La pérdida del sentido

tiempoEs muy difícil no identificar la raíz de la situación actual con una pérdida de sentido. En torno a mí percibo mucha improvisación, repetición, falta de autocrítica, displicencia, indisciplina y, sobre todo, una verbosidad a prueba de balas. Es como si existiera una necesidad imperiosa de marcar la página, sin prisa y sin pausa, incorporando la mayor cantidad de tópicos posibles. Hay que decir cosas, pronto, a cómo dé lugar. Todo esto produce un vértigo que impide la formación de un conocimiento asentado en tradiciones y escuelas de largo aliento. Pensemos en la cantidad de artículos y documentos críticos varios que se publican al año; paradójicamente, esta sobreabundancia textual vuelve invisible el conocimiento, lo disgrega en una marea de aguas tan sordas como superficiales.

Mi proyecto académico es el de la recuperación del sentido. Para hacerlo he acudido a la tradición hermenéutica, que encarna no solamente un método de interpretación sino una escuela de pensamiento. Si tengo que destacar su principal característica tendría que decir que es la prudencia. Sobre esta virtud es que se monta una estructura intelectual y vital que permite la comprensión textual y existencial respectivamente: el hermeneuta se lee en lo que lee. Resulta curioso que, siendo nuestra época esencialmente la de las interpretaciones, la academia, al menos en su versión norteamericana, omita mayoritariamente la aplicación de la hermenéutica como método explícito de aproximación a la lectura de textos.

Una de las cosas que más me impresiona es la facilidad con que, en nombre de una supuesta obligatoriedad multidisciplinaria, los autores de documentos académicos toman prestados un sinnúmero de conceptos provenientes de campos tan diferentes como la psicología, la economía, la antropología, la sociología y alguna más que de pronto se me olvida. Esto produce un revoltillo indigerible que aparenta erudición, es verdad, pero que resiste muy poco un análisis sereno. Lo que más me preocupa de todo esto son las consecuencias que esta desinformación genera en el seno mismo de la actividad universitaria: el aula. En consecuencia, los profesores se ven obligados a toamar dos caminos: inventar la rueda cada año o repetirse incansablemente, atados para siempre a un haz de prejuicios heredados.

Cuando no hay una lingua franca que permita la interlocución crítica, cada uno de los miembros de la comunidad académica ha de verse confinado a una insularidad perpetua. Esta es la tragedia de nuestro tiempo, algo que ciertamente se expande fuera de los dominios de la reflexión formal que se realiza en las universidades y centros de investigación; baste observar cómo en la plaza pública virtual los usuarios suelen verse confinados a una “cámara de ecos” que los contiene y determina. Esto es realmente paradójico: en un tiempo como este en que se busca desesperadamente la diferencia, el resultado ha sido la uniformidad confinada a guetos informativos donde el pensamiento unívoco se duplica incansablemente.

Recuperar el sentido para nuestra profesión no es, como alguna vez me señaló un colega, algo receloso de mis ideas, “querer volver a un mundo que ya no es”. No busco hacer arqueología del conocimiento para reanimar momias conceptuales o ideas fosilizadas; en nada de lo que he escrito hasta aquí se puede encontrar algo que avale semejante disparate. De lo que hablo es de acotar la dispersión, de hacer pausa, de limitar prudentemente la diferencia para evitar que se vuelve un puro equívoco, y lo que es peor, terminar construyendo discurso en torno a la más absoluta nada. Es absurdo. Si insisto en el pasado es porque, lo aceptemos o no, pertenecemos a una tradición, y solo desde esa aceptación será posible evolucionar, cambiar, transformarnos. La voluntad de ejercer con libertad una práctica académica e intelectual realmente contemporánea debe ser la consecuencia de un reconocimiento profundo de un flujo histórico-reflexivo que nos ha arrojado a estas playas. Solo es posible ejercer la crítica, la reconstrucción y la actualización plena de un orden de ideas desde su interior. Nuestra libertad de acción ¾y aun la de nuestro pensamiento¾ se encuentra parcialmente determinada por los formalismos intelectuales que hemos heredado.

Somos ahora mismo unos insensatos. Quiero decir con esto que hemos abandonado la conciencia y nos movemos, como es muy fácil de comprobar en la práctica académica diaria, empujados por una inercia de pensamiento, por automatismos que disminuyen nuestro agobio reflexivo y, esto también hay que decirlo, por la inercia sonámbula del funcionariado. No es que no nos percatemos de ello, pero el día a día, las obligaciones laborales y familiares, la vida que va, todo eso nos distrae: nos hemos vuelto invisibles para nosotros mismos. Recuperar la sensatez ha de ser volver a ver, detenernos, reflexionar en torno a lo que hacemos, a cómo lo hacemos y por qué lo hacemos. Hay una identificación grande entre lo que somos y lo que hacemos. La ontología del texto y la ontología del ser se unen en el oficio de pensar y poner por escrito lo que se piensa; es menester encender la luz cuando se escribe porque la página es siempre espejo.

Quiero terminar con una pincelada moral: recuperar el sentido es reconocer nuestras limitaciones. Creo que desde la aceptación de nuestras muy grandes carencias es posible sensibilizar (dar sentido) nuestra práctica; por otro lado y desde un punto de vista meramente pragmático, esta verdad asumida impide nuestra dispersión. No son pocos los talentos que no alcanzan a cuajar plenamente porque los agobia el peso del mundo como experiencia radicalmente heterogénea. El dicho popular afirma que: “El que mucho abarca poco aprieta”, y en el caso de nuestro oficio no es menos verdad tal aserto. No concibo otra forma de reflexión que no sea la del especialista; hablo de quien se aboca a trabajar su parcela, pero que por ese hecho no desconoce que su pequeño mundo forma parte de una realidad mayor que lo supera. El trabajo colegiado, la interlocución y el encuentro con los colegas permite que seamos conscientes de esos otros mundos. Solo así podremos aprender con humildad necesaria sobre lo que otros expertos, como nosotros mismos hemos de serlo, tejer redes de conocimiento auténtico, es decir, trascendente. Es la meta.

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