La renuncia de la vida interior

mundo-240x300El culturalista cree por encima de cualquier cosa en el discurso. Su existencia se monta sobre un decir constante, un flujo de señales que se encuentran con las de sus colegas para formar una retícula de ruido colegiado. No conocen la renuncia y el distanciamiento crítico que se precisa siempre para realizar una hermeneia justa y proporcionada, no les interesa. El asomo de la racionalidad ha de ser visto como una amenaza, como una señal que llega desde el pasado y que, en consecuencia, no debe ser considerada seriamente; recordemos que el ultramoderno académico de las humanidades se alimenta de un pienso efímero: la novedad.

¿Qué dice con su discurso? Es imposible responder de un modo absoluto a esta pregunta, pero sí es posible determinar que existe un suelo común sobre el que se erige ese relato hegemónico en las humanidades contemporáneas: la experiencia del yo. El académico-testigo colabora en la conformación de una efervescencia testimonial que alcanza a tocarlo todo; no es casualidad que sean las etiquetas étnicas las que se hayan adelantado con mayor intensidad, apuntalando un corpus inabarcable y mayoritariamente insulso, más próximo a la arenga política que al ensayo auténticamente reflexivo. Percibo una necesidad contemporánea de confesión personal y colectiva, una vocación inexplicada por hacerse uno mismo el centro de ese universo de significados dispares en el que el todo y la nada, como la verdad y la mentira, se confunden a perpetuidad.

A todo esto yo le llamo la “antropología de la contingencia”. El ser es puro accidente, o mejor dicho, una sucesión de accidentes que se aceleran de manera constante en un proceso de disgregación y abdicación. La persona se ve arrojada al acto en una existencia que parece desconocer la pausa, la duda o la reacción crítica: se vive en la verticalidad descendente de la caída libre. Se ha renunciado a la vida interior, a la capacidad de reconocernos en las galerías de la conciencia y suponer que ahí, en la raíz de nuestras emociones y nuestra inteligencia, nos aguarda el destino principal de todo esfuerzo intelectual. Nuestra época será recordada por entronizar lúdicamente la tontería y hacer de ello una razón suficiente. Nunca como hoy se le temió tanto al tiempo, a la adultez, a la muerte.

Si la existencia, como he dicho recién, es un caer, la vida ¾que es su parte visible¾ es un puro desplazamiento horizontal, un andar en círculos por el mundo de la superficie. Hay una razón detrás de todo esto y tiene que ver con la evolución natural de las ideas: la extinción de la metafísica. El humanista ha renunciado a ser aviador o minero, no anhela alturas ni busca indagar en la roca madre; se encuentra absolutamente seducido por la luminosidad del momento presente y sus posibilidades de recombinación, lo que genera la ilusión de una recreación perpetua. Estamos por primera vez en nuestra historia contemplando una academia eminentemente lúdica.

Me gusta pensar en una imagen muy simple pero que concreta muy bien esto que voy diciendo: el símbolo roto. Es como la mitad de una llave que se descubre de pronto con la novedad radical de que su contraparte no solo es inasible, sino que nunca ha existido: no es casualidad que ahora exista una cruzada contra el pensamiento binario y en un plano más amplio contra todo pensamiento relacional o de correspondencias (esto incluye claramente a la analogía aristotélica). Proponen la pluralidad como individualidad masificada, nunca como comunidad.

He aquí una consecuencia de todo lo anterior: el canon disperso. Tal vez deba dar un paso más allá y hablar de algo incluso más terrorífico, una antología de monólogos que compiten entre sí por posicionarse en un escenario que les permita la visibilidad, así fuera momentánea; de esto se deriva la ruptura de la razón que como bien lo señalara Jürgen Habermas, precisa de una estructura dialógica. De esto se deriva algo más que una teoría: una ética. Para mí es importante llegar a este punto, que considero medular en este discurso que voy tramando: el ejercicio académico, como cualquier actividad humana, requiere de un “deber ser” sin el cual pierde consistencia y se desvanece sin ser capaz de sostenerse en pie como una actividad humana necesaria para el desarrollo de la sociedad. ¿Cómo es posible determinar esa ética que requiere cualquier acción realizada por los seres humanos? En la segunda parte de este libro desarrollo una propuesta analógica que tiene como objetivo único el responder a esa pregunta; sin embargo, creo que es posible, a riesgo de cometer un exceso de simplificación, afirmar que la academia humanista debe asumir la defensa de la pluralidad y el diálogo prudente en el siglo XXI: ser humanista debería implicar asumir la centralidad política, económica y social de la persona. Las humanidades deberían ser el gran escenario del debate en el que surjan las mejores ideas, aquellas que nos ayuden a conocer mejor nuestra experiencia en el mundo.

Atisbo con gran desazón un común denominador en muchas de las investigaciones que en el interior de la academia culturalista se están realizando en este momento: la desesperanza. Es como si al olvidarse de sí, el académico hubiera asumido acríticamente que su ser es un ser para el absurdo y que, en tanto llega la hora de la extinción personal, la palabra ha de ser un mero instrumento del juego, de ese vagabundeo intelectual en el que en ausencia de todo rigor filosófico sobreabundan el ruido y las sombras.

Sostengo que la corrección política (un tema para otro ensayo) tiene como función evadir la violencia ontológica. Como consecuencia de esto, los culturalistas, grandes propulsores de todo esfuerzo reivindicativo, evaden un concepto esencial para el oficio académico: la autoridad. Son herederos de una educación iconoclasta y detestan las jerarquías, esas que hacen posible, por citar lo más obvio, el rigor de los artículos que se han de publicar en una revista indexada; no es casualidad que el llamado Soakal Hoax y su reedición de este año (2018) apunten precisamente a demostrar la permisividad de los evaluadores o árbitros académicos, siempre y cuando, claro está, el artículo propuesto confirme los prejuicios dominantes. Esto es una monstruosidad: un investigador no puede ser el megáfono que reproduce dogmas, sino el crítico que se aventura con curiosidad en esas zonas liminares entre lo aceptado y lo aún desconocido. Ciertamente la exploración ha de ser, como en cualquier actividad humana, algo sumamente importante; sin embargo, debe quedar muy claro que la interpretación de las realidades textuales ¾finalmente eso es lo que hacemos todos en las humanidades¾ no puede obedecer el capricho o la obsesión del investigador. Es un absurdo asumir, como todavía lo hacen los culturalistas, que su tarea trasciende los límites de la disciplina. Sucede algo curioso: repudian el rigor propio de la academia, pero aventuran matrimonios estrambóticos entre dos o más campos de conocimientos, apostando quizá a que ese juego de asociaciones mostrencas compruebe su creatividad, su irreverencia o su osadía.

El gran problema de los estudios culturales fue el de haberse convertido en un recetario de chifladuras que abrió la puerta a la intrusión y el delirio. Si algo podemos aprender, si algo podemos asumir como legado ha de ser el de la pluralidad: estamos de acuerdo todos en lo pernicioso que resultan las lecturas hegemónicas, uniformes, unívocas.

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