El populismo

Imagen-Hamelin-001-820x385En un amplio sector de la academia humanista impera un ánimo correctivo muy cercano a lo que se ha dado en llamar activismo. A mi juicio esto es ampliamente perjudicial, pues distrae al investigador, lo dirige necesariamente hacia un universo reducido y limitado. Se ha vuelto un intruso, alguien que desea participar de aquella realidad que lo interpela y que tiene por deber interpretar, analizar, sistematizar conceptualmente. Esto trasciende los límites de la página y penetra el mundo de la práctica docente; no es raro encontrarnos con un hecho desastroso, el de los profesores que han hecho de su salón de clases un púlpito desde el que alientan a sus jóvenes estudiantes en la defensa de unas minorías cada vez más atomizadas e indefinibles.

Este compromiso implica muchas degeneraciones, entre ellas una que he venido denunciando en estas páginas: la redundancia. El culturalista busca la novedad, pero solo en la apariencia; en lo que corresponde al despliegue de esfuerzos interpretativos siempre apunta a la misma dirección: la antigua pugna entre opresores y oprimidos. Les fascina la idea de la desigualdad, la que presentan como una aberración que debe ser solucionada gracias a la intervención de los políticos y de la sociedad civil organizada en torno al fuego justiciero que ellos mismos alientan desde sus oficinas profesorales. Hay un sentido histórico, aunque sea solamente retórico, una mera representación.

Hoy en día existe una palabra con la que no estoy del todo de acuerdo pero que busca definir estas actitudes gazmoñas: buenismo. Digo que no estoy de acuerdo porque creo que efectivamente tenemos el deber de buscar la bondad y la justicia, pero nunca a costa de la inteligencia; tratar de imponerle al mundo un orden necesario desde la retórica es tan fútil como querer contener los vientos en una jaula. El buenismo es, pues, como he dicho, gazmoñería (que es una palabra que casi nadie utiliza), pura afectación que, como toda mojigatería, termina por ser una dolorosa limitación.

Estamos atestiguando el fortalecimiento del populismo académico. Esto puede verse en la vigencia predominante de un discurso profundamente emocional; el peso de una retórica sentimental puede ciertamente embellecer trágicamente un texto al empaparlo de patetismo, pero al mismo tiempo lo empañará, lo volverá oscuro a la razón que busque comprender lo que se dice más allá de la muralla de los signos. Y he aquí el quid del asunto, la textualidad se ha vuelto más importante, como en el arte literario, que aquello que a través de ella se dice. Para mí resulta evidente que un estilo claro, directo, es el más valioso indicador de un esfuerzo intelectual serio por comprender desde la razón sintiente que somos todos. Nada me resulta más repulsivo que las gesticulaciones retóricas.

Como consecuencia de lo anterior, es decir, de un robustecimiento del discurso emocional, se aprecia un menoscabo de toda racionalidad. En términos filosóficos podríamos decir que estamos presenciando un aplastamiento de la ontología o metafísica, todo a favor de una sensualidad frívola que busca conmover más que convencer: es el mundo de los oprimidos en espera de la insurrección de una resistencia ilustrada pero sensible a las injusticias; claro está, el culturalista ha de verse como ese ser educado que renuncia a los privilegios de su élite para enfangarse en las faenas de la lucha ética. Todo esto es una impostura, pero les provee de una vestimenta digna que ponerse encima y, sobre todo, los exime de avocarse a las tareas encarnizadas del pensamiento crítico, donde hay mucho padecimiento y poco glamour.

No hay nada nuevo bajo el sol: se trata del viejo maniqueísmo. Para implantarlo deben necesariamente hacer trampa transfigurando la realidad, siempre compleja, y reduciendo la experiencia humana del mundo a un tablero de ajedrez donde la noche y el día se entretienen en sus pugnas infinitas. Esto les basta como escenario para sus reflexiones repetitivas y cansinas; a estos juegos de simulación se dedican malgastando su tiempo vital y los escasos recursos materiales que suelen mantener difícilmente en pie las academias del humanismo.

El culturalista posee los atributos de un histrión. Lo que en el estilo es grandilocuencia, en el performance es inflamación; de todo lo anterior se derivan textos opacos y, sobre todo esto, una interlocución que no es otra cosa más que un simulacro. No existe una verdadera disposición de apertura, como pedía Gadamer, al diálogo radicalmente honesto en el que uno puede percatarse sin rubores de que aquello que considerábamos verídico no era sino ilusión: una de las más poderosas señas de identidad del culturalismo es su obcecación.

¿No existe el diálogo en la academia actual? Bueno, existe como simulación o práctica coreográfica y, claro está, sucede siempre entre gente que comparte el mismo horizonte. No he conocido a una sola persona con la que haya conversado que haya sido capaz de conceder un poco, por muy poco que fuera, frente a mis argumentos: es un encuentro de sordos que tienen el deseo de hacer todo el ruido posible, sin compromiso y sin afán de construir nada. Son parte de una secta de tejedores de sombras.

El oficio de la academia dejó de ser una serie de técnicas y teorías, es decir, de prácticas dirigidas a la consecución de un fin; no existe una meta más allá de la perduración de un ser para sí mismo que se repite a tal velocidad que genera la ilusión de la inmovilidad pétrea. Por eso es que las críticas que desde el mundo de la ciencia se le han hecho, en ocasiones como franco desenmascaramiento, son más que justificadas y necesarias: donde no hay autocrítica la crítica es el antibiótico que cura las infecciones de ceguera, obstinación y renuncia a la razón. No es extraño que el culturalismo se defienda dando puñetazos: los enfermos, cuando son pequeños e inconscientes, se resisten ¾si es preciso con violencia¾ a tomar su medicamento.

Es hora de airear la casa, de abrir puertas y ventanas para que la luz de la vida entre y nos empuje a la acción que nos compete y que más se impone en estos tiempos de abatimiento y desconcierto intelectual: la comprensión.

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