Univocidad, equivocidad y analogía IV

Capture¿Contra qué se han levantado las huestes posmodernas? Contra la rigidez y el despotismo de una visión de mundo centrada en una identidad absorbente y racionalista que termina por asfixiar, discriminando todo ejercicio de diferencia o mestizaje. La revuelta no puede sino aplaudirse: era una necesidad intelectual y moral. La condición unívoca se apalanca en un sentido excesivo de la autoridad; en el fondo se trata de una falacia que se asume como elemento diferenciador que distingue lo verdadero de lo que no lo es: si se ajusta a esto determinados parámetros, lo es; si no, no. La prueba de la validez se encuentra en la cercanía con el centro del poder hegemónico.

Insisto en una palabra que a mi juicio es muy descriptiva: rigidez. El modelo unívoco es inflexible y de episteme violenta. Pensemos en las lecturas academicistas del mundo, arraigadas en un esquema de juicio argumentativo duro, que debe ejercerse casi con voluntad punitiva para que el sistema no colapse. Una de las consecuencias inmediatas de esta organización de los saberes es el sofocamiento de la innovación; cuando el marco referencial de lo verdadero es tan estrecho es muy fácil convertirse en apóstata. Esta reducción de la pluralidad eliminaba de facto la necesidad hermenéutica que, como hemos visto, es requerida ahí donde hay desencuentros: en lugar de interpretación lo que había era la verificación mecánica de la conformación textual.

La verdad era entonces propiedad de unos pocos elegidos: la casta del saber. El conocimiento era dentro del círculo social el elemento diferenciador de poder, lo que implicaba una estratificación dada por la proximidad o lejanía de ese referente nuclear que de un modo ciertamente arbitrario había pasado a ser el dios de la comunidad; en realidad se trataba de un ídolo fabricado por la clase sacerdotal que se convertía de facto en la custodia de ese conocimiento último. Hoy en día podemos ver esto mismo, replicado curiosamente desde la relatoría de un saber atomizado y de identidades diseminadas; nada más falso: el discurso posmoderno de la diferencia radical consiste en un tono distinto del mismo discurso hegemónico que hoy en día se reconoce como el corazón metafísico de la modernidad.

El concepto de la identidad plantea por obligación una visión del mundo maniquea: lo que no es igual es diferente y, por tanto, equivocado, malo, espurio. Pensemos en una lacra de la humanidad que por estos días parece haber abandonado su tumba para asolar la vida actual: el nacionalismo. Se trata de una ideología de la identidad que supone una realidad cultural acotada y definible, de lo que se deriva que la otredad o exterioridad ha de considerarse un desvío que merece castigo; de ahí que la xenofobia se convierta de pronto en nuestros días en una actitud si no virtuosa al menos tolerable o comprensible. La identidad fuerte ocasiona como consecuencia natural un amplio aspecto de la realidad condenado a la marginalidad y el castigo de su diferencia. Es un puro absurdo que no se justifica de ninguna manera.

Para quienes nos dedicamos a la meditación hermenéutica pensar en el asunto de la identidad es suponer un obstáculo natural para nuestro oficio. No olvidemos que la aplicación hermenéutica es por necesidad el discernimiento de una gama de diferencias que se relacionan entre sí, que abren puertas para el juego de posibilidades de comprensión y sin las cuales la realidad pierde su carácter tridimensional y se convierte en un pliego biplano en el que el flujo de la experiencia se detiene. Nada queda frente al observador más que la instantánea de una concepción limitada de la verdad: verídico es lo que se justifica en la correspondencia; por fuera de ello todo ha de ser disparate, aunque con ello se niegue la naturaleza misma del pensamiento, que es asociativo.

Finalmente, una palabra que he usado antes y que es preciso detallar, al menos en dos de sus actualizaciones más reconocibles: la violencia.

Hay que decir que la epistemología univocista es esencialmente violenta porque discrimina a través del ejercicio de un rigor que cierra puertas, que crea una fantasía, un mero supuesto sobre el que construye todo un aparato gnoseológico e incluso moral: la verdad es cognoscible y discernible. La verdad se vuelve entonces un ídolo metafísico que, como todos los ídolos, tiene a sus pies una legión de seguidores fanatizados dispuestos a hacer lo que se necesario con tal de defender el objeto de sus devociones, en primer lugar, claro está, someter a los infieles.

Por otro lado, la violencia del pensamiento unívoco se materializa en la castración de los juegos imaginativos. Se supone en ellos una desviación de la norma; lo que sabemos ha sido corroborado: es real y entonces no merece transformación ninguna. La imaginación es enemiga de lo estable y supone para algunos espíritus cobardes abandonar el confort en el que se encuentran apoltronados; hay algo más, la imaginación es un arma que en ocasiones, cuando menos lo esperamos, dispara contra nosotros mismos desmantelando aquello que habíamos pensado era cierto: nos mata para que volvamos a nacer. Es un riesgo que siempre ha de valer la pena.

El univocismo genera una forma de violencia suave que termina por asumirse colectivamente: la estratificación. Esto supone una estructura y una institución que la encarna; el saber no es sino el conjunto de experiencias que en el caso del reconocimiento social pasa por la validación de una élite: tal es lo que ha sucedido con las universidades desde su creación. El poder de una institución supone su conservación a través de políticas y acciones que limiten todo aquello que desde el exterior comprometa la continuidad del centro hegemónico, custodio de la verdad. Esto se aprecia con mayor claridad, aunque de un modo algo exagerado, en instituciones como la religión o la tiranía política, pero no menos evidente resulta en la institución universitaria, en algún momento sometida por dogmas de orden filosófico y hoy en día dominada por los demonios de un mercantilismo tan ciego como utilitario.

Contrario a lo que dice la propia academia posmoderna, el fantasma del univocismo no desaparece nunca del todo, y no me refiero a la pervivencia de ciertas formas de la modernidad liberal, tan sospechosa para la academia progresista; más bien me refiero a la máscara perfecta que ha asumido el autoritarismo: la benevolencia relativista. Esto demuestra lo que muchos intuimos desde siempre, la tiranía bien puede ser invisible.

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