Mercantilismo académico

grade-a-plusEl capitalismo parece ser el único aire en el que respirar ahora mismo. Todo lo que hacemos está determinado, hasta cierto punto, por un sistema de producción que se acelera y proyecta hacia el futuro con ferocidad hambrienta; pareciera que no hay posibilidad de pausa o renuncia: nuestro destino, así lo parece, será devorarnos los unos a los otros. Todo esto se señala desde los púlpitos profesorales; sin embargo, la academia encarna lo mismo que denuncia. Una mirada, así fuera descuidada, nos mostraría la pervivencia de todas estas condiciones en el interior del gremio universitario. Esta es la gran paradoja: en las universidades se replica ese modelo que desde ahí se critica, aunque siempre señalando el mundo exterior, jamás hacia sí mismo.

Me estoy refiriendo a una visión de mundo concentrada en un afán de producción y notoriedad. Todo debe ser hecho en virtud de un bien calculado retorno de inversión que no puede pasarse por alto: lo que no es viable desde el punto de vista financiero, entonces no ha de ejecutarse. Como las humanidades son esencialmente inviables, los que se desempeñan en su interior se han visto en la necesidad de realizar grandes contorsiones con tal de promover matrimonios inconvenientes con otras disciplinas, todo con el deseo de introducir, casi de contrabando, la idea de que el mundo y sus textos deben ser pensados. Hay un dogma nefasto que merodea por estos pasillos: solo existe lo que se ve.

Así es el sistema de “producción” de pensamiento o la industria de la cita. Se echa mano de la tecnología para montar un discurso que gire sobre sí mismo, como los perros enloquecidos que persiguen su propia cola, pero que sea vistoso, que llame la atención como los productos de colores que se colocan de modo estratégico en los escaparates. Si la modernidad apelaba a una necesidad de proyectar la experiencia humana hacia el futuro, la posmodernidad se empeña en girar en redondo, reproduciendo el ciclo de consumo bulímico: devorar para vomitar y devorar nuevamente. Esto genera una falta natural de compromiso, de convicciones o certezas, como esas que tuvieron los ideólogos. Vivimos rodeados de un ambiente volátil e incierto en el que todo ha de decirse como si no fuera a permanecer cinco segundos en el aire.

Por ello es que las obras académicas actuales acusan un empobrecimiento verbal notable. En muchas ocasiones este se manifiesta a través de un lenguaje inflamado que nada dice, que se retuerce de manera grandilocuente y sobre todo tramposa. Lo que llama mi atención es la absoluta indiferencia que encuentro a mi paso sobre este tema tan importante: evaden el estilo claro porque saben muy bien desnudaría la insignificancia que los envuelve. No me canso de decir esto: no se sientan mal si no entienden lo que muchos profesores hoy en día escriben. No están diciendo nada y lo mejor que pueden hacer es mantenerse lejos de todo ese ruido.

Como la producción académica está vinculada por necesidad al volumen, los investigadores se ven en la necesidad de reciclarse a sí mismos para poder cubrir las cuotas de presencia que el sistema les impone. La consecuencia natural de esto es la frivolidad o superficialidad de sus trabajos. Se trata de un reduccionismo doloroso que renuncia al esfuerzo, al natural padecimiento que debe experimentar quien aspira a la erudición y el conocimiento profundo de su campo de estudio. Como es fácil imaginar, esto es poco “vendible”, por eso la práctica misma del oficio académico ha debido revestirse de algo que no es consubstancial a las tareas del experto en materias humanísticas.

Una y otra vez los novelistas dicen que la novela puede ser todo, menos aburrida. Esto es mentira, pero lo siguen diciendo. Pues bien, esta fobia al aburrimiento parece haber permeado también, como condición posmoderna que es, el espacio de la universidad. El desarrollo culturalista original consistía primordialmente en el análisis de productos de la cultura popular, lo que ocasionó un efecto de novedad y de cierto entusiasmo, lo que propició una rápida difusión de sus prácticas. Aparecía de pronto en el horizonte una revolución radical, una ruptura con la academia como institución monolítica, unívoca, plenipotenciaria y elitista. Por primera vez el profesor dejaba de ser el hombre barbado y sapiente; ahora vestía jeans y chaquetas coloridas, hablaba en un tono coloquial y se interesaba por todo y por todos. Un parricidio en toda regla.

En este mundo businesslike, el académico se vincula socialmente con sus pares formando un network. Como hemos visto, los círculos de estudio y meditación en torno a las materias comunes han prácticamente desaparecido del mapa: la interlocución es una antigualla de la que quedan acaso algunos vestigios en los márgenes del espectro académico o en arcaicos testimonios escritos, pero nada más. Simplemente no hay tiempo para ello. Los profesores se encuentran en sus coloquios y conferencias, intercambian tarjetas de presentación, escuchan dos o tres ponencias y regresan a su casa. Han cumplido. Hay colaboraciones, ciertamente, pero, como digo, dirigidas a un fin concreto: la producción de algo visible. La discusión gratuita va en contra de los intereses pragmáticos del oficio. No hay tiempo que perder: hay que escribir algo, pronto, lo que sea.

Un mecanismo que auxilia en este sistema mercantilizado de la academia es el de la compartimentalización de los intereses; se trata de un sistema de etiquetas que recorta la realidad en prácticas interpretativas especializadas. Es como una comunidad de guetos reacios a la universalización; son grupos impermeables que se obsesionan con la particularidad como mecanismo reductor de lo complejo. Siguiendo con la jerga mercantil tendríamos que hablar de nichos del pensamiento. Se produce y se consume dentro de estos departamentos estancos. Si antes he hablado de enjambres para referirme a las facultades de humanidades, ahora se me ocurre una metáfora pecuaria que apunta en el mismo sentido: la granja.

Para todo esto hay una razón que habrá quedado ya clara: la ineficiencia es un pecado mortal. Con esto quiero decir que un profesor no puede estar cinco años detenido en un proyecto, salvo en casos rarísimos, de auténticas “vacas sagradas” que se han ganado el privilegio del tiempo y la libertad. La mayoría de los investigadores deben dividirse entre las responsabilidades colegiadas (eufemismo de burocracia), las horas frente a grupo (cada vez más abundantes) y la urgencia de la publicación. Se entenderá, pues, lo que ocurre hoy en día: la normalización de la mediocridad y la fruslería.

Muchas noches me duermo pensando en todo esto tratando de imaginar una salida. Tengo que reconocer que hasta el día de hoy el sueño me alcanza antes que las soluciones.

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