Univocidad, equivocidad y analogía III

CaptureQuien desee comprender debe asumir que entra a un juego muy serio: le va la vida en ello. Debe abrir su mente asumiendo, así fuera de un modo teatral, la actitud curiosa de los niños que deciden salir a explorar el mundo natural que los rodea. Todo está diciendo algo que no sabemos, pero que podemos llegar a saber si somos pacientes; todo lo que nos envuelve preserva un aliento que puede despertarse cuando nos dirigimos hacia esa forma consolidada, como índice o como texto, que apunta hacia un punto específico que nosotros no conocemos aún, pero al que llegaremos si es que sabemos estar a la altura del llamado. Quien cree que no necesita no saber más está fatalmente condenado a que su fantasía se vuelva realidad.

El juego de la hermenéutica entraña el valor de la humildad: no se acerca el lector al signo para imponer sus prejuicios, sino para recuperar un sentido que implica necesariamente una disposición de aceptación de parte de quien lo reconoce. La inmensa mayoría de los equívocos interpretativos obedecen a la soberbia del lector que no atiende con sutileza aquello que se le muestra; se trata de una interpretación falseada que busca justificar una imposición caprichosa. Esto es trágico porque la persona que actúa de esta manera se cierra por completo a la posibilidad de contrastación de su conocimiento con la realidad, que es su fuente y destino: en materias relativas al saber, la arrogancia es siempre la madre del infortunio.

Gadamer al hablar del juego enfatiza su independencia radical: se juega por jugar. Hay cierta tensión que no puede ceder sin romper el mecanismo de la dinámica de las interpretaciones; donde todo es complejidad sin fisuras no es posible sostener la mirada; donde todo es evidente, en cambio, el juego hermenéutico resulta en una imposibilidad culposa. El juego tiene una ética definida: preservarse en su ser. Por eso me gusta imaginarlo como un círculo ascendente, es decir, una espiral, acaso la forma más perfecta de todas cuantas existan en el universo. La hermenéutica va con el tiempo, lo encarna como experiencia humana traducida al lenguaje, es decir, constituida como acervo de sabiduría tradicional. La formación de todo hermeneuta debe comenzar en el reconocimiento del carácter existencial del saber: el conocimiento es temporal, como la carne que somos.

El carácter prudencial de la hermenéutica hace de esta disciplina una virtud humanísima: el criterio en acción. Al interpretar estamos poniendo en juego una serie de conocimientos que requieren un procedimiento de contraste y reflexión mediada por los cuales nos expresamos preguntando; dicho en otras palabras, arrojamos luz sobre las zonas oscuras con la interrogación como la herramienta que moviliza el pensamiento propio. Al cuestionar separamos, entresacamos de la masa compacta de lo real aquello que, singularizado y visible, nos ayuda a comprender el sentido de todo aquello que nos rodea. El κριτήριον es el juicio localizado, aposentado en los dominios de una circunstancia particular, dispuesto a ejercerse como apuesta de comprensión.

Si antes mencionaba que la obcecación es sinónimo de muerte intelectual, la adaptabilidad propia del procedimiento hermenéutico ha de verse como la contraparte, es decir, como la apertura a un devenir dador de sentido; el objetivo de la hermenéutica y de la inteligencia humana es el de asir su experiencia en un sistema que permita la comprensión, la preservación y la transmisión a los demás. Comprendemos porque hemos salido de nosotros mismos para encontrarnos con los otros.  La experiencia mística no es comunión sino disolución, dulce anticipo de muerte.

La adaptabilidad es hija de la intuición que, como he señalado antes, es síntesis vertiginosa del conocimiento humano: sobre la marcha de la vida aparece cuando más se le necesita, pero no es metodología sino instinto humano capaz de acotar lo que se nos escapa rápidamente.

El juicio circunstancial es, pues, pieza de la maquinaria hermenéutica. Parte ineludible de la adaptabilidad y flexibilidad que se le supone, moviliza el esfuerzo de comprensión; esto quiere decir que no es posible hacer juicios de sentido sin reconocer el carácter significativo del contexto y, por otro lado, admitir que la comprensión viaja en el devenir de la historia como un organismo vivo. Esto es un argumento de peso para defender la naturaleza de la pluralidad del ejercicio interpretativo. La flexibilidad de la heurística hermenéutica garantiza que a través de ella pueda alcanzarse la sabiduría auténtica, que se finca en la atención y la disciplina fenomenológica.

Hace veinte años, cuando comencé a dar clases en la universidad, un día por la mañana me apersoné en la oficina de un viejo profesor de aquel lugar, un hombre dicharachero y sencillo en quien quise ver la fuente de algún consejo que me ayudara a lidiar con los nervios que me suponía tener que pararme por primera vez delante de una clase. El hombre se encontraba sentado delante de su computadora, escribiendo algo apuradamente; seguro que estaba ocupado porque apenas volteo a verme de soslayo mientras yo le preguntaba: “¿Qué me puede aconsejar, maestro, para dar mejor mis clases?”. El hombre hizo un ruido extraño con la boca, una especie de chasquido desesperado y luego soltó aquella frase que hasta el día de hoy recuerdo: “Pues, pues, este, ahí solito se enseña”. Luego siguió con lo suyo y yo, que soy buen entendedor, me fui por donde había venido.

La anécdota anterior no es del todo baladí. El hombre aquel no pensaba en la hermenéutica, pero yo me apropio de su indiferente respuesta para explicar en mis seminarios algo fundamental: la comprensión es un arte-ciencia; esto supone que es preciso, para dominarlo, practicarlo. El ejercicio hermenéutico no es la puesta en práctica de una serie de pasos, como en un procedimiento experimental, sino la absorción de principios de espectro amplio que van a delimitar la lectura, pero que no van a determinarla. No olvidemos que la creatividad es una parte muy importante de la hermenéutica.

No es posible establecer un protocolo fijado, tampoco es deseable. La libertad, la pluralidad, el juego y la incorporación no prevista de elementos de juicio han de ser las cartas de la partida interpretativa. Se señala un camino, se establecen ciertos principios virtuosos (la prudencia el más importante, sin duda), pero nada más. Casi todo es territorio desconocido, lo que supone una invitación a la aventura más fascinante de todas, la de querer saber. Sin este apetito de exploración, el ser humano renuncia, por cobardía o por pereza, a su dignidad y, por tanto, a su destino.

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