El destino mestizo IV

image1323Type1La diferencia no es una construcción reciente, ni siquiera es un descubrimiento o una formulación conceptual de orden teórico propia de nuestro tiempo: la diferencia es la condición de la realidad. El mundo material es un flujo heterogéneo que no cesa de recombinarse en una suerte de caleidoscopio. Ahora mismo que me encuentro escribiendo estas cosas, observo por la ventana de mi oficina un mundo cubierto de nieve, pero en pocas semanas todo esto será una explosión de vitalidad vegetal; la experiencia del mundo es la de un equilibrio dinámico: lo mudable y lo permanente, Heráclito y Parménides, pactando una y otra vez frente a nuestros ojos. Tal es el poder de lo múltiple, la asociación vertiginosa en la solidez del instante.

El mundo mestizo es el de la jerarquía en suspensión. No hay un orden permanente, una taxonomía que delimite con claridad meridiana quienes son los amos y quienes los subalternos. La experiencia de la hibridación tiene como consecuencia la expresión del vigor, no la de la degeneración, como anticipan perversamente los propagandistas del despotismo esencialista. Una cultura solo puede sobrevivir si es lo suficientemente fuerte como para interactuar en un matrimonio de prácticas de exploración adaptativa con otras culturas; la gran paradoja del mestizaje es que supone la destrucción consciente de la identidad para que esta flexibilización de las estructuras permita el cambio, la conciliación y en última instancia la propia supervivencia de una cultura que al volverse algo más se preserva y permanece. El mestizo es el ser victorioso por antonomasia, el ideal resolutivo de las culturas que en él se vuelven consciencia y testimonio vigoroso, apuesta firme de futuro.

El mundo mestizo que, como he dicho, implica un pacto de límites difusos, entraña un hábitat de voces y de medios que no cesan de producir significado, lo que genera, como es natural, una saturación o un ruido que impide distinguir con claridad lo que se dice en medio de esa selva de señales y sonidos; esta condición por momentos caótica reclama de un esfuerzo de comprensión lo suficientemente fuerte (anclado en la tradición) para que la comunicación y el encuentro sean posibles. Como es natural, no puede tratarse de una hermenéutica rígida, sino de una de corte analógico, diferencial y aproximativo. Estamos felizmente condenados a comprender desde un calculado equívoco.

Todo esto es maravilloso porque podemos abrir infinidad de frentes sin asumir la culpa de suponer que nos estamos perdiendo de algo. La innovación interpretativa hunde sus raíces en la imposibilidad caer fuera del significado: todo lo que pacta es susceptible de someterse a escrutinio, todo lo que se asocia libremente es un indicio. Apoyándonos en la semiótica diríamos que la sintaxis ha girado sobre sí misma y ha comenzado a jugar consigo misma en un espacio de vértigo e incandescencia. Estas relaciones incestuosas y felices se expanden en el plano de la horizontalidad, proyectando un haz de sentido o significado que amplifica la experiencia del mundo en quien decide comprender el momentum.

No es extraño que sucediendo lo que he descrito, el mundo interconectado de hoy en día haya definido la atención como el santo grial de ese juego de señales confrontadas. La atención supone la posibilidad de la comprensión donde todo es tráfico de alta velocidad. Esto ha generado obligadamente una cultura de la distracción porque apenas otorgada, la atención se disipa, dejando en la persona la ansiedad de que en algún lado en el momento presente se encuentra sucediendo algo que merece ser visto: la oferta sobreabunda y la capacidad humana de lectura sigue siendo limitada. Esto supone una ética de la exterioridad, como lo he llamado, es decir, un imperativo de observación y descarte que formalmente se asume desde la hermenéutica en el juego de prejuicios, proyecciones y horizontes fusionados propuesto por Gadamer. Sin esta reactivación del círculo hermenéutico, la experiencia del lector (me resisto al término usuario, aunque reconozco su pertinencia contextual) se dispersa hasta el absurdo, generando desconcierto, desazón y agobio cognoscitivo. Esta necesidad de acotar los signos en fuga salva el sentido del mestizaje, que de otro modo terminaría en una pura mancha intraducible: se es mestizo porque aún se pueden reconocer los rasgos originales.

Más allá de todas estas descripciones teóricas, más próximas a la filosofía de la comunicación que a la práctica hermenéutica en su sentido general, la realidad es que la persona supone una voluntad de encuentro que no puede ser eliminada en ninguna circunstancia; el carácter gregario de nuestra especie ha supuesto no solo la construcción de una civilización sino también la necesidad de comprenderla. La dialéctica de la existencia es por momentos paradójica: hacemos lo que hacemos para saber bien lo que hacemos: el hecho interpretativo se adelanta y antecede la obra que ha de ser leída. Los escritores conocen muy bien esta dinámica de creación y comprensión.

El yo es subjetivación, conciencia y personificación: el ser precisa de decir y ser dicho. El vacío que nos rodea debe de poblarse de signos que construyan una red de acción posible; el silencio de las bestias es individuación orgánica, pura fisiología al servicio de un poder ajeno a la voluntad: el instinto. En la persona, en cambio, ese yo consciente y personal se aferra a su facultad verbal para ejercer con las palabras el poder de la implicación radical con la realidad. No hay huella humana en el mundo de la materia que no sea susceptible de traducción al universo verbal, que es el universo de la propia conciencia del hombre. Me atrevo a ir un poco más allá y decir que el mundo de la naturaleza puede ser determinado en gran medida por los métodos de aproximación, descriptiva o analítica, que el ser humano a implementado para acceder a su realidad callada. La ciencia no solo es la matemática que la sustenta -lenguaje de los dioses- sino también la voz terrenal que la encarna en sus glosas y explicaciones divulgativas que terminan por incorporarla al flujo de la cultura. El mestizo del siglo XXI no es solamente el mestizo racial del siglo XIX, ni el híbrido cultural del siglo XX, sino el ser que es a partes iguales experiencia y vacío, sabiduría y apuesta por lo desconocido. Ser de frontera donde los haya, atrae hacia sus carnes los saberes sistemáticos de la episteme y el pálpito súbito de las intuiciones. Su destino es luminoso y cruel a un tiempo: no ignora que ignora y no sabe que sabe, sino que cree que sabe, porque es a un mismo tiempo hijo de la sospecha y de la fe.

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