El destino mestizo III

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Una de las vocaciones más nobles de nuestra especie es la vocación de universalidad. Me refiero al comprender de manera intuitiva que pertenecemos a un grupo enorme que trasciende el clan familiar y la localía para proyectarse hacia un escenario global en donde las posibilidades se multiplican exponencialmente. El desarrollo tecnológico producido por la modernidad ha materializado este sueño que animó a tantos exploradores de la antigüedad. Más allá de las importantísimas ventajas comerciales que supone un mercado planetario, me interesa resaltar la construcción ontológica en la globalidad, es decir, la formación de un ser nacido para superar los antiguos determinismos marcados por la geografía o las condiciones sociales y económicas de la persona.

Tengo la fortuna de trabajar diariamente en el aula y es evidente que entre mis alumnos, muchachos que apenas superan las dos décadas de vida, existe una intención clara de hacerse parte de una sociedad transnacional; entienden bien, debido sobre todo a la sofisticación educativa,  que el sentido común vigente nos empuja a la consolidación de una sociedad organizada en torno a la idea de un cosmopolitismo tan justo como necesario. Sus apetitos trascienden los horizontes de la inmediatez y no es raro que desde antes de que terminen sus estudios se encuentren involucrados en alguna organización o empresa que los lleve hacia otros lugares del mundo; muchos aprenden lenguas, principalmente el español, en España o Latinoamérica: los anima un empuje civilizatorio que no desconoce los grandes retos de este tiempo que nos ha tocado en suerte. Cuando recuerdo estas cosas, a pesar de lo que digan los noticiarios noche a noche, puedo dormir un poco más tranquilo.

Estamos en camino de la consolidación de un nacionalismo esférico. El sentido de pertenencia al colectivo no debe someterse a un concepto endémico y antiguo, el de la territorialidad determinada por el Estado-nación. La irrupción de los neonacionalismos que se apoyan en las redes sociales para diseminar su virulencia han de ser vistos con atención y preocupación por los espíritus liberales, pero también, y en esto quiero ser muy cauto, con la certeza de que se trata de una reacción destinada a no tener más carrera que la que tienen las modas coyunturales. El mundo está llamado de un modo determinado e incuestionable a la formación de un escenario de colaboración, de culturas en contraste y de hermenéuticas dialógicas.

Una de las posibilidades más potentes de la ciudadanía global es la de acceso a un medio de expresión personal con potencial alcance mundial. Desde esta maravillosa oportunidad, el ciudadano se vuelve testigo y contribuyente en la formación de un sentido reticular envolvente; se trata de algo que estamos experimentando por primera vez en la historia de nuestra especie. Es un prodigio cuyos alcances todavía no podemos comprender del todo; claro está, esta riqueza viene aparejada de grandes riesgos que igualmente permanecen no del todo evidentes en sus potenciales perjuicios. El ciudadano global es el ciudadano testigo, el creador de una versión individual de las cosas, es decir, tiene en sus manos el poder de definirse sin intermediaciones de cara al flujo de la realidad.

Dicho esto, conviene contraponer al ideal del individuo autodefinido el de la comunidad dialogante. El ser es para la vida en cuanto esta es sentido de acción dirigida por comunidades de hombres libres. De nada sirve la capacidad de autodefinición si no le viene aparejada de la posibilidad de asociación intelectual y económica; el individualismo mal entendido de muchos ha patrocinado el dogma de un ser para el gozo solitario, esa suerte de nihilismo consumista que se desentiende dolorosamente de las posibilidades que solo pueden existir en el encuentro con los demás. Una sociedad de individualistas sería una sociedad fallida, condenada por su monismo a una destrucción moral y material, a un estrepitoso derrumbe.

Uno de los aspectos más fascinantes de esta asociación entre creatividad personal y tecnología es la posibilidad de generación de contenidos originales de fácil distribución y lectura; aún recuerdo con emoción el enorme placer —y gran asombro— que sentí al enterarme de la existencia de los blogs. Esta plataforma estaba hecha para mí: una página infinita en la que podía desplegar millones y millones de palabras; supuse en ello el advenimiento de una auténtica revolución, lo que claramente no sucedió, aunque el impacto de tal salto sigue siendo evidente hoy en día: la generación de textos no mediatizados con la potencialidad de alcanzar a un gran número de lectores ha tenido, más allá de la idea de una literatura de la blogosfera, una implicación privada que a mi juicio ha derivado en la formación de una gran cantidad de lectores y escritores. La cultura de la letra impresa (así fuera con pixeles) ha tomado un auge importante, permitiendo la interacción, la asociación de personas interesadas en el desarrollo del arte literario y la consolidación impresa (el papel) de no pocos proyectos. Tanto más se podría decir de los contenidos audiovisuales que, muy a pesar de la gran cantidad de basura que suele saturar los canales virtuales, han conseguido formar, al igual que en la escritura, grupos de interacción, apoyo y colaboración. Con todo esto entre manos no tengo más remedio que levantar la cabeza con optimismo hacia los días por venir.

Este escenario de posibilidades reales supone que nos encontramos en camino de la confirmación de nuestros derechos de humanidad. Quiero decir con esto que en un momento de los años por venir existirá, más allá del reduccionismo tribal de los seres telúricos que todavía pululan por esta tierra, una interacción más amplia y homogénea de identidades no nacionales sino humanas en su sentido más universal, es decir, el de los intereses creativos o comerciales, los objetivos de desarrollo personal común y, como suelo común de todo ello, la urgente necesidad de proteger el medio ambiente.

En la zona de aturdimiento epocal en la que nos encontramos, resulta evidente que la recuperación vigorosa del pensamiento liberal debe empujarnos a recomponer una ruta que ha sido pervertida por pensadores obsesionados con la deformidad, la desilusión, la angustia y la fantasía crudelísima del fracaso planetario. El nihilismo posmoderno, tantas veces enmascarado de juego e ironía, ha sido el veneno más potente de la historia.

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