Univocidad, equivocidad y analogía II

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El texto es reconocible a través de los sentidos: se ve, se palpa. Pero no lo es todo, es apenas el punto de partida. El ideal de la interpretación hermenéutica consiste en saber distinguir las intenciones que subyacen a lo evidente. En los orígenes de la hermenéutica, con Schleiermacher, el intérprete debía indagar en el texto para determinar cuál había sido la intención del autor; presumían que se encontraba oculta ahí, como algo fijo y concreto que una vez identificado supondría el final del procedimiento hermenéutico. Nada más lejos de la verdad. La intencionalidad no es enteramente objetivable, ni resulta del todo clara para quien la ejerce: el propio autor, como claramente lo podría reconocer cualquier poeta, se echa a rodar movido por intenciones disímbolas que desencadenan una reacción que supera el acto consciente. El autor no impone a la página un mensaje definido, más bien lo descubre. No sabemos lo que queremos decir, y eso se aplica a todos los textos que creamos, incluyendo este que ahora lees: creo que sé lo que quiero decir, pero es preciso que la frase nazca para que yo lo vea. Es siempre algo distinto, algo que va abriendo puertas tras otras puertas, que va aclarando el camino. No importa cuán preparado se sienta el autor, en algún momento ha de descubrirse solo en mitad de la página; sin embargo, no hay nada que temer, da igual qué rumbo tome porque sorprendentemente todos los caminos llevan de regreso a casa.

Lo que hoy se considera la intencionalidad del autor es solo un residuo. Se trata de un indicio vago que no aporta más que las otras intencionalidades en juego: comprender no consiste en desentrañar un acertijo (que asume una sola lectura válida), sino proponer obligadamente una lectura de conjunto, insuficiente y de puertas abiertas. La intención autoral no es más importante que la intención del lector o el contexto mismo en el que la lectura se actualice; esta revolución de las jerarquías interpretativas, debida en gran medida a Heidegger y, sobre todo, a Gadamer, hace posible hacer de la lectura una encarnación subjetiva, un proyecto del ser del intérprete que se arroja hacia el texto con la vocación de realizarse en él. Es Gadamer quien de manera más clara aborda el problema interpretativo, fundando las bases para una hermenéutica total; sus críticos, sobre todo Ricœur y Habermás le reclaman que en su magnus opus, Verdad y método, no se presente una propuesta de andamiaje metodológico, una hermenéutica utens, ni una crítica a la ideología. De esto se deriva, desde mi punto de vista de manera injusta, una lectura fenomenológica y relativista del gran filósofo de Marburgo. Abordaré este asunto más adelante.

El mundo de las ideas más actuales dio en llamarse posmodernidad. Se trata de un término simplista que alude a la direccionalidad sucesiva del tiempo: hablamos de lo que está después de la modernidad. Se trata, pues, de una negación que no puede deshacerse de aquello que niega; más que un tiempo nuevo, un intento desesperado por detener la aceleración progresiva de la historia. La posmodernidad busca desembarazarse de la suposición ontológica. La consecuencia inmediata de esto es el relativismo; imponer criterios de verdad supondría echar mano de una episteme fuerte, despótica, que margina aquello que no se pliega a sus criterios exclusivistas. Estas lecturas caprichosas surgen aupadas desde cierta academia afín; ya la Escuela de Constanza supuso una sistematización de la intencionalidad lectora como respuesta a la univocidad del texto fijado en sus elementos materiales. Aunque no propiamente en la línea de la crítica “reader-response” de Stanley Fish, ya Hans-Robert Jauss propuso separar la obra de su formalismo y su determinismo histórico, y así incluir, en clara crítica del dogma marxista, una dimensión contextual individualizada. Ciertamente el salto fue liberador, el problema vino un poco después.

Con la difusión y la aceptación masiva de las teorías de la recepción, las lecturas se emanciparon definitivamente de las figuras tutelares; la modernidad ajustó sus cuerdas para que la comprensión dejara de ser una simple repetición de mecanismos más próximos a la receta de cocina que al acto hermenéutico. ¿Fue suficiente? No. Era menester aniquilar todo vestigio de las viejas servidumbres, por eso se proclamo la demolición entera de los antiguos cuarteles de la verdad: desde entonces y en amplios sectores de la reflexión solo ha valido la ley del capricho. Esto devino en la imposición de los prejuicios propios. Es verdad lo que yo digo, lo que yo creo que digo; lo que yo señalo es la intencionalidad secreta de este texto-arcano que se me revela de manera privada y que es mi deber comunicar a los demás. No es extraño que el mundo de la posmodernidad esté poblado por santones desintelectualizantes, personajes que, a caballo entre el avatar milenarista y el charlatán vendedor de aceite de serpiente, vocalizan y diseminan un dogma que se destruye a sí mismo: “todo es relativo”.

La hermenéutica no incurre en los pecados atribuibles al exceso: ni proclama la autoridad definitiva, ni abre las puertas a los canturreos de la locura. Lo diré pronto: la hermenéutica promueve la comprensión del texto vivo. Esto implica, como he dicho, diálogo, pero también libertad creadora, esfuerzo intelectual y rigor filosófico. Gadamer habla de “fusión de horizontes”, aunque yo prefiero hablar de cumplimiento; lo visualizo como el momento del preciso equilibro de todas las fuerzas implicadas en una dinámica compleja, una suerte de quietud efímera en la que todo conviene a la causa de la comprensión. El triunfo es total, sí, pero es fugaz: apenas consumado se disipa. Luego toca volver a comenzar. Es lo más lejos que podemos llegar; suponer que mi juicio es suficiente es falsificar el proceso mismo de la comprensión, es un autoengaño que no resuelve el problema de la interpretación, más bien lo esconde.

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