Nota bene

depositphotos_159466766-stock-illustration-nota-bene-n-b-handEs fundamental asumir el concepto de la crítica. Somos eso, críticos que se aproximan a una obra con el afán de comprender y situar en su contexto; no somos simples relatores de lo evidente. Vamos más allá y ponemos en juego en cada lance crítico nuestro acervo personal, es decir, nuestro conocimiento sistematizado, pero también nuestras intuiciones. No estamos haciendo ciencias positivas sino ciencias del espíritu, lo que nos acerca al arte; no podemos suponer caminos univocistas cuando la realidad histórica nos impone la realidad aplastante de la diferencia. Pero tampoco podemos caer de rodillas para adorar el becerro de oro de una práctica disparatada, ajena a toda posibilidad argumentativa.

 Yo miro el porvenir con mucho entusiasmo. De hecho, este libro existe porque me anima el deseo de ser fiel a mi conciencia crítica, dar un paso adelante y proponer una agenda reflexiva que a mi juicio es mucho más que necesaria. Yo invito a mis colegas para que ocupen espacios no tradicionales, para que asuman el deber intelectual al que están llamados por su condición; se trata, además, de un deber al que no pueden renunciar sin traicionar los principios mismos de la disciplina. Somos afortunados porque vivimos tiempos en los que la tecnología nos provee de una gran gama de recursos de distribución de contenidos; no es posible que los profesores, al menos la mayoría de los que yo conozco, sigan aferrados a usar una pizarra y una tiza, renunciando a las posibilidades infinitas de la red de redes.

Tenemos que convocar a la interlocución verdadera, la que tantas veces se confunde con simples reuniones sociales barnizadas por una cultura superficial. Nuestro trabajo tiene una trampa de muerte: la soledad. Una lectura en confinamiento es siempre una pobre lectura; es preciso trascender los límites de nuestra propia oficina para interactuar con los demás. Yo mismo, dada las condiciones propias en las que me encuentro, he debido forjar una pequeña red de contactos virtuales con los que me reúno para compartir de modo crítico ideas, lecturas, referencias y, sobre todo, para leernos mutuamente en un ejercicio de contrapesos muy fértil y necesario. El que está solo no sabe dónde está porque confunde sus prejuicios con la realidad; no se ha percatado de los límites de su propio esfuerzo. El trabajo intelectual se fundamenta en un trabajo de aproximación a la realidad textual ¾reflejo del pensamiento¾, que no termina nunca: estamos construyendo para los que vendrán, así como nosotros hemos recibido de los que ya se fueron.

Quiero decir algo que es evidentemente subjetivo, como todo lo que afirmo en estas páginas, y que puede ser hasta cierto punto un atrevimiento porque entraña hablar de algo que no conozco de primera mano: tengo la percepción de que muchos de mis colegas no tienen la disciplina del estudio. Me refiero al trabajo intelectual como esfuerzo sistemático, sostenido y arduo dentro del marco de una tradición de conocimiento determinada. La premura de la que he hablado se ha vuelto una limitante asumida sin protesta por muchos de nosotros; es un error: el estudio diario, planificado y con sentido es el basamento de nuestro oficio. Todo esto ha sido suplantado por un “corta y pega” que recicla opiniones y no ideas, todo dentro de una cultura de oídas.

Hay algo más: una absoluta indiferencia a la filosofía. Esto no puede ser sino la raíz de todo mal. Donde no hay una matriz filosófica abundará siempre la ocurrencia, el comentario volátil, la redundancia revestida de seriedad. La filosofía afirma nuestras experiencias de lectura porque encarna la posibilidad última del conocimiento humano; sobre la filosofía, madre de todas las ciencias, construimos el saber, siempre al amparo correctivo de una fuente sistematizada y segura. No es la perfección, queda claro, pero el peso histórico que encierra supera con creces las suspicacias y dislates de todos los revisionismos.

Saber esto y encarnarlo tiene una consecuencia prodigiosa: asumimos el carácter trascendente de las humanidades. Nos sabemos parte de una historia que se extiende a lo largo de los siglos y, esto es muy importante, podemos ejercer la crítica de un mundo encaminado a una cosificación hiriente. En una realidad como la nuestra, donde la economía de la utilidad es el signo del ultramaterialismo, nuestro oficio debe entrañar la nobleza de espíritu que vuelva a traer al ser humano al centro de las preocupaciones y las discusiones.

 Es fundamental señalar abiertamente la ética humanística que nos concierne. No somos funcionarios de una industria de grados, diplomas y validaciones profesionales; somos portadores de una conciencia que debe ser pasada hacia las nuevas generaciones. Son precisamente ellos, los más jóvenes, quienes deben de vivir día a día con la sombra de múltiples amenazas sobrevolándoles la cabeza: marginación, nacionalismo, desempleo, tecnolatrías y otros demonios. Las humanidades nos otorgan un rostro, nos muestran un camino y nos enseñan a pensar y a pensarnos.

Estoy convencido de que tenemos por obligación expandir con vehemencia los horizontes de nuestro discurso, promoviendo una visión cosmopolita, tolerante, dialogante, inclusiva y hermosamente mestiza. Hablo de la convivencia natural, comprensiva, analógica y prudente a la que podemos aspirar con toda legitimidad y sin abandonar ni por un instante el mundo de lo posible. En esto creo y en la medida de mis facultades le he dado forma de proyecto, le he insuflado mi propio aliento vital, lo he llevado por bandera a donde quiera que voy.

Finalmente, una nota a pie de página: somos especialistas. Trabajemos en nuestro campo, seamos expertos, abonemos al diálogo con nuestros pares dentro de los límites naturales de un saber compartido; algo más, estemos siempre a la altura de lo que la sociedad y la tradición supone podría encontrar en nosotros. Reflexionar sobre los textos es escribir sobre ellos, es divulgar y lanzar al mar de la información nuestra propia versión de las cosas. El silencio es pecado mortal, como la indiferencia, el descuido reflexivo, el desaliño de estilo, la frivolidad y la falta de carácter; nuestro oficio reclama de nosotros un esfuerzo enorme. Aceptemos todos esto o apaguemos las luces y cerremos muy despacio la puerta al salir para no volver nunca más.

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