Muertos que respiran

El domingo, me parece, la secretaría de bienestar publicó (y después borró) un tuit en el que, en una suerte de simulacro de juicio final, se separa a los justos de los proscritos. Se mencionaban cinco puntos como cinco síntomas de la abyección: los que los padecemos simplemente no queremos el bienestar. El punto número tres llamó mi atención enseguida porque yo no vivo en México desde hace mucho tiempo, pero también porque evidenciaba una monstruosidad ética solo atribuible a los colectivistas: el predominio del Estado por encima del individuo. Buscar una mejor vida es abominación si es que trasgredes los límites que desde el poder público se te han impuesto; en este caso es la geografía bruta, pero las cercas electrificadas de la sujeción ideológica son múltiples, como el propio documento, manipulador y perverso, lo confirma.

Este guiño dictatorial me hizo recordar una vivencia personal. Hace algunos años acompañé a un grupo de estudiantes de Pensilvania a Puebla, donde estudiaron durante seis semanas. Una de las últimas actividades consistía en ir a una telesecundaria llamada Netzahualcóyotl,  localizada en Yohualichan, al norte de ese estado, muy cerca de la frontera con Veracruz, para llevar una donación de material didáctico. Pues bien, ahí pudimos convivir con gente muy pobre, auténticos miserables: las historias de terror que me contaban los heroicos profesores que trabajaban en ese lugar me pusieron los pelos de punta. La directora, de nombre Norma Viveros, daba muestras de ser una mujer sensible pero no sentimental: la crónica que me hizo bajo una ramada daba muestra de una inteligencia forjada en el contacto directo con aquellas duras realidades. No recibían ayuda de nadie, salvo de una ONG francesa que promovía el acceso a internet basándose en no sé que complicadas tecnologías satelitales: los franceses entendían que conectar a los más marginales del mundo al internet es el reconocimiento efectivo de un derecho humano y una posibilidad de ampliación de la experiencia del mundo para ellos. Pues bien, al verme conmovido con todo aquello, la directora me dijo algo que no olvidaré jamás y que me explicó muchas cosas de este mundo material en el que vivimos: “Esos niños que ve, profesor, más que la comida que se les dona, necesitan algo mucho más difícil de conseguir: autoestima. No son tontos y se dan cuenta dónde han nacido y lo que les espera. ¿Cómo cree que se vive cuando uno sabe muy bien que el juego está perdido antes de empezar?” Lo que me estaba diciendo es que aquellos niños que yo veía jugando futbol con mis alumnos en una canchita de tierra, estaban ya muertos, pero no se habían dado cuenta. El sistema los había hecho nacer siervos y así se irían a la tumba, sin una sola oportunidad de tirar a gol para probar su fe y su talento. Nada.

Resumiendo: la gente necesita oportunidades no limosnas. El gobierno actual, autoproclamado providente justiciero, está consolidando un sistema de niños muertos que respiran, de ganado electoral, de rehenes de una confesión ideológica fincada en la intolerancia típica del pensamiento unívoco y que es incapaz de reconocer una sociedad diversa como la actual: conmigo o contra mí, como suelen afirmar todos los déspotas, todos los infames. Uno de los niños de mi historia se llamaba Ricardo, muy inteligente y despierto; quería ser actor y tenía éxito con las niñas, me confesó con un tono de dulcísima arrogancia. Me dijo además que en un festivalito de fin de curso había actuado algo de Lorca y había declamado unos poemas modernistas. Era perfectamente bilingüe y estuvimos jugando un rato haciendo un minidiccionario náhuatl- español-inglés. Ese niño debería ser agente de sí mismo, hombre libre con el derecho a buscar un mejor nivel económico y cultural en Yohualichan o en donde se le pegue la real gana, sin que los gobiernos populistas y demagógicos se lo impidan en nombre de un nacionalismo fétido o de lo que fuera. Como tú y como yo, ese niño sueña y desea, y debería sentir que pertenece a un mundo de horizontes infinitos.

 Maldita sea, esta gente enloquecida es el recurrente carcinoma de la historia. Toca hablar, toca resistir.

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