¿Qué perdemos?

article_1e0f6fc6-bfed-49ad-bde9-d903b0d51b23Tendríamos que preguntarnos seriamente sobre nuestro oficio académico. Me refiero a que nos encontramos sumidos en la ferocidad de un presente marcado por la obligación de la actividad y que, en consecuencia, repliega a una segunda categoría toda actividad reflexiva o analítica. La imposición del modelo culturalista en el entorno de las humanidades ha tenido consecuencias de todo orden, aunque a mí me interesan, de acuerdo con los objetivos de este ensayo, señalar aquellas que considero perniciosas; al preguntarnos qué es lo que perdemos al perpetuar estas perspectivas teóricas busco indicar aquello que es preciso defender o recuperar; pienso que la primera víctima de esta imposición es el diálogo, que se ve aplastado por la irrupción de un discurso único o hegemónico, como a los propios culturalistas les gustaría decir.

Detrás de todo lo anterior se encuentra una violencia simulada. El abanico de posibilidades culturalistas es, en su conjunto, una estructura monolítica que se cierra sobre sí misma como autoridad definitiva y, por tanto, deslegitimadora de otras voces, sin importar el peso tradicional que estas puedan tener. Es una condición paradójica: puedes ser libre, radicalmente libre, siempre y cuando no transgredas los límites que yo le he impuesto a tu libertad.

La consecuencia de un sistema teórico que ha sido implantado y aceptado de manera extendida es la anulación de la creatividad; no olvidemos que es precisamente la fuerza creadora la que nos empuja hacia adelante para extender los límites del universo conocido. Permanecer bajo el paraguas de un paradigma ampliamente aceptado nos provee de una sensación de confort mental y aun existencial, es verdad, pero esta pasividad es radicalmente opuesta al sentido natural ¾escojo esta palabra deliberadamente¾ de nuestra profesión. Una academia vibrante es aquella en la que coexisten opiniones o lecturas divergentes del mundo y de sus textos; sin esta necesaria tensión de voces el ejercicio académico es solo un membrete bajo el que se ocultan las siempre siniestras intenciones del adoctrinamiento ideológico. Esto se manifiesta con absoluta claridad en las clases; ahí los profesores buscan reproducirse intelectualmente entre sus alumnos, inoculando en ellos sus entusiasmos y sus prejuicios más arraigados. Una auténtica pérdida para todos.

Vivimos los tiempos de una academia utilitaria. Se ha impuesto un dogma doloroso: el camino más corto es el auténtico. La relación entre el sujeto y el texto es de carácter meramente procesal, mientras que el esfuerzo mayúsculo del investigador ha de dirigirse a la difusión de una política más que a la prefiguración crítica de una estética o una ética; la vida de la persona se encuentra acotada por los simulacros discursivos del poder. Todo es consecuencia, como creo haber demostrado con suficiencia, del desmantelamiento paulatino de la metafísica y la resurrección de un nominalismo de carácter instrumental que consigue sostener juicios temporales, superficiales y en ocasiones meramente vistosos de cara a una galería de curiosos con más apetito de entretención que auténtico deseo de conocimiento.

Este pragmatismo nos impide profundizar. Vale con señalar, con acercarnos a la interpretación poniendo más atención a los contextos que a otra cosa, como si la ya remota “intención autoral” hubiera dado paso, muchos años después, a cierta “intención ideológica” que es preciso desentrañar para conocer ya no el sentido de un texto sino su función. La ontología del texto es su utilidad al servicio de una directriz política determinada por núcleos del poder institucional en el contexto de una modernidad diluida hasta la transparencia. ¿Acaso con estas lecturas ha muerto de manera definitiva la nocional de lo “trascendental” según Kant? ¿Será menester, en nombre de la sensatez, acoplarse a los designios de un culturalismo tan ubicuo como reduccionista? No lo creo. En la segunda parte de este libro me dispongo a relanzar una propuesta hermenéutica de carácter analógico teniendo en cuenta la urgencia de su vinculación a unas humanidades sumidas en una profunda crisis.

Esta academia utilitaria que vengo pergeñando comete un solo error del que se deriva una larga lista de consecuencias nefastas. Me refiero a la negación de la realidad; esto sucede de una manera esencialmente funesta: no se niega “de bulto” sino que se reduce deliberadamente, haciendo de la experiencia del mundo una falsificación. La sinécdoque, que consiste en tomar la parte por el todo, funciona a condición de que sepamos que tras la parte existe un todo que se obvia, sí, pero que no se niega. De hecho, esa relación de tensión significativa entre la parte y el todo es esencial para la comprensión del tropo; sin ella estaríamos hablando de una no-relación, es decir, de una imposición arbitraria que lejos de ayudar a la comprensión, imposibilita la comunicación y abiertamente abona a las causas de la locura. Este pacto tácito entre personas es fundamental para la comunicación y aun para el pensamiento.

Estamos contemplando la destrucción de la filosofía como suelo común sobre el cual tradicionalmente había sido erguido el edificio de las humanidades. La aparición del imperio de la “teoría”, como acertadamente le llama Wilfrido H. Corral, ha terminado por atomizar no solo un saber sino, ante todo, una disposición vital de cara a la experiencia de lo real. No hablo de un racionalismo obtuso, que poco suma a las causas de las humanidades, sino de un talante racional aunque intuitivo, afín a una vocación humana por la trascendencia que hasta hace muy poco ¾históricamente hablando¾ no había sido puesto jamás en duda. Sin ese deseo de ir más allá, de construir universalidades habitables, el oficio del humanista pierde todo sentido y pertinencia. Las facultades se ven pobladas entonces por legiones de simplistas, operarios de un sistema de coloridas simulaciones que se fincan en un dogma sumamente arraigado: el mundo es un gran relato. Como han pasado su vida con la nariz metida en los mismos libros, han terminado por creer que la realidad es sencillamente lo que se dice que es y no lo que es: la palabra ha suplantado al acto.

Sobre nosotros hay un trono y en él el emperador de los equívocos. El fomento relativista del discurso produce vértigo y no conduce a ningún lado porque se ha arrebatado a sí mismo toda posibilidad de dirección o búsqueda específicos: nos hemos perdido voluntariamente en los dominios de una larga noche.

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