La práctica liberal I

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El liberalismo hace coincidir práctica y sentido en el acto personal e intransferible del ser individuos. Se trata de un modo particular de estar en el mundo, de incidir en él para que ese mundo sea otro y esa diferencia creada termine por redefinirnos a nosotros mismos; se trata de un proceso de transformación en espiral: ascendente y circular. Es un proceso y una visión de mundo cuya ontología nos ofrece, sobre todo, una determinación del conocimiento y posibilidades humanos. La dinámica del pensamiento liberal determina una teleología, lo que, en consecuencia, plantea un modo de actuar. En el centro del ideal liberal se encuentra la persona con sus pequeñeces y sus tremendas facultades; la meta fundamental del pensamiento liberal es el desarrollo y la plenitud dentro de un marco de sensatez y de realismo.

Puede decirse que la sangre del liberalismo es el sentido común. Se trata de reconocer la voluntad natural del individuo por buscar lo mejor para sí mismo y para los que ama, reconociendo que no es un Prometeo sino una persona más que depende de sus relaciones con los demás para sobrevivir. La base social del pensamiento liberal es fundamental. No se trata de una teoría que busca imponerse al orden humano, sino todo lo contrario, es producto de la experiencia que la humanidad ha acumulado durante sus siglos de existencia. El pensamiento liberal acota la arrogancia redentora de quienes asumen es posible implementar recursos ingenieriles en la planeación de la sociedad. En resumidas cuentas, el pensamiento liberal es un cortafuego del absurdo.

Diríamos en términos lacanianos que el liberalismo es la consagración de un orden simbólico. La razón, el diálogo, el acuerdo, la independencia y otras tantas virtudes que le son propias abren un panorama vital civilizado donde los demonios de la vehemencia han de ser conjurados en beneficio de todos. Este orden simbólico opera como suelo común en donde las acciones humanas pueden ser justas o, en caso de ser atentatorias del bienestar común, pueden también recibir un ajuste correctivo. El liberalismo entraña sobre todo orden y posibilidad. Es gracias a esta conciencia común de individuos libres que resulta posible el desarrollo económico y la justicia. Dispersar estos principios reguladores de la acción humana es atentar directamente contra la persona, aniquilando el futuro e implementado un modelo del desorden y el predominio de la fuerza sobre la sensibilidad natural de los seres humanos y la sutileza del raciocinio.

Dicho todo lo anterior, quisiera detenerme en el corazón de la organización humana: el lenguaje. Por motivos muy fáciles de entender, las teorías posestructuralistas han apuntado sus baterías contra el lenguaje; se trata de la estructura esencial potenciadora del pensamiento. Fuera del lenguaje solo existe el vacío de un desierto marcado por la contradicción, el sinsentido y el absurdo, tan venerado por los partidarios de una “teoría” del instante, asistemática y básicamente destructora del orden buscado por el liberalismo. Aquello fue una revuelta contra los valores establecidos, todo dentro de un contexto social de agitación política y crítica feroz de las prácticas hegemónicas de las élites culturales y económicas del momento.

La realidad es que la sociedad es lenguaje. No se puede destruir este sin acabar con aquella. Por fuera del círculo del lenguaje no hay nada que pueda ser asido por la inteligencia humana que, como se sabe, está estructurada en torno a su capacidad de simbolización y traducción de la realidad; el gran Gadamer acuñó una feliz frase que siempre viene a mi mente cuando diserto sobre estas materias: “El ser que puede ser comprendido es lenguaje”. Y es que de esto se trata todo el asunto, de comprender para establecer un sentido del mundo, o mejor dicho, de nuestra experiencia del mundo, de lo que deviene la organización con los demás y, en última instancia, el establecimiento de un orden cultural, económico y político. El liberalismo es el garante de todo esto. En su seno palpitan con inmensa fuerza la tradición y la innovación, porque esta no es aniquilación de aquella sino su continuación crítica, su mejoramiento y adaptación a las nuevas realidades de la historia. Esto es el desarrollo, el crecimiento sostenido, adaptativo y justo que se deriva del acto de lectura que el hombre realiza de su entorno.

El liberalismo habla de un ser proyectado. No es el aquí y el ahora la patria del ser, sino ese mañana que se construye desde un momento presente en el que ya existe en potencia y que depende de la inventiva, la pasión y el compromiso disciplinado de los actores de este instante. La humanidad ha de ser esto mismo, una sucesión de actualizaciones concatenadas: nada hay más regresivo que la ilusión trágica de la tabula rasa. A mi juicio, esto queda manifiesto en una actividad esencial para el sostenimiento social: la educación. Sin el peso de una tradición que conforma un saber transhistórico, la educación se vuelve un puro absurdo que nos condenaría como civilización a repetirnos incansablemente. Cada nueva generación se vería obligada a realizar las mismas tareas: desarrollar la agricultura, domesticar el fuego, trascender el trueque, etcétera.

Ser liberal es entrelazar saberes, cuidarlos y conducirlos hacia los días que vienen. La práctica liberal consiste esencialmente en construir vínculos atemporales para que la civilización sea más allá de los individuos que la constituyen accidentalmente. A esa tarea estamos llamados todos y debemos responder con humildad serena; es decir, todo lo contrario que supone el discurso vociferante de quienes, martillo en mano, pretenden echar por tierra los enormes logros conseguidos por los hombres que nos preceden en este interminable tren de tiempo y circunstancias que es la historia.

El liberalismo es el proyecto humano. Durante siglos ha sido el principal organizador de la cultura, la política y el comercio, y de esta fascinante aventura han surgido los frutos más luminosos del espíritu de nuestra civilización. En el campo de las humanidades, esta verdad ha sido desbancada por el delirio, como he tratado de explicar en la primera parte de este libro. Sobre mis espaldas siento ahora mismo el altísimo deber de incidir para que este discurso de la chifladura: especulativo, imaginativo y descoyuntado, no continúe esparciendo sus errores, falseando la historia y, los más doloroso, constriñendo la inteligencia de los más jóvenes.

Es tarea de todos los que nos sentimos parte del proyecto liberal salir al paso antes de que los basamentos mismos de nuestra civilización se encuentren erosionados de un modo irreparable. Es esto o la vuelta a las cavernas.

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