Univocidad, equivocidad y analogía V

CaptureEl hombre puede soportarlo todo, menos la ausencia del sentido. Ahí donde se impone una galería del absurdo no hay posibilidad ninguna de ser: todo se derrumba delante de nuestras miradas haciendo un escándalo intraducible. Es el fin de la historia, el fin de la memoria y, sobre todo, la aniquilación absoluta de todas las esperanzas. Por eso luchamos contra el vacío tratando de llenarlo con lo que sea necesario, incluso con su racionalización a través del discurso filosófico: el nihilismo no es el último de los problemas si encarna en un cuerpo de reflexiones filosóficas; el verdadero problema es el nihilismo vaciado de sí mismo que encarna en un nominalismo irrealista impuesto por las prácticas académicas contemporáneas; se trata de la disolución del poder y la entronización de un poder nuevo, ubicuo e intangible: el relativismo.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que en un ambiente de radical relativismo impera, a la par, un fuerte determinismo ideológico que segrega con incuestionada naturalidad lo que es válido de lo que no lo es, lo bueno de lo malo, lo actual de lo ya superado. Este determinismo socava la idea misma del sentido, que obedece a la pluralidad, como ya he mencionado, pero que no tolera el absurdo de querer reducir las lecturas de la realidad a una confirmación obligada de los presupuestos, es decir, a una mera falsificación protocolaria que, tal como lo vemos en la academia actual, va conformando un cuerpo de propaganda más que auténtico conocimiento.

La destrucción del sentido que observamos en estos días implica algo de lo que poco se habla: la superación de lo múltiple. Me refiero a la capacidad de establecer vínculos de igualdad y diferencia donde la discrepancia tiende a duplicarse mientras la identidad se reduce, a tal punto que en un momento determinado de este corrimiento el vínculo analógico es imposible: la operación funciona respetando la misma proporción en un sentido inverso, es decir, al identificar dos signos la diferencia se reduce. Esta correlación abre las puertas para superar la pluralidad con base en suelo común argumentativo que organiza un sistema de referencias de grado sin las que todo pensamiento adquiere un talante caprichoso e insuficiente. Esto no es equivocidad sino pluralidad analógica: distinguir estos términos es esencial para evitar confusiones que contaminen todo ensayo posterior. La apuesta equivocista evita estas reflexiones porque las considera parte de una concepción metafísica del mundo, es decir, completamente superadas; para ellos toda ontología es una especie de absurdo formalizado a caballo entre el pensamiento mágico y el más abierto delirio.

Otra característica propia del ethos equivocista es el de la tabula rasa. Como se ha desmontado la inercia de la tradición, cada iniciativa personal ha de ser siempre el comienzo de una jornada personalísima, separada de toda experiencia previa; esto es un puro absurdo que no se sostiene en sí mismo, pero no por ello deja de ser una situación harto común. Comenzar de cero es para algunos la manifestación de una libertad total; no olvidemos que el individualismo llevado hasta sus últimas consecuencias se constituye en una especie de idiotez voluntariosa. La cantidad de veces que en la academia se vuelve una y otra vez sobre el mismo tema para decir las mismas cosas solo revela que no existe una conciencia clara del conocimiento como diálogo reticular; sin esta capacidad de entender lo que el otro aporta, todo esfuerzo está condenado a ser un simple “palo de ciego”.

El tiempo de la reflexión pierde dinamismo y dirección: amanece el mismo día siempre para repetir, sin variación o diferencia, cada uno de los accidentes que lo pueblan. Tal es el estado de la cuestión actual: el caos como consecuencia de un desorden montado ex profeso por los partidarios de una visión descoyuntada y pobre de la realidad. En esto no poco ha tenido que ver la evolución vertiginosa de la red de redes, lo que ha generado un mundo de conocimientos al alcance de un botón; no son pocas las personas que han querido ver en su terminal de cómputo una extensión material de su propio cerebro, por lo que han asumido acríticamente que son ellos y no la plataforma virtual quienes detentan el caleidoscopio de todos los saberes.

Pondré un ejemplo que ilustra muy bien lo que digo: la abolición del canon. No quiero decir que no existan referentes intelectuales, porque los hay; a lo que me refiero es a su debilitamiento bajo el supuesto de que su existencia obedece a mecanismos de poder que de manera perversa han dejado fuera del índice sagrado a aquellos que por múltiples razones contravenían o abiertamente retaban su autoridad. Esto ha desembocado en una reescritura del pasado, lo que en términos prácticos deviene en el enmudecimiento de voces de la tradición por razones más políticas que intelectuales: la pérdida de esto es incalculable. El profesor que actúa de esta manera no solo está privando a sus alumnos de contemplar una fotografía completa, sino que además los está convirtiendo en agentes que duplican a través de las generaciones un canon adulterado, es decir, empobrecido.

El olvido sistemático de la tradición es la disolución del futuro. Esta idea presentista, desvinculada y pobre supone enormes riesgos que no podemos pasar por alto; la tradición no es un ídolo, como pensaban los modernos, pero tampoco puede convertirse en polvo: la tradición es el sensus communis que menciona Vico y que se actualiza en su revisión crítica y su adaptación a las circunstancias siempre cambiantes del devenir de la historia. Como el lenguaje es al ser, la historia es al cuerpo de las ideas, su casa y su destino; más allá de esta evolución temporal y cultural nada es posible, al menos nada que pueda considerarse humano.

La equivocidad es la expresión más acabada de una práctica académica individualista que desemboca en solipsismo, repetición y, sobre todo, en una indudable fatiga. Como el ουροβóρος, el decir que se muerde la cola se condena a la deglución de sí mismo; tal es lo que sucede con las prácticas reflexivas actuales, obligadas por causa de su carácter redundante a un retorcimiento del estilo, que es la forma retórica de una petulante incomunicación. El diálogo agoniza donde todo es imposibilidad de semejanza. La comunicación no aspira a la comunicación y se vuelve algazara de ebrios en lo más alto de una noche sin estrellas. Saldrá el sol nuevamente y no quedará nada, ni sombra de nada, ni eco alguno de todo aquel gran bullicio que alguna vez llamaron posmodernidad

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