El destino mestizo II

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La persona es única, irrepetible, esencialmente una singularidad del universo. No hay nada que una persona haga que pueda ser hecho de igual manera por alguien más, en el mismo momento, en el mismo espacio: cada uno de nosotros ocupa un lugar y una parcela histórica que nadie más podrá ocupar. Esta particularidad es determinante, como es fácil ver, y entraña un poder enorme; cada uno de nosotros puede realizar aportaciones únicas a la experiencia global. No es una quimera ni una expresión exagerada; todo lo contrario, se trata de una descripción puntual de la realidad que nos encontramos viviendo en este momento de la historia. Nunca como hoy había existido la posibilidad de interacción humana. La experiencia local de lo cotidiano ha adquirido hoy en día un valor de transacción significativa que nunca tuvo en el pasado; pensemos en las redes sociales como vehículo de información en tiempo real y el nivel de influencia que han tenido, para bien o para mal, durante los años recientes.

Esto ha ocasionado que las personas interactuantes en la retícula virtual sean capaces de generar consensos, tendencias y zonas de interacción semántica que hasta hace muy pocos años hubieran sido imposibles. La ventana al mundo que nos acompaña en el bolsillo sigue siendo, a despecho de los filtros y los algoritmos, una zona de mestizaje constante. Las personas que interactúan en internet hoy en día adquieren una cantidad de información que determina  -hasta cierto punto-  sus lecturas del mundo, sin importar dónde se encuentren y cuáles sean sus circunstancias particulares. Desde el punto de vista de la hermenéutica esto es fundamental porque tiene consecuencias directas en la formación de nuevos prejuicios, es decir, nuevos puntos de vista para la interpretación de la realidad textual.

La localía ya no corresponde exclusivamente a circunstancias geográficas, porque la interacción a distancia es una realidad que se suscita en tiempo real y que resulta mucho más determinante de lo que jamás fueron los medios de comunicación masiva tradicionales. Lo local participa de lo global a través de una transacción constante de saberes y coloridos que van formando una manera inusitada de estar en el mundo, expresando y dialogando desde una matriz informativa que se acelera constantemente y que, como contraparte de sus incontables beneficios, entraña la posibilidad de la distorsión y el ruido. Los hermeneutas tenemos el deber de separar el valor, es decir, la posibilidad de generación de sentido, y la simple absurdidad revestida de algazara tecnológica. Sin este criterio toda inversión -de tiempo o dinero-  en la tecnología es un absoluto desperdicio.

El ciudadano global adquiere su forma en el pensamiento reticular. Todo lo que lo rodea es un constante entrecruce de caminos que lleva y trae noticias desde las múltiples regiones de ese sistema nervioso de la información que es internet. Este punto me resulta particularmente interesante porque me remite a la transacción de significados y de mercancías en una relación de beneficio mutuo; no olvidemos que Hermes, el dios de los caminos, asociado naturalmente a la etimología de la propia hermenéutica es al mismo tiempo el mensajero de los dioses y la deidad del comercio, así como dios del ingenio, las fronteras, la astucia y la mentira. Se trata de un combo maravilloso: todo lo que ahora hacemos en el campo de la hermenéutica toca de alguna manera cada una de las áreas cubiertas por el manto protector de tan singular divinidad.

La hermenéutica, esa koiné de la posmodernidad, según Vattimo, es el esperanto de la red de redes. La necesidad de interpretar constantemente un mar de signos cambiantes nos empuja por necesidad al desarrollo de una capacidad de comprensión que, tal como lo afirmaba Gadamer, es más una actitud vital que una metodología. Somos la sociedad ansiosa, en estado de perpetua alerta ante la excitación que nos genera el flujo acelerado de signos a los que nos vemos expuestos cotidianamente. Entender esto es condición necesaria para comprender la necesidad de un proyecto de mestizaje global que no sea producto de la inevitabilidad del avance tecnológico, tanto como de una conciencia hermenéutica de raíz analógica que permita contrastar y comparar, vinculando aquello que es diferente, pero que reconozca también —y defienda— la necesidad de una ontología clara asumida por todos los jugadores; me refiero a la preservación de un sentido liberal de la vida comunitaria: conjugación de individualidades asociadas por voluntad personal en torno a la construcción de realidades nuevas con base en la combinación constante de señales.  Todos podemos aportar y todos deberíamos, en nombre del τέλος de la historia occidental, un fragmento de nuestra libertad creativa para que el diálogo de parvadas que nos rodea se vuelva aún más feroz y terso, más imposible y humano, más necesario para todos nosotros, que somos el rostro de la historia.

A mi juicio el ciudadano global debe de poseer algunas características sin las cuales permanecerá siempre por fuera del círculo de la nueva realidad. Por principio de cuentas veo la necesidad de una profunda vocación de construcción —en esto nos llevan ventaja los mercaderes—; la voluntad debe ponerse al servicio de las posibilidades tecnológicas que acaso por primera vez en la historia de la humanidad sean más potentes que nuestra propia creatividad: lo que hemos hecho con nuestras propias manos se ha volteado para mirarnos a los ojos y definirnos desde esa alteridad revolucionaria y maravillosa que es la tecnología. Esos avances vuelven como el eco que ha rebotado en lejanías inimaginables y ahora nos dice al oído lo que somos, lo que podemos ser, a lo que estamos llamados. Esta es una hermosa paradoja del tiempo: seremos hijos de nuestros hijos.

Sobre el escenario de los encuentros posibles se realizan matrimonios polivalentes nunca imaginados; en este sentido me he encargado de deshacerme de ese optimismo infantil de los posmodernos que caen de rodillas ante el milagro, como sus abuelos románticos, y suponen que este juego es la puerta abierta para la experimentación infinita. Si el juego no tiene un sentido, si estos acoplamientos insospechados no se encuentran anclados por una raíz de sentido, todo ha de ser en vano.

Todo lo anterior está llamado a transformar a la persona misma. Es necesario replantearnos en este momento de la historia una antropología que dé cuenta de estas transformaciones radiculares que hemos visto quienes hemos tenido la fortuna de vivir durante el tránsito de milenios. El nuevo paradigma debe ser necesariamente hermenéutico, debe atender las condiciones de un materialismo informático que ha expandido el espectro de la cotidianeidad a tal punto que es imposible sustraernos de lo que acontece en las esquinas más remotas del mundo; esta interacción traductiva supone una vocación del ser para la globalidad, lo que debe determinar las pedagogías y mecanismos de enseñanza que los profesores implementan en sus aulas. No hay posibilidad alguna de que el mundo como por arte de magia comience a girar en sentido contrario: el paso de la historia deja tras de sí a una legión de nostálgicos que reaccionan a los cambios naturales de la vida. Una de las señales más claras de esta enfermedad melancólica es precisamente la de embestir contra toda forma de mestizaje porque saben bien que el cambio es mutación, interacción y sobre todo transformación de una realidad que algunas personas desearían fuera inmutable. No verán la luz de los nuevos tiempos.

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