El destino mestizo I

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El mestizaje es analogía y es también puerta al sentido. La prevalencia de posiciones antagónicas, aunque idénticas en sus desvíos: los totalitarismos de lo equivoco y lo identitario, conduce a un orden cultural esclerotizado. El pensamiento analógico es capaz de movilizar las rigideces de la repetición cansina en la que nos encontramos. Pensemos ahora en el ser, o mejor dicho, en su actualización histórica: la persona. Se trata de la criatura analógica par excellence. En cada uno de nosotros radica la posibilidad de vincular, como de hecho ocurre, lo uno y lo múltiple, el allá y el aquí, lo antiguo y lo venidero: el poder de la inteligencia humana alcanza sus más elevadas cotas de luminosidad cuando en su calidad de testigo se vuelve consciente de este poder vinculante. Somos los creadores de la realidad cultural porque nuestro testimonio da forma al cúmulo de causas y efectos significativos que se asocian diariamente frente a nuestras narices: aun siendo minúsculo, nuestro aporte es esencial para que la red de comentarios de esa realidad adquiera un sentido de conjunto; no hablo de la glosolalia del decir caprichoso sino del coro colaborativo que tiene un suelo común y que apuesta por una saludable cuota de racionalidad. Donde las voces no se vuelven río han de volverse ruido, farfulla, estruendo de la locura.

En tanto testigo, el ser humano se para de cara a la realidad con una impresionante voluntad para determinar patrones; lo alto se corresponde a lo bajo, lo interior a lo exterior: algo que no se percibe parece regir de un modo secreto y misterioso el orden de la realidad. En el pensamiento no hay purezas que valgan, todo es una constante recombinación de partes que se reciclan y combinan para mostrar nuevos perfiles de la realidad; lo que se llama vulgarmente creatividad no es la capacidad de sacar conejos de la chistera, sino la de organizar recombinaciones posibles entre los elementos escasos y gastados que nos rodean. Lejos de ser algo dado, la realidad cultural precisa de una mutación ejercida como fruto de la voluntariedad y el esfuerzo personales y comunitarios.

La realidad es conjugación de señales. Son demasiadas, por eso su lectura no acaba nunca; cuando hemos creído comprender algo, esa misma masa de signos muta, como las mareas del océano, y nos ofrece una combinación nueva, algo nunca pensado que necesita del esfuerzo hermenéutico. Es un juego de nunca acabar, pero no es absurdo. Es precisamente esa tensión de la inteligencia vertida hacia el mundo de los signos lo que vuelve a la persona consciente de sí misma y de su tiempo y, sobre todo, capaz de aportar una lectura radical. El trabajo de un crítico de la cultura ha de ser precisamente este, el de agitar las piezas de información susceptibles de ser leídas para generar sintaxis no sospechadas. No creo que exista torpeza más grande que buscar comprender las construcciones culturales desde presupuestos ideológicos rígidos; esto solo genera una confirmación falsaria de los prejuicios y, esto es lo más lamentable, un empobrecimiento del pensamiento de una época.

Frente a nosotros se abre el mundo y es evidente que se compone de una multiplicidad de elementos, naturales y culturales, que se intersectan y definen en virtud de esos mestizajes que devienen en el flujo del tiempo mortal, es decir, la historia. La experiencia de la persona ha de ser siempre múltiple. Lo que construimos en nuestra mente obedece a la variabilidad infatigable de los estímulos que nos bombardean diariamente y que por razones no esclarecidas completamente terminan por definir el mundo de la conciencia personal. Frente a esta salvaje heterogeneidad uno no puede sino rendirse, si no es que quiere enloquecer buscando desentrañar quimeras, y aceptar que nuestras fuerzas son pocas; estamos anclados en una parcela pequeña de la realidad y no podemos desde ese rincón que nos ha tocado en suerte tratar de realizar el mapa del universo. Este principio prudencial es, a mi juicio, una urgencia moral que debería ser retomada por la pedagogía actual.

Entre lo idéntico y lo diferente se mece el puente de lo múltiple. El mestizo es la diferencia encarnada en la autonomía de la singularidad; en lo mestizo es que se ejercen los pactos más necesarios hoy en día, los que reconocen una identidad manchada por la presencia de variaciones de matiz, aportaciones y expresiones de muy diferente matriz que consiguen aglutinarse en torno a una voluntad creadora que es plenamente consciente de su abigarrada singularidad. Lo idéntico facilita lo múltiple cuando se abre a la presencia de lo otro, cuando no lo asume como invasor o infección viral que ha de atacarse para evitar la contaminación que termine por destruir lo uno; por el contrario, la identidad se enriquece cuando deja de repetirse a sí misma y se sabe correspondiente de variedades, de entes diferenciados con los que comparte una raíz común que vincula. El mestizaje permite la formación de familias raciales, como se sabe, pero también de comunidades culturales y, en última instancia, consigue confirmar el valor de lo uno cuyo τέλος no es la preservación intacta de sí, sino el maridaje feroz y acelerado para empujar hacia adelante el vigor del ser que solo puede preservarse a sí mismo cuando se disuelve en la materia que lo envuelve. Lo unívoco muere, lo equívoco nunca nace: solo lo mestizo perdura porque es carne y espíritu, historia y eternidad recuperada. Algo más, entre los elementos de la realidad fragmentadas se tiende una red de proporciones asibles; son estas relaciones conceptualizables las que la inteligencia persigue en su búsqueda de comprensión. La hermenéutica tiene por corazón un apetito incurable de proporción; sin esta realización lógica, el animal humano, sin sueños y sin memoria, estaría condenado a un calabozo de insoportable actualidad sensorial.

Son estos sentidos los que nos abren la puerta a la experiencia de un a+b = abc. Es decir, la multiplicación que solo es posible cuando lo diferente reconoce el tercero invisible: la comunión secreta que subyace a lo diferente y que el mestizaje vuelve visible a través de la analogía. En términos culturales puede decirse, a despecho de los esencialismos identitarios,  que el destino de la humanidad es híbrido, sobre todo con el desarrollo portentoso de los medios de comunicación de la esfera virtual que hemos visto durante los últimos veinte años. Somos seres locales que aspiramos a la realización global, pero solo podemos hacerlo a través del vínculo activo con el otro; el mestizaje escala nuestro carácter y lo multiplica para que la realidad de la que hemos abrevado se vuelva otra: es un juego inagotable de posibilidades que me resulta hondamente estimulante. Hablando sobre estas cosas del mestizaje, un colega afirmaba que, aunque no me quiera dar cuenta, estoy defendiendo y atacando a un mismo tiempo el talante posmoderno; entiendo que su equivoco se origina en que atiende solo lo visible y se desentiende de lo que subyace a mi discurso; detrás de lo que digo, pero esencial siempre, se encuentra una declaración de principios ontológicos que sirve de eje estructural a mi discurso: el mestizaje no es un accidente sino el sustento metafísico mismo de la cultura. Más allá de las soflamas sociológicas o las abstracciones de la economía, el mestizaje se apoya en una antropología filosófica de núcleo duro: persona, libertad, analogía. A diferencia del determinismo posmoderno, la hermenéutica es cautelosa y confía en el poder de nuestra especie para construirse y reconstruirse a sí misma.

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