La indefensión aprendida

Indefension aprendida.jpgA últimas fechas, en los medios de comunicación aparecen con frecuencia voces que nos alertan de una cada vez más imperante cultura del victimismo. No siempre las críticas son justas, en ocasiones son meras caricaturas, expresiones grotescas de quienes se asumen a sí mismos como personas fuertes, capaces de resistir lo que esos otros, los cobardes, no pueden con el peso de la vida. La verdad es que la realidad no es de esa manera, nunca lo es; es decir, nunca es tan sencillo comprender el mundo que nos rodea. Es preciso un esfuerzo de discernimiento, que es lo que voy desarrollando en este ensayo.

Por indefensión aprendida hemos de entender una actitud personal, es decir, subjetiva, que consiste en afrontar el mundo de una manera pasiva, a pesar de que evidentemente existan caminos de crecimiento y de superación de los conflictos que nos inviten a recorrerlos. El pasivo, el cobarde, para decirlo claramente, es aquella persona que hace gala de enormes recursos imaginativos y verbales con tal de evadir su principal responsabilidad, que es la de vivir. La indefensión aprendida es generadora de discurso porque, como he dicho, el inmóvil ha de racionalizar de algún modo su rigidez de cara a los retos del mundo.

En concreto, hablando del culturalismo, es perceptible la fascinación descriptiva que especula y delimita desde una posición de lejanía rendida, como si el hablante hubiera cedido su espacio vital a un ejercicio crítico separado de la voluntad. El indefenso evade el compromiso, no se involucra; está ahí más como un testigo que como un actor (agente, dirían ellos) con un parlamento específico para recitar en el contexto de un drama colectivo que lo involucra y compromete. Como dice el dicho, “los toros se ven mejor desde la barrera”, pero no creo que el oficio académico sea el de permanecer como un espectador de cara al río de eventos del mundo. Esa pasividad, convenenciera y temerosa, es una derrota para la persona y para la profesión.

 Por otro lado, no podemos dejar de lado que la indefensión entraña un carácter sumamente simplista que avanza en camino contrario al de la academia: el mundo dividido entre buenos y malos, entre poderosos e impotentes, entre seres hegemónicos y seres subalternos. Los indefensos, claro está, asumen la postura tramposa de una víctima de simulacro sin más obligación que la denuncia de esos juegos oscuros y sempiternos de un poder obstinado en no dejar de serlo. Los culturalistas alzan su voz meliflua a modo de denuncia, pero sus acusaciones en voz baja no suelen escucharse más allá de la página en que han sido escritas, además en un estilo retorcido, funesto, solo para iniciados.

El título de este apartado apunta a una indefensión que incluye un apellido del que ahora me ocuparé. Se trata de la pedagogía del victimismo, aplicada, hoy en día, con gran éxito en los posgrados norteamericanos: el olvido de los estudios literarios es una mayúscula insensatez que trato de combatir con mis modestos recursos. Pero decía, el mecanismo de la víctima se inserta en la práctica diaria del análisis de los “productos culturales”, se asume como la lengua franca en la que se ha de desenvolver la práctica interpretativa (iba a escribir crítica, pero me parece demasiado). De esta manera, los maestrantes o doctorantes pierden todo vínculo con la tradición a la que pertenecen. Se encierran en el lenguaje de la tribu y asumen los prejuicios de sus mentores como si se tratara de una ley natural.

Mi esperanza consiste en recordar que lo que se aprende se puede desaprender, es decir, se puede cuestionar de manera prudente, con fervor analítico y honestidad intelectual. Un lenguaje sectario y un horizonte de lectura limitado es lo peor que podemos proponer en un aula, especialmente en los tiempos que corren, marcados por una constante difusión de propaganda cuyo objetivo es el de agitar los ánimos de una ficción conspirativa (fantasía conservadora par excellence) llamada “guerra cultural”. La vuelta a la filosofía continental es un imperativo, pero no convoco a una visitación tanto como a una apropiación analógica desde el presente, una apuesta (lo que desarrollaré en la segunda parte de este libro) por la relectura prudente de la epistemología occidental a la luz de las nuevas realidades de la tecnología y la sociedad.

La indefensión aprendida es el temple anímico de una ideología relativista, abigarrada y reduccionista que yo he dado en llamar en este libro como culturalismo. Por temple anímico me refiero a la actitud vital, la disposición y el tono de la persona que ha sido inoculada con una visión necesariamente restringida de la realidad. Estas limitaciones ¾impuestas y asumidas¾ tienen, como ya se ha visto, consecuencias negativas; primero lo evidente, la limitación de un ejercicio crítico de orden plural que problematice de verdad, que indague y busque derroteros alternativos en el examen de la realidad. Lo segundo y menos obvio es que estas prácticas, si se me permite el calificativo, lastimeras, promueven reacciones antagónicas de quienes de un modo oportunista buscan abrir brecha para introducir su agenda conservadora y contraria a los principios liberales que deben con necesidad regir nuestro trabajo. Las críticas feroces que en estos días estamos viendo y que tienen su origen en la extrema derecha son una consecuencia natural, aunque nefasta, de los dogmatismos sectarios implantados en las facultades de artes liberales. La respuesta a esos ataques no debe ser la obstinación dogmática sino la vuelta, como he dicho, a la tradición liberal de una filosofía racional y humana acorde a los principios democráticos de occidente. La autovictimización es una estrategia fallida, un recurso meramente retórico, una simulación que pretende transformar la cara menos amable de la realidad solo con palabras; por otro lado, promover la reclusión identitaria es recular, dar un paso atrás creando un vacío que no tardará en ser ocupado por los seres más abyectos de nuestro mundo. La crítica liberal hacia la academia sectaria de los indefensos es un esfuerzo de recuperación del sentido, de una vía tradicional que permite siempre su rectificación y su renovación constantes. Aquí un aserto que le haría arquear las cejas (y sonreír) al pesimista profesor Steiner: los enemigos de occidente son los enemigos del futuro.

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