Univocidad, equivocidad y analogía VI

Capture

La analogía es la condición natural del ser. Quiero decir con esto que la proporción moviliza las ruedas del pensamiento; donde no hay semejanza alguna, en ese idealizado imperio de la pura diferencia, el ser se disuelve y retorna a su silencio animal. El lenguaje es el fruto más acabado de ese impulso humano por hacer coincidir en la punta de la lengua lo más íntimo y lo más lejano: el tiempo mortal es la conjugación interminable de los pronombres. La naturaleza bruta, la fisiología de la bestia que también somos, cobra conciencia de sí misma cuando se mira en el espejo del lenguaje: somos para la muerte y para la vida, para el silencio y la voz, para el no ser y el ser que baila. Esta condición bifronte, mestiza hace que el hombre se vuelque sobre el mundo con la fascinación de anudar contrarios: lo dado y lo elaborado. El pacto esencial de la naturaleza y la cultura triunfando en el icono.

La hermenéutica nos separa del los dogmas positivistas y sus residuos más actuales: no somos el sujeto frente al objeto, como si entre ambos no existiera una vinculación secreta que es preciso comprender para comprendernos en el mundo. La realidad se encuentra mediada por nuestra propia experiencia; todo lo que hemos tocado contiene un trozo de aliento vital del ser humano. La cultura es la formalización de esos impulsos, de tal manera que asomarnos a ella sin la conciencia existencial de que ahí encontraremos rasgos propios de nuestro rostro, es simple y llanamente perder el tiempo. Las abstracciones de la economía y el poder, así como el reduccionismo político resultan claramente insuficientes para comprender el mundo de los hombres: comprender los signos de la cultura es comprendernos porque no podemos desprendernos de esta maldición genésica, la de ser jueces y parte.

Cuando leemos un signo de orden icónico, el más perfecto de cuantos hay, podemos ver la arbitrariedad tolerada por el pacto social que le ha dado valor de intercambio; pero también podemos ver la naturaleza de ese ser que apunta al referente con la docilidad con que el índice nos señala el carácter total del mecanismo que origino la impronta: la huella en el fango le ocasionó un horror profundo a Robinson Crusoe. No fue necesario para el náufrago realizar ninguna disquisición: era un hecho que no estaba solo. Tampoco nosotros habitamos una isla desierta; estamos rodeados de otros solitarios que van uniendo, muchas veces sin querer, sus acciones significativas en una estructura reticular que al atraparnos nos define y posibilita. En el cruce de caminos de la analogía late el icono como fuerza cultural y sustancial de nuestro oficio de traductores.

El icono es en parte índice y en parte símbolo: es la parte simbólica la que posee la carga significativa susceptible de ser interpretada. Esto nos lleva a pensar en la condición del símbolo; Ricœur lo define maravillosamente al afirmar que une βῐ́ος y λόγος: siendo un signo de naturaleza absolutamente arbitraria, como el lenguaje español con el que escribo estas páginas, tiene la capacidad de incardinarse en el ser. Si el símbolo no es vivido a plenitud, su capacidad de comunicar se debilita; el “mensaje” del símbolo no es el contenido de un envase que lo trasporta de usuario en usuario, sino la imagen misma, especular y precisa, del ser que se asoma a él como a un pozo en medio del desierto. El símbolo no comunica, hace vivir. Es como la llave que abre instancias interiores no conocidas; al apropiarnos del símbolo estamos expandiendo las posibilidades de sentido. La vocación de recuperar esa conciencia es consubstancial al ser, aunque en muchos casos permanezca dormida; el símbolo es la campana que despierta a quienes duermen. No es necesaria la intermediación teórica de los ideólogos para que explique nada: cuando el ser se deja tomar por la fuerza del símbolo descubre que ya llevaba en su interior, en latencia, el lenguaje con el que el este le está hablando.

 En la práctica, el símbolo se vive como ritual, es decir, se trata de un signo performativo. Asimilar este carácter no inmanentista del análisis simbólico marida perfectamente con la hermenéutica, que asume una porción de oscuridad irracional como parte esencial de sus tareas de interpretación. No es exagerado afirmar que el símbolo ha de vivirse para poder interpretarse; la mirada del explorador curioso no basta. El símbolo no se encuentra por fuera del tiempo, sino que lo encarna: se vive el tiempo con sentido y verdad en la medida que ese tiempo es simbólico, es decir, humano; el mito explica muy bien esta condición no cronológica de vida humana plena de significado.

Esta vivencia simbólica no es jamás solitaria. Si he hablado antes del rito es para determinar el carácter grupal de este; la comunidad vive e interpreta de tal manera que por fuera de ella la significación supone pérdida. Esto ha sido utilizado por los promotores de una lectura exclusivista, de guetos, que reduce la experiencia humana total a las prácticas localizadas de una tribu. Si, como he dicho, la comunidad interpretante asume la lectura vivencial más refinada de un símbolo que ha nacido en su interior, no menos cierto es que el símbolo posee, como todo signo, condiciones de traductibilidad que facilitan su comprensión entre quienes no habitan dicha comunidad. Se trata, como es natural, de un proceso analógico y mestizo: asociamos lo semejante sin menospreciar lo diferente.

La analogía posee una doble vía de aproximación: la metafórica y la metonímica; aquella es esencialmente diferencial mientras que esta es identitaria. El mundo de la ciencia se desplaza por caminos metonímicos; la lectura de la cultura ha de suponer necesariamente una intervención metafórica. Justo es decir que esto sucede de un modo no exclusivo. Como los cauces de un río, estos límites permiten la divagación asistemática, aunque no irracional, que constituye toda práctica hermenéutica. Es una doble vía que no desprecia a la ruptura irónica, tan cara a los pensadores posmodernos, pero que no renuncia jamás a la correlación, a veces sustitutiva, de la analogía. La comparación y la metáfora impiden que la disolución de la heterogeneidad del mundo conduzca al mutismo o al juego carente de sentido (apalancado en los simulacros tecnológicos), como sucede en nuestros días. Interpretar es argumentar dentro de los marcos cambiantes de una episteme que no desconoce la irrupción del relámpago intuitivo. Lo uno y lo múltiple, lo idéntico y lo extraño, todo se asocia por la intencionalidad lectora que participa del texto y sus propias voliciones como quien se abre a un diálogo de voces sin rostro en el bosque inabarcable del sentido, es decir, el de la tradición. La empresa del saber humanístico no es distinta a la de la creación y supone un peregrinaje interior que implica autoconocimiento y adquisición de la sabiduría. Renunciar a este poder de la persona es volver la inteligencia un mero instrumento entre las manos de un mono. Investigar ha de ser siempre asumir riesgos, retar el poder de la élite, socavar el saber común  este se ha traicionado a sí mismo, cuando se ha vuelto una charca de aguas inmundas.

Es hora de regresar a casa.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s