La práctica liberal II

Liberalismo

El liberalismo se encuentra ligado a occidente de manera esencial. El pensamiento liberal ha sido el constructor de un modelo de organización humana basada en la razón y la voluntad como la dualidad fundante de una sociedad vitalísima, consciente de sí y, muy especialmente, visionaria. La dialéctica entre el hoy y el mañana resulta fundamental para comprender la tensión intelectual del pensamiento liberal. Los liberales somos hijos de la voluntad, pero no se trata de una voluntad vehemente y ciega, sino de una inspeccionada por los ojos atentos de la razón. La volición sigue al deber ser, al paradigma que determina el siguiente paso a seguir, y el otro.

Estamos hablando de una razón práctica y material que abandona el carácter inmaterial de la reflexión gnoseológica y comprende que el saber es raíz de la acción. El pensamiento liberal nos empuja a actuar para transformarnos de manera indirecta al construir una realidad distinta a la dada siempre; el liberal tiene por escenario el acontecimiento fundante por antonomasia: el proyecto. El mundo es siempre posibilidad que al ser manipulada por los impulsos de la voluntad y los designios de la razón se vuelve realidad. El mundo nos concierne y en él somos por efecto de nuestra inteligencia dirigida. Esto es, pues, la práctica liberal. Es la persona la que construye el mundo o, mejor dicho, el summum de voluntades afines, organizadas de manera libre y voluntaria, lo que va creando una época. Ante el delirio de la visión autoritaria y unívoca de los dictadores, que creen poder imponerle al mundo una lectura propia de cómo deben ser las cosas, esta danza de criterios y acciones de hombres libres se confirma una y otra vez como la auténtica fuerza de la historia.

Incluso en la exaltación de los románticos podemos ver, como seres modernos que fueron, la vocación de dirigir la imaginación hacia el futuro. No olvidemos que las revoluciones son hijas de esa época convulsa, trágica y luminosa en la historia de occidente. Con esto quiero decir que esa imaginación, matriz de ideas y visiones, precisa de trascenderse a sí misma para constituirse en algo más valioso: un símbolo. Lo imaginativo solo adquiere valor de cambio cuando se simboliza y se constituye en un feliz matrimonio de vida e idea; por ello es que nos interpela a todos, porque trasciende su particularidad y consigue un carácter común, universal.

Uno de los conceptos más socorridos entre quienes estudian o encarnan el liberalismo es el de “progreso”, término ambiguo y escurridizo que en no pocas ocasiones se ha visto sometido a escrutinio crítico, cuando no a la abierta sospecha. Prefiero recuperar un concepto filosófico asumido por la hermenéutica: sentido. El liberalismo tiene sentido. Quiero decir que tiene rumbo y que, al mismo tiempo, es racional. Camina hacia un punto específico y la decisión de seguir ese camino y no otro es absolutamente justificable.

En el corazón del proyecto liberal se encuentra, a mi parecer, la adaptación del hombre a la naturaleza. No se trata de la dominación en sí misma, pues esto terminaría por volverse tarde o temprano contra la civilización, como hoy podemos ver por los devastadores efectos que las actividades industriales han ocasionado en el medio ambiente, sino de la adecuación de la vida humana organizada a las condiciones materiales del planeta que habitamos. Cada época encarna sus propios retos, pero la conciencia transhistórica de un liberalismo autoconsciente y crítico ha de ser el camino que permita la invención de ese futuro mejor que hemos buscado como especie desde el alegre día en el que abandonamos la rama del árbol.

Si bien es cierto el proyecto liberal nos concierne a todos como especie civilizatoria, lo cierto y concreto es que la fuerza del liberalismo radica en la construcción del sujeto. No puede ser de otra manera; como ya lo he dicho en incontables artículos y documentos varios, el ser del sujeto es su condición analógica: lo particular (fisiológico) y lo universal (conciencia) se unifican en un momento determinado de la historia, en un punto concreto. Cada ser humano es irrepetible y su unicidad le otorga una fuerza absoluta. La libertad de la persona es para la creación, el impulso y la explotación radical del potencial intelectual que cada uno de nosotros posee. Solo los hombres auténticamente libres son capaces de crear sociedades igualmente liberadas.

La historia del pensamiento liberal no es un cuento de hadas. Como toda experiencia humana, se encuentra lleno de luces y sombras; la consolidación política del liberalismo es imperfecta y a prohijado -igual que otras formas de gobierno- imperfecciones lastimosas, como la corrupción y la ineficiencia, lo que ha devenido en un crecimiento desigual y, esto es lo más doloroso, en el escepticismo de muchos. El liberalismo ha enfrentado crisis, como en el momento actual, en el que el advenimiento de las fantasmagorías populistas ha supuesto la reacción emocional de grandes masas de población manipuladas por los seres más oscuros que uno pudiera imaginar. Pero no debemos confundir crisis con tragedia; aquella es reversible, esta no. Si hay una corriente de pensamiento que se encuentre preparada para sobreponerse a los momentos críticos, es el liberalismo.

El pensamiento liberal es autocrítico por naturaleza. La libertad entraña el pensamiento analítico, meditativo e interpretativo que desemboca siempre en la acción correctiva. Las soluciones a los problemas que enfrentamos los seres humanos no se encuentran bajo las piedras, sino que se elaboran racionalmente, se componen en la pantalla del intelecto y después se aplican a la realidad que buscamos modificar. El liberalismo es autocorrectivo porque no es dogmático, porque es creativo y sobre todo porque entiende bien que las soluciones no vienen nunca de un solo hombre.

Lo diré de manera sintética: la crítica es la cura de las dolencias del liberalismo. En este ejercicio contamos todos porque igualmente todos estamos llamados a aportar nuestra lectura del mundo y, sobre todo, de la tradición liberal a la que pertenecemos por consonancias intelectuales y espirituales. En este sentido es que el debate, esa tradición tan olvidada en estos tiempos de gritos y aspavientos, debe ser el mecanismo que conduzca nuestras disquisiciones y ayude a reconciliar nuestras diferencias; no está de más recordar que todo esto, meramente instrumental, vale de muy poco si no somos capaces de crear un suelo común esencial: la nobleza de espíritu. Digo esto porque hoy en día hay muchas personas que se autodenominan críticas, pero no lo son porque son seres esencialmente corrompidos, animados por el odio y el afán de reivindicarse a sí mismos saboteando a los demás. La autentica crítica liberal se sustenta en el debate y el diálogo, lo que implica la obligación de cambiar de opinión cuantas veces sea necesario. No somos dogmáticos y entendemos bien que la verdad o lo verdadero es siempre la suma de experiencias humanas más que los salivosos argumentos que un loco insiste en arrojar desde su púlpito.

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