El funcionario

IMG_2429Nací un día como hoy de hace 43 años y desde entonces he tenido una vida la mar de feliz. Eso no me envanece porque, como resulta claro para todos, mi felicidad se la debo a los demás y no a mí mismo, que soy absolutamente inaguantable. Hay algo que sí me enorgullece, y es que mi vida además de feliz ha sido interesante, por lo menos para mí, que soy quien la vive a sorbos diarios, con mis libros y mi exilio americano, mi frío eterno, mis cielos nublados y mis lagos, mis alumnos y mis largas caminatas por el bosque, mis arduos paseos en bicicleta, mi familia de tres humanos, mis horas y horas de escribir páginas que he aprendido a destruir sin remordimiento. Es todo, pero para mí ese todo, que para muchos sería muy poco, es demasiado. No pido más. Necesitaría otras tres vidas para cubrir tanto y tan a diario, con tanta pasión y tanto apetito: antes de que salga el sol ya estoy viviendo, yendo por todos los cuartos de esta casa, rodeado de un oscuro silencio hasta llegar a mi escritorio y descubrir ahí la felicidad de estar vivo y pensar, y soñar sobre una página a sorbos de café y pájaros que despiertan conmigo porque el mundo, a pesar de algunos grandísimos cabrones que lo habitan, sigue siendo bueno, dulce, hospitalario. Es solo eso, las sombras que me cubren, mi rostro atento, iluminado por la luz de esa pantalla donde escribo todas estas telegrafías que nadie contesta y de pronto, como recordatorio del mundo donde vivo, el bramido apenas perceptible de un tren lejano.

Hay días en que pienso que es un privilegio poder hacer lo que amo y me estremezco porque sé que ese pensamiento entraña una verdad dorada: la libertad es el regalo más caro que Dios ha depositado en el corazón de las criaturas. Este privilegio me ha hecho sensible ante quienes viven dominados por los demonios de su mente o los demonios de la historia, que no cesan nunca de intentar encadenarnos: si la vida es milicia es porque el mal es real y su combate una necesidad de hechos y palabras. Somos responsables de esta verdad moral: las sociedades libres no seguirán siendo libres si las personas que las constituyen se desentienden del mantenimiento de esa libertad; y no sé, pero resulta que al pensar en mis rituales domésticos vi con absoluta claridad que todo aquello que los mejores cultores de la democracia han dicho en sus tratados me concierne de un íntimo modo: la libertad no baja de lo alto, se construye desde el polvo que pisamos. Pienso en Whitman y en Paine; en Emerson y Tocqueville; en Popper y Ortega; en Montaigne y Paz, a quien estoy releyendo enteramente en estos días; en Spinoza y Erasmus -el gigante de Europa-; en Thoreau y Jefferson, en Hayek, en Steiner, en Goethe, en todos los poetas que he amado, porque la poesía es respiración verbal, conciencia del poder de las palabras que a su vez son las que dan forma a nuestro espíritu invisible; en fin, pienso sobre todo en las páginas que he sabido apreciar y me han ayudado a nacer día con día durante estas cuatro décadas y tres años míos, pariéndome a mí mismo con el esfuerzo de mi voluntad desde que me arrancaron del vientre de mi madre y no tuve más remedio que gritar y buscar con la terquedad de mis dos pulmones el aire que me ha hecho falta desde entonces. Me engendraron mortal en el corazón del desierto y desde que soy hombre no he dejado de caminar; primero salí rumbo al norte, pero ahora que he aprendido a volar me ha dado por explorar los vértigos de las alturas: desde aquí me veo teclear una larga carta a mí mismo, para que no se me olvide regresar a tiempo, como cada año, para el desayuno. No ha sido fácil esta locura, aunque no me siento especial de ningún modo: cada historia humana tiene algunas raíces profundas, amargas. Es la vida, lo sabemos.

Tengo ganas de luchar, no quiero rendirme, no está en mi sangre todavía la tentación de la renuncia. Entre tantos melindrosos y haraganes me excita salir día con día para ganarme el pan con mis manos y mi cabeza, y mi corazón y mi lengua: cada semana es una apuesta y yo siento que esa heredada voluntad de vivir con honradez y simplicidad me justifica de algún modo. Ahora mismo no me siento deudor de nadie. Si he amado la radical libertad que he buscado desde mis días de infancia es porque no he dado nunca la espalda a las responsabilidades que surgen de mis actos: el precio de la independencia es muy alto, eso es verdad, pero ha de ser siempre justo. Me envanece haber elegido la incertidumbre del peregrino en lugar del confort servil de la costumbre.

Quiero vivir más, con todas las ganas, ardiendo como el fuego que se sabe luz y tiempo. Quiero saber que he vivido al menos un poco antes de que un día estas llamas se vuelvan eco de lo sucedido, silencio puro, ciega nada en la nada. Está bien así, eso quiero, saberme ciudadano de mi hora, efímero habitante de mis carnes pero, sobre todo, feliz funcionario de la hermosa lengua española. ¿Saben qué? Ahora lo tengo más claro que nunca: creo que fue una muy buena idea haber nacido.

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