Univocidad, equivocidad y analogía I

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La analogía acota la dispersión mortal de la experiencia humana, incluso más: la analogía hace posible el pensamiento. Todo lo que llamamos reflexión, y eso incluye naturalmente estas páginas, es el resultado de un juego infinito de asociaciones motivadas entre elementos que en apariencia no muestran similitud ninguna. “Esto es aquello”, decimos con esa insonoridad llena de sentido que es el pensamiento. Sin esta capacidad de vincular lo diferente, la experiencia del mundo no sería humana; como las bestias, pasaríamos por el mundo sin saber lo que es la duración o la otredad, la evocación o la duda, el tiempo o la distancia. Todo sería un tiempo presente total, sin orillas, en el que ardería nuestra vida hasta extinguirse mansamente, sin dolores ni angustias. Ahora me propongo explicar cómo las tres vías (univocidad, equivocidad y analogía) definen la manera en que nos aproximamos a la lectura de los textos. Conocer esta relación de tirantez y juego es fundamental para situarnos de cara al abigarrado mundo de la cultura. El filósofo italiano Gianni Vattimo habla de la hermenéutica como “la nueva koiné”, es decir, como la nueva lingua franca de la que hemos de echar mano para poder comprendernos entre todos y, muy especialmente, entre las subjetividades que somos y ese mundo exterior poblado de signos muchas veces incomprensibles.

¿Qué es le hermenéutica? Estoy seguro de que para muchas personas el término sonará extraño, acaso vagamente familiar, pero en todo caso inasible. He aquí una hermosa paradoja: todos somos hermeneutas, lo sepamos o no, porque todos los seres humanos tenemos la vocación natural de buscar la comprensión del mundo que nos rodea, que es el mundo de la cultura y no el de la naturaleza, desde siempre materia para especializados. La hermenéutica es una suma perfecta de experiencia y saberes sistematizados; ella encarna hoy en día un matrimonio feliz entre la tradición y la feroz libertad del intérprete: la vía de la inteligencia es la vía de la comprensión. A eso interpela la hermeneia, a la salida del ser que se arroja al mundo porque desea conocer lo que aquellas señales de la inteligencia condensadas en imágenes, iconos o símbolos están diciendo o, como se dice coloquialmente, están “queriendo decir”. El ser humano puede perderlo todo y sobrevivir, de lo que no puede reponerse jamás es de la disolución radical del sentido de su experiencia vital.

Sin embargo, es preciso, al menos entre quienes nos preocupamos por identificar las maneras en que se desenvuelve nuestro pensamiento, delinear algunos perfiles que nos permitan comprender lo que es la hermenéutica, es decir, realizar una especie de hermenéutica de la hermenéutica o metahermenéutica. Lo primero que hay que decir es que todos sabemos cosas que no sabemos que sabemos; la hermenéutica es la movilización de esos saberes dormidos que despiertan estimulados por la presencia de un texto sugerente. Gadamer les llama prejuicios, aunque para algunos que no pueden superar la mala fama del término, el término preferido es preconcepto. En todo caso se trata de nuestro conocimiento bruto, asistemático y latente; es de esos saberes que nosotros animamos el primer atisbo de comprensión: de cara a un texto nos hemos de ver obligados a suponer que significa tal o cual cosa. Nuestra apuesta, si somos agudos o despiertos, como decían las profesoras de primaria en mi infancia, apuntaremos bien y estaremos cerca: en la medida en que nuestra experiencia del mundo sea mayor, nuestros prejuicios se corresponderán en un mayor grado con los textos que pretendemos someter a escrutinio. Es lo que entre los médicos se llama “ojo clínico”. Lo diré pronto: la hermenéutica consiste en aproximarnos al texto de cuya verdad nos hemos creado en la mente una imagen difusa. El acercamiento confirmará y echará por tierra nuestros prejuicios; en ambos casos lo hará parcialmente porque el proceso de la comprensión es siempre una afinación constante, un acercarnos siempre un poco más: las puertas de la tierra prometida solo se entreabren para que podamos atisbar. Eso es todo.

Lo anterior nos debe obligar a asumir nuestro oficio interpretativo con humildad verdadera. Por humildad no me refiero a la postura gazmoña de los iluminados, gesticulando siempre con cara de rapto místico a la galería; lo que implico es la prudencia (de la que me ocuparé más adelante), el cuidado al pensar y el decir, sabiendo claramente que nos enfrascamos en un procedimiento existencial e intelectual que no culmina nunca. Sin esta virtud (humilitas), el hermeneuta asume una posición de poder que termina por imponer al texto el prejuicio: se asalta el signo y se le endilga una verdad resolutiva. La arrogancia conduce al error, a la premura con que se aplica un cierre categorial que no es otra cosa que una tremenda falsificación. En los regímenes autoritarios la verdad es una creación de Estado, como se observa en la reescritura de la historia a conveniencia del sátrapa de turno o en la propaganda con que se divide el mundo de los puros y los impuros.

