La construcción del absurdo

03072016095834kurri-1000x0Pocas ideas tienen la fortuna de abandonar su entorno meramente académico y establecerse en la esfera del discurso público como, sin duda, lo ha conseguido la deconstrucción. He escuchado este término en muy diversas zonas del discurso público; existe, pues, una idea más o menos generalizada de lo que esta idea representa: rebelión, atomización, carnavalización, desmembramiento, revisión, etc. Se trata de una crítica radical de una sociedad centrada en el significado y en los relatos totalizadores como forma de comprensión. La idea de una ruptura cíclica y el progreso tuvieron en Derrida un enemigo mortal; al parecer, la humanidad entraba a una era de incertidumbre debido al desplome total de todo principio rector. ¿Es realmente cierto todo esto? Veamos.

Esta revolución del mundo de las ideas ha sido un festín relativista con impacto directo en nuestra profesión: aparentemente no hay interés superior que el de abrazar todo lectura de la realidad sin que nadie imponga un sistema axiológico que distinga, por ejemplo, lo verdadero de lo falso. Las implicaciones de esto son evidentes: confusión, debilitamiento de la autoridad profesoral, implantación de la sospecha infinita frente a todo juicio crítico. Esto es absurdo: ahí donde todo vale, nada vale. Como veremos más adelante, la apertura hacia el infinito (cualquier cosa que esto sea) implica la destrucción del sentido, es decir, la corrupción última del lenguaje. En su versión más radical, la deconstrucción no implica el silencio sino el eco ya lejano de la historia.

Vivimos bajo el imperio de la indeterminación. Si acaso existe un principio es el de la imposibilidad de ubicarnos frente a la realidad; no tenemos aparentemente la facultad de conclusión que los antiguos tuvieron y que posibilitó la formación de un cuerpo de conocimiento susceptible de ser transmitido y enriquecido con el paso del tiempo; la educación misma, como todavía la conocemos, es el compendio de un saber tradicional, es decir, canónico. Ante la imposibilidad de construir ningún relato rector (el canon lo es), la educación carece de sentido último. Los más fervientes promotores de estos disparates, que regularmente trabajan en una universidad, deberían darse cuenta de que se están propinando un tiro en el pie. En otras palabras: son la encarnación de lo que niegan. Se paran frente al espejo y dicen: “Tú no existes”. ¿Qué es lo que se deconstruye? El sentido, que lejos de ser una abstracción, es algo íntimo a nuestra propia materialidad. Me explico.

Hay palabras luminosas, palabras que son fuente de luz y de esperanza. Una de ellas es “sentido”. Ahora echemos mano de los diccionarios para tratar de comprender lo que significa. Como suele ocurrir, la palabra ofrece varias definiciones que se diferencian y, para mis propios intereses he de decir, se complementan. La primera definición hunde literalmente sus raíces en la carne: sentido es sensación. Se afirma que tenemos cinco sentidos que anclan nuestra conciencia a la corporalidad. Nuestra existencia es carne, fisiología, presencia material que evoluciona en el tiempo y que decae hasta el punto de la imposibilidad de continuar:  todos nos extinguimos como el fuego. Sospechar de la posibilidad de trasferir nuestros sentidos (sensaciones) a un lenguaje capaz de vehicularlos, es decir, comunicarlos y preservarlos, es condenarnos a una existencia inmanente. Escribir esto me provoca un tremendo ataque de claustrofobia, como si todos estuviéramos enterrados en vida. Todo sería una apariencia inasible y el lenguaje una heteronomía radical sin puertas de acceso para la condición humana.

La segunda acepción de sentido es el de la lógica. Se dice que algo tiene sentido cuando entendemos que es racional o que se encuentra fundado en un saber común. Si algo no tiene sentido, si algo es absurdo, estaremos de acuerdo en la naturaleza imprudente de esa cosa. La mirada deconstruccionista aniquila ese vínculo común que nos permite organizarnos a partir de una coincidencia fundamentada y compartida. Si los sentidos como cuerpo han sido desterrados del mundo de la vida, es natural que la siguiente víctima de los terroristas culturales sea la vieja y hermosa razón. Es en esto en lo que precisamente se fundamenta el relativismo. Lo interesante para mí es que se trata de una falacia fácilmente refutable; basta salir a la calle para darnos cuenta de que, lejos de vivir en un universo entrópico, todo lo que ha sido tocado por lo humano da cuenta de un esfuerzo organizativo y estructural. La impronta humana no solamente es expresiva sino además posee un evidente carácter directivo.

Por último, la tercera definición del sentido y que también es víctima de la revuelta deconstructiva nos habla de dirección o rumbo. Por sentido entendemos, además de corporeidad y racionalidad, un carácter metafísico: teleología. Es la causalidad final del Estagirita. Para qué hacemos algo, nos preguntamos a cada rato; “¿Qué sentido tiene todo esto?”, se preguntan las almas atormentadas antes de lanzarse al vacío o descerrajarse un tiro en la cabeza. Si los actos que realizamos en el momento presente no se encuentran organizados en virtud de una meta o propósito ulterior, el día a día suele envenenarse, convirtiéndose en un auténtico pozo de arenas movedizas. Las implicaciones éticas de este vaciamiento, promovido por el ala más vociferante de las hordas deconstructivistas, me impide considerar estas reflexiones algo que se contiene en el interior de los límites de las investigaciones académicas. Es un deber humano de nuestro tiempo la defensa del sentido porque su ataque o desmantelamiento implica represión, sufrimiento y, en ocasiones extremas, muerte.

Los promotores del absurdo no desconocen que defienden, como lo he dicho recién, una imposibilidad, pero no se amedrentan. Continúan en lo suyo porque hay muchas personas que reconociendo bien la evidente locura que se extiende, voltean hacia otro lado para no pasar por la dolorosa aduana de la crítica o la abierta burla de los defensores del pensamiento único por ahora triunfante: hay que evidenciarlos con valentía. Por fuera del sentido no hay experiencia humana posible, porque la persona está condenada dulcemente a morar el universo del lenguaje. La deconstrucción, tengo tantas ganas de decirlo, es una boutade y en ocasiones pienso que es una broma que llanamente se salió de madre. La solemnidad con la que algunos todavía se refieren a ella me hace muy difícil contener la risa.  Defender el sentido común (¡lo viejuno que suena esto por culpa de esta gente!) se vuelve hoy más que nunca un imperativo ético, estético y, sobre todo, humano.

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