¿Cultura o imaginación?

imaginaciónTenemos que partir de una idea clara: el conocimiento es posible. Digo esto porque el dogma actual, que los más osados llaman de estirpe nietzscheana, establece que la experiencia del mundo consiste en un juego de interpretaciones infinitas, algo así como una danza de espejos y máscaras. Se escuchan estas cosas en la academia porque se trata de un mundo aparte, algo así como un invernadero en el que es posible decir lo que sea sin que aquello que se ha dicho conozca jamás sus consecuencias. Hay libertad de pensamiento, y eso está muy bien, pero escasamente existe la responsabilidad intelectual que debería irle aparejada: nuestro compromiso es con el pensamiento, no con la fantasía. No dejo de reconocer lo atractivo que puede ser un discurso desatado sin más límite que la propia potencia vital de quien lo emite; de hecho, la literatura se nutre de ello, pero esto no le conviene en modo alguno al pensamiento sistemático y organizado que supone la institución universitaria.

Pocas víctimas tan socorridas por los culturistas como la tradición. Escapan en la medida de lo posible de entronizar a los popes de su movimiento porque no quieren incurrir, como es natural, en las mismas torpezas que ellos señalan en la tradición intelectual de occidente; eso es imposible por una razón evidente: el ser humano pertenece a una comunidad que encarna y preserva la experiencia previa. Si no fuera de este modo, cada ser humano que nace se vería en la necesidad de inventar nuevamente la rueda. El caso es que, en ese afán de acotar el conocimiento a los feudos de la experiencia personal, los culturalistas han abolido la tradición, olvidándose de que todo conocimiento es transhistórico, es decir, es capaz de formalizarse a través de una selección intergeneracional que cuida y preserva aquellos saberes que considera valiosos, mientras se desembaraza de aquellos otros que se tornan superados u obsoletos.

La renuncia al conocimiento es el olvido de la libertad. La comunidad humana se emancipa de sus prejuicios en la medida en que los pone a prueba en la experiencia de “lectura” del mundo; sin esta aproximación inteligente, volitiva e interpretativa de la realidad, la vida humana se ve confinada en un circuito de repeticiones infames que dañan el espíritu naturalmente ansioso por conocer. No daré más vueltas: ¿qué sentido tendría la institución universitaria donde se han roto a martillazos las estructuras fundamentales del conocimiento? No creo que sea posible, claramente, pero en el mundo de las humanidades existe ese afán por creer en la posibilidad de la aniquilación definitiva del canon. Ese abatimiento intelectual es profundamente nocivo porque, además de producir textos execrables, condena a los más jóvenes a una profesión sin esperanzas.

Los culturalistas son adictos a la duda. Han hecho de la vacilación perpetua la zona de confort desde la que profetizan un tiempo perpetuamente oscuro, un mundo posrracional en el que no existe misión más elevada que el combatir el tedio que nos ha dejado el fracaso de todas las revoluciones. Sospechan, como he dicho, de todo asomo de autoridad y escriben casi con culpa, como queriendo evadir la natural responsabilidad implícita en todo acto de escritura.

Hay algo que los atrapa: las fuerzas de la vida. De esto se deriva el atractivo que indudablemente poseen; sobre todo cuando uno es muy joven, una invitación a la vida ha de ser siempre irrechazable. De ahí su hiperactividad y su capacidad de marcar el mundo que los rodea; basta echar una mirada, así fuera somera, a las expresiones del espacio de reflexión culturalista para observar esa voluptuosidad y ese vértigo de colores. Todo ha de ser movimiento, búsqueda, exploración y sonoridad. El culturalismo es el sandbox de la academia.

La sospecha de la autoridad tiene una contraparte obvia: la reconquista de la adolescencia. El culturalismo recupera, como habrá quedado demostrado con suficiencia, el talante iconoclasta, irreverente y contradictorio de los adolescentes. Nada resultará más repelente para muchos de los más conspicuos representantes de los estudios culturales que la búsqueda de la maduración. Tampoco se trata de la candidez, no se me malinterprete, sino de esa hermosa mezcla de potencia, curiosidad y desparpajo que suele caracterizar a quienes habiendo abandonado la infancia aún no se aposentan plenamente en los dominios de la adultez. Recordemos que se trata de la búsqueda de la vitalidad, el punto intermedio entre el orgasmo y el rigor mortis.

Hace tiempo que tengo muchas ganas de decir esto: los estudios culturales son una hermenéutica vacía. Lo son porque obedecen a la apuesta derridiana de la muerte metafísica. No se trata de una metodología o procedimiento formal cuya finalidad sea la traducción de un sentido correlativo al signo: el culturalista quiere encarnar el ideal de la unión del sujeto y el mundo natural. En el fondo su ideal es noble, aunque imposible: la comunión. Todo esto desemboca por necesidad en un nihilismo no desgarrado.

¿Qué idea de cultura tienen los estudios culturales? Ciertamente no se corresponde con el ideal moderno, que entraña sofisticación, elitismo, erudición y conocimiento profuso de la historia y las artes en el mundo occidental. La cultura para ellos trata más bien de lo siguiente: una infinita cadena de significados montada sobre un mecanismo de producción y difusión ultracapitalista; por ello su obsesión con las estrategias del poder, porque suponen que el mundo es solo una pugna entre amos y subordinados. Para los culturalistas el espacio cultural es el de la dominación y la resistencia. Han abandonado toda ontología y buscan discernir el imagos de ese tardo-capitalismo que se reproduce y disemina en un sistema reticular de prosumers insaciables. La imaginación, hay que reconocerlo, nunca tuvo defensores más ardientes.

Si la imaginación ha sido entronizada, la representación simbólica ha sido condenada, como todo ente que se trasciende a sí mismo, a vivir en la ignominia de las catacumbas. No hay nada que comunicar que vaya más allá del signo que lo contiene. No hay diálogo posible, no hay comunicación ni coalición entre inteligencia y mundo: el sentido en su connotación de procedimiento lógico o dirección ha sido suplantado de manera absoluta por la acepción sensual, sensorial o fisiológica que ciertamente ha contenido desde siempre dicha palabra. El único sentido posible ahora mismo parece ser el de la experiencia del cuerpo: acabada la sensación, acabada toda historia, acabada también la última esperanza.

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