Dentro de la gran tradición hermenéutica existen tres nodos fundamentales que conviene tratar ahora. Me refiero al texto, el contexto y la lectura. Resulta evidente que el corazón del proceso hermenéutico radica en el texto; el primer paso del círculo hermenéutico es siempre la reacción a un estímulo determinado por una voluntad creadora y delimitado por un emisor que le confiere ciertas intencionalidades que es preciso desentrañar. El texto es un artificio que consiste en componer ciertos artefactos materiales para transportar contenido significativo. El texto escrito es el ejemplo más evidente; en mis clases, cuando pregunto qué es un texto, la inmensa mayoría de mis estudiantes afirman contundentemente que es un libro. En realidad, un texto puede ser una pieza oratoria, un cuadro, una danza o una pieza musical, entre muchas otras posibilidades; en todos ellos se cumple mi definición y como consecuencia han de ser susceptibles de interpretación.

Pero los textos no se crean en el vacío. Las variantes formalistas de la teoría literaria se empeñaron vanamente en tratar de separar el texto de su autor. En una segunda ola de carácter receptivo, el autor desapareció asesinado por la tradición; “El autor ha muerto”, sentenció Barthes en un famoso documento que solía estudiarse en las facultades de literatura el siglo pasado. Lectura incompleta, el afán de reducir la interpretación a las funciones tantas veces caprichosas de los lectores devino en el giro culturalista que, como he tratado de mostrar en la primera mitad de este ensayo, es a estas alturas de la historia una pura dispersión. La hermenéutica resolvió el problema sin menoscabo de ninguna de las partes que intervienen en el acto de interpretación; es evidente que el contexto cultural en el que un texto es creado lo determina, pero solo hasta cierto punto; el autor, el lector y el propio texto también aportan a la lectura un sesgo que, en suma, deriva en una interpretación no conclusiva. Separar un texto de su contexto es abrir la puerta a muy grandes y dolorosas tonterías.

La lectura convoca, atrae hacia sí en un acto de confrontación decisivo. Leer es poner en movimiento las piezas de un tablero de posibilidades acotadas por el carácter prudencial que se le ha de suponer al hermeneuta; a diferencia del culturalista, agobiado por las deudas adquiridas con la ideología, el hermeneuta se atreve a contradecirse a sí mismo con ferocidad si es preciso; no hay más deber que el juego y las múltiples posibilidades que entraña. Interpretar es un acto tan imaginativo como el de la creación misma de los textos. Todo es exploración atenta, justificada, sapiente. No se construye desde la nada: muy bien sabe el hermeneuta que lo respalda una tradición filosófica sólida, crítica y prudencial. Cuando realiza un hallazgo es porque ya lo llevaba dentro a guisa de intuición; cuando se enfrenta con la novedad radical ¾una proyección¾, el mundo de sus prejuicios se estremece y recompone. La marcha sigue.

Visto todo lo anterior, bien puede suponerse que el campo de acción de la hermenéutica es amplísimo, tan vasto como la vida misma. Es verdad, pero es preciso apuntalar ciertos contrapesos teóricos que ayuden a evitar el dispendio y la ocurrencia. Pensemos en la cultura. La hermenéutica ha sido desde los orígenes mismos de la indagación socioantropológica una herramienta de análisis cualitativo. A diferencia de la práctica contemporánea del culturalismo ejercido con fervor caótico desde las neohumanidades, el carácter formal de las disciplinas mencionadas acota y sistematiza los esfuerzos de interpretación de las textualidades de la cultura. Sin embargo, es un equívoco suponer que el análisis de la cultura debe realizarse con exclusividad desde la sociología o la antropología; entendamos que la propuesta hermenéutica es de naturaleza filosófica, pertenece a una estirpe fenomenológica y existencial que a mi juicio debe conocerse o reconocerse, activarse y difundirse con la certeza de que encarna un espacio de libertad, pasión crítica y prudencia que son necesarios, acaso hoy más que nunca.

Si observamos bien, la disolución de la interpretación que hemos experimentado en la segunda mitad del siglo XX tiene una causa muy identificable: la destrucción ontológica. La razón por la cual toda interpretación de bordado metafísico ha sido abolida nos la explica el ya citado Vattimo al referirse a “la violencia ontológica”. Con esto quiere decir que la verdad ha tenido siempre una natural predisposición al aplastamiento o marginación de las posturas contrarias; se trata de una visión univocista de la historia de las ideas que, aupada por el marxismo, vincula la creación de signos culturales al ejercicio concreto del poder político y económico.

La hermenéutica propone una vuelta a la ontología, pero no como raíz total de la experiencia de la comprensión, sino como sustento lingüístico y lógico que permite la asociación libre de los textos en un afán por crear interpretaciones más precisas y necesarias. Esa ontología reconoce, además, la inercia de un modelo cultural transhistórico de comprensión, un método flexible de traducción de los signos de la cultura. Sin esta base común, todo esfuerzo se convierte en voluntad pura, capricho adolescente de ajustar la realidad a lo que sea que uno quiera que esta sea o, peor aún, sumisión a los designios deleznables de la moda.

En la hermenéutica todo es posibilidad porque en su centro todo es convocatoria, incitación al diálogo, apertura curiosa a la vida. La analogía es capaz de construir puentes sobre las rupturas, es decir, compone una lengua nueva donde solo hay ruido. Hay algo más, la práctica hermenéutica implica el autoconocimiento del que se encuentra leyendo: al comprender nos comprendemos porque el acto mismo de la interpretación revela los perfiles más distintivos de nuestro ser. La muerte de la ontología es atroz porque supone el vaciamiento del ser, su supresión y destrucción definitivas. No es, pues, extraordinario que en nuestro tiempo nuestro vivamos acosados por los demonios de la locura.

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