El mito de la irracionalidad

obes-01La modernidad ha sido el derrotero del logos, el camino de una racionalidad centralizada y erguida que permitió el establecimiento de un pensamiento cuya función principal era la de escindir, la de establecer categorías de verdad o falsedad, de bondad o sordidez, de realidad o fantasía. Este ordenamiento existencial que debe remontarnos al origen mismo de la filosofía, se consolida como proyecto en el siglo XVIII y desde ese momento ha servido de “mapa del tesoro” para la práctica política o intelectual, empresarial o religiosa, es decir, para la vida civilizada. La razón ha sido durante muchos años el único aire en el que era posible respirar.

La reacción posmoderna es sintomática porque apunta al pathos de un orden de cosas que la modernidad propuso como inamovibles: la dispersión dinámica de las prácticas posmodernas es una clara señal de la fascinación por la fluidez y el vértigo que, a mi juicio, impera todavía. Desde este punto de vista resulta comprensible la atomización de saberes que ha desembocado en el culturalismo, contra quien he dirigido en este ensayo todas mis críticas; si la rigidez de un logos despótico era la enfermedad, la fiebre posmoderna tiene el carácter terapéutico que busca la corrección de los desvíos más que la aniquilación del organismo. En ese sentido es que deseo apoyar desde mi práctica académica personal.

¿Cuál es la salida de este entrampamiento ontológico? Pienso que necesariamente ha de pasar por un desarrollo ético de carácter prudencial, lo que desarrollaré en la segunda parte de este ensayo. Es necesario, me lo parece, superar la fascinación vitalista de raigambre emotiva que moviliza muchos esfuerzos intelectuales y políticos contemporáneos; no es casualidad el fervor reivindicativo que ha poblado millones de páginas que nadie lee. Lo que se ha dado en llamar “corrección política” no es sino un esfuerzo de contener la violencia ontológica, es decir, el desplante de un aserto que se asume a sí mismo como verdadero; sin embargo, no creo que ese sea el camino porque abre la puerta a más y mayores males de los que pretende aliviar. No se destruye una amenaza metiéndola bajo la cama sino comprendiéndola y atacándola con el instrumental de una crítica situada en alguien, es decir, encarnada. Conviene no olvidar que los grandes desvíos de la razón obedecen a la obcecación metafísica. A eso me refiero cuando hablo de ética y prudencia o, para decirlo en términos aristotélicos, de virtud.

Como he dicho recién, la posmodernidad es una reacción. El culturalismo es propio de este movimiento ecléctico y de bordes difusos; hablo de él en concreto porque me parece que es su formalización más evidente en el entorno académico. Frente a la apuesta posmoderna es fácil identificar tres perfiles: la estructura, la verdad y la ontología. El rigor esclerótico de una visión funcional y orgánica de la realidad ocasionó una pasión enloquecida por las dislocaciones: la movilidad vertiginosa de las piezas y de ser posible su destrucción. Frente a la univocidad, la posmodernidad optó por el doble opuesto: el equívoco. Pocas cosas ocasionarían a un culturalista tanto desasosiego como verse en la necesidad de afirmar algo de manera rotunda; un análisis, así fuera meramente superficial del lenguaje utilizado por este gremio, nos permitiría identificar los subterfugios lingüísticos a los que deben echar mano para evitar sugerir siquiera que en sus divagaciones han sido capaces de asir algo, por pequeño e insignificante que fuera. Por último, a la violencia ontológica ejercida en el día a día, como lectura del mundo, ofrecen una serie de acciones políticas consistentes en la disolución y la promoción de “otros racionalismos”; de lo que hablan esencialmente es de desmontar las inercias de occidente en virtud de una recreación localista y folclórica de la vida. Esto es peligroso porque entraña el riesgo de, como he dicho, matar al paciente; si bien es cierto los presupuestos vitales de occidente entrañan desvíos autoritarios, no menos verdadero es que han construido los basamentos sobre los que se yerguen ahora sus más feroces detractores. Personalmente asumo que uno de los legados más importantes del proyecto ilustrado es el de la crítica y la semilla de libertad que encierra.

Al hablar de prudencia estoy hablando de proporción, lo que entraña necesariamente el uso de la razón análoga. Esta capacidad de vinculación entre elementos diversos abre la posibilidad de un juicio que cumpla con dos virtudes esenciales al pensamiento formal: verdad y pluralidad; la veracidad entraña el carácter argumentativo que permite los acuerdos, mientras que la pluralidad abre las puertas a la distinción de la diferencia, sin la cual toda experiencia del mundo sería necesariamente una falsificación. Comprender esto es afiliarse al proyecto ilustrado, como señalara Habermas, en un sentido restringido, pero también entraña la defensa de un proceso histórico e intelectual más amplio y al que indudablemente pertenecemos: la civilización occidental.

Hablar de racionalidades alternativas involucra reconocer alteridades, es verdad, pero también comuniones; ahí donde todo es diferencia no tiene sentido alguno seguir hablando de academia, aunque no me es ajeno que ciertas personas se atreven a ello, llenando páginas y páginas de nada y, lo que es peor, alimentando las calderas de la locura. Yo prefiero hablar de una racionalidad encarnada, histórica, vinculada por necesidad a las circunstancias, al accidente, pero atada, así fuera débilmente, al tronco firme de la tradición. Sin esta vinculación con la inercia de la historia, que es el río revuelto en el que se forjan las ideas, no hay racionalidad posible. Así nos va.

Vivimos tiempos duros, de prueba y resistencia. No es exagerado señalar que esta coyuntura política (escribo esto en 2018) deriva de la destrucción de una plataforma de acción común. Pongamos un ejemplo: el auge de la llamada “posverdad”, que no es otra cosa que la mentira al servicio de la propaganda, que se remonta nada más y nada menos que hasta Darío I, por decir algo, tiene consecuencias funestas en la vida de muchísimas personas que se ven adoctrinadas por quien sea que controle los medios de difusión de la mentira. Permanecer indiferentes a este despropósito es condenar nuestra civilización al deterioro prematuro, si no es que a su completa destrucción. Defender la verosimilitud, la congruencia y la correspondencia entre hechos y palabras es un altísimo deber en el camino a la consolidación de una sociedad más justa. No es válido para ningún intelectual permanecer ahora mismo atrapado en su burbuja, agarrado a la ilusión de una seguridad que ya no es y que quizá nunca haya sido como él cándidamente lo imagina.

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