El regreso

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Éramos anchos como un siglo,
llevábamos el mar en los bolsillos
y todos los fuegos en la frente.
Éramos torpes y sagrados,
asíamos la noche a tientas
hasta caer sin culpa en el pozo
de una misma borrachera.
Todos tropezábamos con el mismo pecado.
No había problema: resucitábamos
más limpios, intactos
para el delicioso oficio
de los veinte y algo.

A semejanza de la vida,
todo era nuestro, todo ardía
persistente y sonoro
contra los vientos malignos
de lo irremediable.
Nacer era para esto,
morir una teoría sin sustento
y el sexo una flor de aroma dulce
en mitad del paraíso.

No diré más: perdimos la partida.
Llegaron tras los tiempos otros tiempos,
y los que fuimos morimos uno a uno
sepultados por querer ser lo que no éramos.
Algo había de misterio en aquellos ojos,
algo de gloria en tantas caricias fugitivas.
Olvidamos, como todos, el camino
que nos llevaría de regreso a casa.

Ahora estamos solos, perdidos, no somos más un nosotros
y la muerte ha sembrado el primero de sus besos
en mi boca.

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