósfera académica, como detallaré en el siguiente apartado.

Si algo he comprendido de la historia del liberalismo, más allá de sus muchas luces y sombras, es lo honorable de sus frutos. La democracia liberal ha sido capaz de hacer coincidir bajo un mismo paraguas a quienes suponen que el desarrollo reclama un mayor énfasis social, y a esos otros que apuestan por un estado reducido y un aparato económico fuerte. En ambos casos el adjetivo liberal tiene vigencia si es que se respetan las reglas básicas del juego, si es que se asume el derecho a vivir, a organizarse en partidos político o iglesias, a poseer cosas y a comerciarlas.

Lo anterior entraña una condición esencial que nos beneficia a todos con independencia de cuáles sean nuestras circunstancias: el acotamiento de la locura radical. Nada compromete tanto el futuro de una comunidad como el advenimiento de líderes mesiánicos dispuestos a hacer lo que sea con tal de atizar los ánimos de la gente y conducir toda esa exacerbación hacia el sitio que a él mejor le convenga para sus objetivos políticos. El pensamiento liberal es racional y complejo, humano y realista, prudente y necesario; asumir su defensa es trabajar por la preservación de un proyecto global que a mediano y largo plazo puede significar un nivel inimaginable de desarrollo para millones de personas que habitan este planeta. En el universo académico, donde se cuecen y se difunden ideas (y no pocas veces se inoculan), se han olvidado de los núcleos reflexivos que durante muchos años han ido consolidando este mundo mejor para todos. Apostando por la “imaginación” y falseando la realidad promueven un mundo de confrontación indefinida donde la tensión tribal y el envilecimiento intelectual se esparce como la lepra entre los más jóvenes. Los liberales no podemos permanecer al margen, ni podemos, en nombre de una paz onerosa, dejar de señalar los desvíos y las abiertas abyecciones. Por eso escribo todas estas cosas.

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