Texto de Saramago

 

Al hilo de lo sucedido en estas últimas horas, me vino a la cabeza este texto de don José Saramago. Lo leí hace muchos años, cuando apenas superaba la edad del protagonista y me impactó mucho, tanto como hoy que lo he vuelto a leer. Como se ve, las turbas sedientas de sangre siempre han existido, pero sus alaridos siempre habían sido un asunto local, algo absolutamente doméstico; eso ha cambiado: hoy en día el vocerío de esos demonios tiene un alcance global y, en consecuencia, su capacidad de destrucción social es prácticamente infinita.  Tengan buen día (es un decir). 

-alx


¡Salta, cobarde

José Saramago

Muchas veces, estas prosas mías navegan enguirnaldadas, con acompañamiento de violines poéticos, de efectos de luz que voy a buscar a las transparencias cristalinas, a los encajes vegetales, al difuminado de la visión acuática. Es una tendencia de la que nunca me liberaré y de la que (¿por qué no decirlo?) no me avergüenzo. Pero hoy he decidido cortar la vena lírica secamente, poner dique a la efusión, y alzar una barrera entre las imágenes y las comparaciones. Tengo una historia brutal que contar. Y si el lector ha sido agraciado con un corazón sensible, le ruego que me dé licencia para aconsejarle que no siga leyendo. Si lo hace, mirará desdeñoso para el mundo de hoy en adelante, para el mundo y para quienes en él viven, perderá el apetito y puede que hasta sufra insomnios.

La cosa ocurrió en Cassel, ciudad alemana. Alemania es un país civilizado, de moneda fuerte, patria de mucha filosofía, cuna de artistas y escritores. Técnicamente, es lo que se sabe: una potencia. Pues en Cassel, ciudad alemana alzada en las márgenes del Fulda, con sus doscientos mil habitantes, vivía hasta hace poco un muchacho de diecinueve años llamado Jürgen. Vivía, y ya no vive. Por un disgusto cualquiera que no menciona, Jürgen decidió suicidarse. No lo hizo discretamente, tal vez con la secreta esperanza de que lo disuadieran (cuesta mucho morir a los diecinueve años, incluso con los disgustos enormes que a los diecinueve años se tienen), subió a un depósito de agua, una construcción de treinta y dos metros de altura, para precipitarse desde allí al encuentro de la solución de sus problemas: la muerte.

Se reunieron cientos de personas. Bomberos y policías intentaron convencerlo para que bajara. Una muchacha conocida suya (¿amiga? ¿novia?) pasó por allí casualmente y gritó con los que gritaban: “¡No hagas eso, Jürgen! ¡Baja!”. El chico vaciló, creyó que iba a salir de su pesadilla, aceptó un cigarro que dos bomberos hicieron llegar a sus manos, se lo fumó tranquilamente. Abajo, la multitud (cientos de personas) esperaba. Hubo, sin duda, suspiros de alivio, se distendieron los rostros que el nerviosismo había crispado. Y Jürgen, lentamente, empezó a bajar. Y, entonces, de la multitud se alzaron gritos de escarnio, abucheos, insultos. La maldad gana voz, se articula en palabras imposibles: “¡Salta, cobarde! ¡Salta!”. ¿Quién dice eso? ¿Quién grita? No se sabe. Salen las voces de la multitud y no es posible sofocarlas. “¡Salta, cobarde! ¡Salta, cobarde!”.

Jürgen vuelve a subir los peldaños. Está solo allá arriba. Nadie sabe lo que piensa, lo que siente ahora. “¡Salta, cobarde!”. Y Jürgen salta. Cae en la red que los bomberos habían tendido. Pero la red no basta para salvarlo. Jürgen es llevado al hospital con gravísimas lesiones internas. Muere.

Esta es la historia que quería contar. Ahí la tienes, lector. Haz de ella lo que quieras. En este planeta Tierra que los hombres habitan, hay horas de felicidad, sonrisas, amor, alguna belleza, flores para todos los gustos. Y hay monstruos. No se distinguen de nosotros, que no lo somos. Tienen un hogar, familia, amigos, una vida normal. Son civilizados. Pero un día gritan: “¡Salta, cobarde!”. No lo mataron con sus manos. Solo dijeron: “¡Salta, cobarde!”. Luego cenaron, se fueron a dormir en paz, protegidos por la ley y por los defensores de la ley. Y besan a sus hijos.

Adiós, Jürgen. No sé qué disgustos serían los tuyos, no lo sé. Pero ¿qué disgusto, qué asco mayor que este de vivir entre una humanidad así?

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