La era del ruido

noise-590.jpgMuy lejos han quedado los páramos naturales donde el espíritu libre pudo retirarse alguna vez para escuchar lo que acaso más importe: el diálogo interior. Hemos caído en una trampa tecnológica que nos impide movernos a nuestras anchas, como cuando éramos libres y el mundo de las cosas era un catálogo de instrumentos y posibilidades, y no este museo del horror y la amenaza que nos rodea por todas partes. Lo paradójico es que nuestras más grandes agonías son hijas de la ilusión: somos rehenes de las pesadillas que nosotros mismos hemos creado. Destaco a la más potente de todas, la de la totalidad. Estamos de rodillas delante de un caleidoscopio que no se detiene nunca, que gira cada vez más rápidamente y que no deja de ofertarnos algo cada vez mejor: la semilla de nuestra angustia es plural. La virtud de nuestros padres y abuelos fue la de segmentar su experiencia del mundo de una manera elemental, básica, sin que la tentación de la dispersión los acosara de ninguna manera.

Como consecuencia de la multiplicidad de ofertas se experimenta una angustia cada vez más honda. La hiperespecialización de los gustos encuentra necesariamente su réplica en el interior de la academia humanista: escribe de todo a todas horas, siempre y cuando no violentes los dogmas que se han ido constituyendo, parece asumirse por quienes ingresan al círculo. Todo esto genera un ruido terrible que impide la reflexión efectiva; a mí me gusta compararlo con el zumbido de un enjambre de abejas laborando incansablemente y produciendo una miel abstracta, una pura nada para nadie: la causa final de todo esfuerzo académico humanístico en la actualidad parece ser la conquista de lo invisible. Se agotan en lo mismo, girando una pesada rueda de molino que machaca vocablos chirriando angustiosamente, elevando una cacofonía de la desesperanza. Es una suerte de teología laica que se ha institucionalizado en las universidades y que ha creado sus propias policías de la corrección, su inquisición y sus mecanismos de coacción y censura.

El ruido tiene más prestigio que las palabras. Por eso es que todo el mundo, como si se tratara de una orquesta de locos, aporrea cacerolas y latas; hacen esto con esfuerzo y disciplina disruptiva, afanándose para no levantar sospechas: el brote de todo pensamiento crítico debe extirparse como si se tratara de un crecimiento celular anómalo. Es la inercia de la ficción académica, una definición eufemística de la antigua mentira, madre de todas las descomposiciones y caídas humanas. La deriva culturalista es la homeopatía de las humanidades. Se trata de una falacia asumida colectivamente que echa raíces y perjudica —si no es que destruye— la disciplina que parasita. Esto es particularmente nocivo si pensamos en el daño que se le hace a los más jóvenes, a todos aquellos que sintiendo una inclinación auténtica por los estudios humanísticos deben ser “formados” por la propaganda y la tontería.

A todo esto hay que agregarle el olvido de la pausa. Se trata de un olvido lamentable, una herida abierta en el espíritu humano; ahí donde no hay pausa no puede haber avance y todo se vuelve una carrera que no le debe nada a la sutileza y el raciocinio. Esta premura inoculada en los académicos los fuerza a practicar la producción más que la creatividad: son agentes de una inercia económica más que verdaderos críticos del mundo que los rodea. Desde mi punto de vista esto ocasiona la repetición lamentable de lugares comunes y el ciclo perverso de la paráfrasis infinita: una suerte de vertiginoso Uróboros que no admite ni crítica ni posibilidad alguna de solución. Lo que es es y será porque lo digo yo repitiendo lo que ha dicho antes mi maestro y su maestro: conservadurismo puro y duro. El espíritu se pudre en esta radical negación de su inmanente rebeldía.

En esta era del ruido la competencia, motor de la locura, lo empapa todo. Los seres de nuestro tiempo nos encontramos intoxicados por un virus que nos ha sido inoculado por la inercia misma de los tiempos, eso que algunos, carentes de imaginación llaman simplemente “el sistema”. Las actitudes vitales nos penetran como los dogmas, por simple y llano contacto; uno ni siquiera es consciente de los “riesgos” de la cercanía: la humanidad se vincula de manera metonímica, comunicando a los demás esas ideas que han ganado primacía debido a su potencia y al empuje de sus exponentes más conspicuos. Pero a todo ello se antepone el poder de la razón crítica, capaz de tamizar, tal como se le supondría a un profesor universitario, los estímulos que lo rodean. No es así en la gran mayoría de los casos: el impulso de la competencia de esos mecanismos institucionalizados genera camadas enteras de nuevos investigadores que no investigan nada, que saltan al escenario para combatir con exclusividad en un asunto: la producción académica. Se trata de folios y más folios cuya función es la de inflamar un curriculum vitae, pero nada más. Los profesores pertenecemos a un cuerpo colegiado y tenemos en esta unión la posibilidad de un crecimiento intelectual basado en el contraste sistemático, racional y sobre todo respetuoso de las ideas. Inocular en nuestra profesión el virus de la competencia es socavar el sentido de sacralidad (escribo esta palabra sin evitar una sonrisa malévola) que en occidente debería suponérsele a nuestros oficios dentro de la universidad. No estoy hablando, claro está, de una concepción religiosa de lo sagrado, sino que busco más bien recuperar el sentido de ejemplaridad que posee la etimología del término sagrado o santidad: al santo, al líder no se le imita por devoción ciega sino por analogía racional, por aproximación y empatía humanísima.

Con todo esto, no resulta extraño el temor al olvido que corre por los pasillos. Los papers propios deben hablar de aquello que todos hablan, buscando evadir en todo momento insistir en un tema más allá de lo que marca la caducidad. Las ideas se mueren como las estrellas, aunque su proceso de envejecimiento es en todo equiparable a la vida de las moscas. Nadie parece querer dar un paso al frente y asumir la obligación de resistir desde la insistencia crítica la expiración impuesta al discurso académico por las inasibles leyes de la novedad y la moda. En la era del ruido es preciso alzar la voz para hacernos escuchar tras esta dolorosa sinfonía de hombres locos.

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