El destino mestizo V

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Vivimos en una casa común y la filosofía que ahora estamos haciendo debe tener por objetivo más importante el de hablar de los cuidados que nuestro hogar requiere para que siga siéndolo para siempre. No hablo solamente de la crisis ecológica que nos encontramos viviendo, que daría para un libro entero, sino de la conciencia de destino común, de nuestra capacidad humana de asociarnos con los demás para multiplicar nuestros talentos, para defendernos de nosotros mismos y crear, más allá de las singularidades que nos caracterizan, una comunidad activa, viviente y con sentido. El conflicto eterno es un absurdo, como el juego del poder que no se resuelve jamás, que empuja a la competencia ciega que no reconoce en el otro a una persona sino a un adversario a quien hay que aplastar para que con él muera su amenaza.

Cuidar la casa es sobre todo pensar en términos pedagógicos: educar para la convivencia. No es un mero discurso que se pone sobre una página para aparentar cierto talante ético, no es así; existe una amplia zona de acción posible en una pedagogía que, separada de la demagogia de la corrección política y las ideologías del disparate, abrace con sensibilidad e inteligencia una base universal, que es la persona misma, sin etiquetas. Sobre este postulado ontológico es posible revertir el adoctrinamiento de las maquinarias posmodernas empecinadas en hacer parir una era de oscuridad y sinsentido. Voltear al siglo XVIII y hablar con actualidad de los derechos humanos, de la democracia y del valor del diálogo racional debe ser hoy mismo para todos los profesores un alto imperativo moral. Eso es cuidar la casa en la que vivimos todos y, sobre todo, en la que vivirán los que vienen detrás de nosotros, incluso los que aún no han nacido.

Todo esto implica un efecto de conjugación y multiplicación. Convocar a la participación es desmontar los mecanismos de un nihilismo inducido, así como la voluntad de acción pública montada sobre la idea de un juego de poder de suma cero en el que hay que desarbolar los intereses ajenos para que los propios puedan expresarse con auténtica libertad. Esto es falso, pero ha sido asumido por igual por quienes hacen del mercado un dios o un demonio. ¿Por qué no pensar en términos de la asociación libre y beneficiosa? ¿No es una suerte de darwinismo trasnochado suponer que es la competencia, la “ley del más fuerte”, el principal motor de la familia humana? Multiplicar la voluntad es posible, incluso se puede decir que es más posible que nunca, debido al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación. Prolongar un modelo individualista es cerrar las puertas al futuro, es arrojar piedras contra nuestro propio tejado. La visión prometeica no es liberal porque nadie gana una guerra por sí solo, porque somos gregarios, porque el mercado mismo, referente universal de nuestro tiempo, es imposible sin la asociación libre de personas que buscando intereses propios no pueden olvidarse ¾precisamente en nombre de sus propios intereses¾ de los de los demás. La teoría de los amos y los esclavos y el egoísmo como propulsor social es absolutamente insostenible. El mestizaje es conjugar los pronombres personales, luchar por construir un yo plural que sea consciente de sí y de la historia en la que navega.

Todo lo anterior nos lleva a pensar de nuevo en la analogía como superación de la trampa dialéctica. Entre el capitalista y el obrero, entre el amo y el subalterno, entre el metarrelato y la realidad bruta media siempre la persona. No es una síntesis dialéctica sino el icono que en parte fisiología y en parte cultura, es decir, palabra, navega por los mares de la historia con una irreductible voluntad de transformación del mundo que lo rodea. Pensar desde la persona es asumir un punto de partida que nos convoca a todos, que abre puertas y propone alternativas donde solo se muestra un muro insalvable. Aferrarse a un dogma, cualquiera que sea, provoca la parálisis y el desastre de una sociedad que siendo incapaz de resolver sus contradicciones interiores decide devorarse a sí misma.

Superar la disyuntiva dialéctica a través de la analogía supone defender nuestra porción de identidad abrazando al mismo tiempo la diferencia implícita en la llegada del otro. Esto implica, como salta a la vista, un altísimo carácter ético que no debe ser omitido de ninguna manera; la reflexión filosófica no es una pura teórica, sino que encarna una tarea virtuosa por cumplir. La persona no es solo un proyecto, es además una conciencia encarnada que habita un momento de la historia, que se relaciona con los demás y que precisa de ese vínculo libre para que tanto ella como los demás sean capaces de adaptarse al mundo y transformarlo. La inmovilidad ante el mundo es propio de la vida no humana.

Cuidar la casa es construir el aquí con la mirada puesta en lo que desconocemos, pero en lo que confiamos como consecuencia natural del devenir propio de los días. El pensamiento sincrónico nos permite reconocer las circunstancias inmediatas que debemos enfrentar, entre la que se encuentra en primer lugar la de construir una koiné, una lengua común que nos permita ponernos de acuerdo con las demás personas; avanzar por la vida sin buscar comprender a los demás es perder el tiempo: donde no hay acuerdo el futuro muere antes de nacer. No se trata del relativismo porque, como he dicho, tenemos que aceptar las reglas del juego porque de otro modo no hay juego posible, no hay manera de asociación justa posible. El acuerdo debe suponer con claridad el respeto a los derechos fundamentales de la persona (vida, libertad, propiedad) sin los cuales su existencia se vería acotada o incluso sometida al peligro de su destrucción.

El mestizaje nos atañe a todos porque abre puertas, moviliza, crea la vida en sus formas más ricas y efectivas. Hablo de saberes y acciones que se funden en una dinámica de imaginación y esfuerzo; no es posible permanecer recluidos en la esfera académica sin participar en el debate público utilizando el lenguaje que ahí es propio. Es un puro absurdo renunciar a la alta obligación de hacer de nuestros esfuerzos reflexivos un mecanismo de generación de acciones que incidan de manera concreta en la vida social. Mi apuesta ha sido la del mestizaje que, como he explicado en estas páginas, abarca la fisiología de la persona, pero también su conciencia y sus acciones, sus miradas y movimientos y, muy especialmente, su ética. La promoción del mestizaje entraña el deseo de confrontar toda manifestación que desee acotar la diferencia; pero también es una clara defensa de los rasgos identitarios sin los cuales el diálogo mismo sería imposible: el universo entero sería un amasijo de grises insonoros. He hablado aquí de lo que en la intimidad de mis pensamientos he dado en llamar la “ontología de la mancha”, la conciencia de un ser constituido por rupturas interiores, recombinaciones y discontinuidades de las que deriva paradójicamente su unidad, es decir, su ser en el mundo.

Mestizos somos todos y mestiza es la democracia posible. Mestiza es la libertad, que se nutre de voluntades heredades e impulsos radicalmente propios. Mestizo es el lenguaje, que se hace y se rehace con las voces que lo nombra. Mestizo es el comercio y la comprensión, hijos y padres nuestros, portadores de bienes y experiencias, amparados siempre por Hermes, el de las sandalias aladas. Mestiza es la experiencia del mundo, hija del gozo y de las lágrimas. Mestizo, pues, es el futuro: hijo de todos los sueños juntos.

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