Un mundo acelerado, una academia sin tiempo

alice02aMe gustaría comenzar hablando de algo que es sumamente importante para la academia culturalista (y de cualquier tipo, claro está): la publicación de textos críticos en lo que se ha dado en llamar “revistas de impacto”. Esta visión necesariamente elitista de nuestra profesión entraña un riesgo claro: cerrar las puertas a una masa de académicos que viéndose impedidos, por falta de calidad o por mera logística, a publicar el resultado de sus investigaciones, diseminen sus textos en un sinfín de revistas (a veces meros portales electrónicos) de escaso rigor; el número de estas publicaciones imprudentes tiende a dispararse, contribuyendo a la proliferación de lo que yo he dado en llamar ruido epistemológico. La propia simplicidad de los procedimientos culturalistas alienta estas llamas, pues no es preciso de un esfuerzo mayor, ni siquiera del factor tiempo para que un profesor medianamente dedicado consiga atizar la hoguera del absurdo. Miles de artículos famélicos y claramente prescindibles generan en sus autores la ilusión de que realmente se encuentran generando nuevo conocimiento. No es así, pero no lo saben.

Como he dicho tanto en este largo ensayo, vivimos en los tiempos de la aceleración extrema. Este síndrome de la velocidad ocasionará necesariamente un perjuicio en todo proceso de creación, que no es producción, como absurdamente insisten los marxistas; la urgencia de la producción nos vuelve ciegos, nos limita enormemente. No conocemos con suficiencia lo que pomposamente llaman el estado de la cuestión porque ese estado ha perdido solidez y la cuestión se ha multiplicado hasta el infinito. Ante esta dispersión propongo, por si acaso no ha quedado claro, la especialización, la limitación y el trabajo arduo del investigador que procede con gran disciplina y una enorme capacidad de resistencia. Un profesor investigador no puede ser un visitante ocasional de bibliotecas, sino un residente permanente; no me da miedo afirmar que sin estos niveles radicales de autoexigencia es imposible fraguar nada que valga un poco la pena.

Por si todo lo anterior fuera poco, el culturalista es afecto, dada su visión profundamente conservadora, a autocensurarse. Existe una lista de tópicos y tratamientos que no pueden violentarse sin pagar las consecuencias del desvío; existe claramente detrás de todo esto una incurable incapacidad de ejercer la autocrítica. Aquí hay algo que me resulta sangrante: se proclaman académicos, pero no están dispuestos a cuestionar, así fuera de un modo superficial, los basamentos teóricos sobre los que montan su discurso. Es un contrasentido mayúsculo. Quien no hace de la crítica el eje organizador de sus ejercicios hermenéuticos no es sino un simple propagandista o un haragán con un título de doctor en el bolsillo.

No creo que exista una comunidad académica. Lo que hay es un conjunto de personas que se vinculan porque laboran en la misma institución, pero nada más, lamentablemente. En mis años como profesor no he visto jamás un cuerpo de docentes vinculados por un afán investigador común; es como si estuvieran entrenados para pensar siempre en solitario. Pienso en los edificios de humanidades como enjambres formados por oficinas o cubiles en los que cada individuo se encuentra laborando calladamente, sin apenas conciencia de un destino común o pertenencia.

Se trata de investigadores agorafóbicos a quienes los anima un prejuicio esencial en la epistemología posmoderna: la imposibilidad de la verdad. Les aterra la idea de afirmar de un modo conclusivo tal o cual cosa sobre un texto que analizan; son auténticos maestros en el arte de desplazarse siempre de modo horizontal en un universo biplano y colateral en el que todo puede ser y no ser al mismo tiempo. El pensamiento débil ya les va pareciendo más fuerte y requieren de desarrollar un discurso menos contencioso. Se trata de un lenguaje que se yergue contra sí mismo, que se desmonta en piezas pequeñísimas como quien busca eliminar todo atisbo de sentido: es un proceder semánticamente patológico. Sus ensayos son cámaras de espejos que se repiten y provocan ese efecto de vértigo caleidoscópico del que se puede sacar muy poco en claro: abundan los neologismos y los términos de autores que escasamente se han leído en sus fuentes originales; en términos saussureanos diríamos que se trata de la división del signo, de la escisión del binomio esencial a los estructuralismos y la implantación de un mero fluir verbal autorreferencial que desconoce el compromiso con esa señora tan vieja y tan terca: la realidad.

Todo lo anterior ha generado una legión de seres dispersos, indisciplinados e incapaces de dirigir sus esfuerzos intelectuales. Son prolíficos porque su formación es pobre; son impacientes porque han dejado de ver en el esfuerzo personal la causa de un destino que se forja lenta y meticulosamente. Estos dispersos renuncian, pues, a la especialización y se lanzan en los mares de la profesión sin otra intención que la de bogar indefinidamente, hasta que les llegue la hora del retiro, supongo. Como eso es debe ser muy aburrido, se han inventado el juego de las asociaciones caprichosas, haciendo de los “productos culturales” un catálogo prácticamente infinito de “objetos de estudio” a los que se les ha de echar uno que otro mordisco superficial. Temen tanto al tedio que se han vuelto prófugos del texto escrito, como los analfabetos que se regodean largamente en los libros que incluyen viñetas.

No quiero ser lapidario, perfectamente sé que se trata de un sistema y solo los tontos, como yo, optamos por nadar contracorriente. Pero entiendo que el actual orden de cosas no puede prolongarse demasiado tiempo; la dispersión y la trivialidad, por no hablar del abandono de la tradición intelectual de occidente, no pueden saciar los enormes apetitos del espíritu humano. La academia no necesita producir más notarios del mundo material como intérpretes acuciosos de la experiencia humana. Sin esta recuperación del giro existencial, nuestro trabajo se vuelve una mera reproducción de receta preconcebidas e inútiles. Yo incluso agregaría algo más: la necesidad imperiosa e inexcusable de una pasión personal por arrojarse al texto con el deseo de ejercer un “cuerpo a cuerpo” que no excluya la carnalidad, es decir, nuestra humana materialidad como vehículo de interpretación. Nuestros sentidos, afianzados en la fisiología (soma), son avenidas de información: esta apuesta, que trasciende la hermeneia puramente filosófica, se me muestra como camino y apuesta de nuestro oficio hoy en día y en los años que vendrán.

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