Clásicos y modernos

socratesLa academia actual persigue la resolución de la antiquísima disputa entre clásicos y modernos; hay una razón de peso: dicha confrontación entraña la revalidación del tiempo. No olvidemos que la gran empresa posmoderna y, por consiguiente, “culturalista”, es la de la abolición de toda nostalgia y todo anhelo. El presente es la única patria de lo humano, afirman a la menor provocación. Se trata de un mito fundacional: el devenir de la historia es una mera ilusión narrativa. Nada nuevo, por lo demás; se trata, en cierto sentido, de la teoría eleática de Parménides. No dejo de ver en esta fijación un intento desesperado y hasta cierto punto infantil de escapar de un conflicto existencial esencial: todo cambio liberará siempre los demonios de la incertidumbre.

La postura posmoderna critica con toda justicia una visión conservadora y torpe de los estudios humanísticos. En esto no puedo sino coincidir con la crítica; se trata de la visión esclerotizada de quienes aspiran a la rigidez de los estudios clásicos y que por ello se desentienden de toda obra o expresión contemporánea por considerarla a priori como necesariamente insuficiente o pobre. Se pensará que esto ya no existe, que sería una necedad aferrarse a una visión tan restringida de nuestro oficio, pero esto no es así; el año 2012 tuve la oportunidad de asistir a una universidad del suroeste norteamericano para presentar una conferencia sobre hermenéutica analógica. Hablé con los colegas y me di cuenta del talante profundamente conservador de aquel sitio; en un momento uno de ellos me dijo: “Prescindimos de todos los textos secundarios posteriores a 1950; nosotros vamos por nuestra propia cuenta”, afirmó sin pestañear.

Son los comodinos partidarios de una academia cerrada, una auténtica cámara de ecos muy antiguos en la que han encontrado un espacio de seguridad ajeno a los conflictos cotidianos que tenemos que enfrentar todos los demás, quienes debemos vivir a la intemperie y en la realidad, en la historia. Esta postura es, además de necia, profundamente inmoral. Las humanidades no son parte de un decorado social sin una finalidad práctica; pensar de esta manera, hay que decirlo, es además de absurdo sumamente peligroso. Las humanidades deben fungir como mediadoras en un mundo inclinado peligrosamente a la tecnificación como método y a la mercantilización como destino. En nuestras cátedras deben atizarse el fuego de un debate antiguo, crítico y sereno que nos ayude como especie a encontrar los mejores cauces para la consolidación del proyecto civilizatorio. Por eso es que me afecta tanto ver el proceso de desmontaje que han asumido muchos de lo que yo llamo “culturalistas”, un proceso contrario al sentido natural y deseado de la cultura occidental.

Ocupémonos de ellos nuevamente, de los académicos de las humanidades que mayoritariamente laboran en la universidad y que se afilian a un cuadro básico de conceptos posmodernos aplicables a todo. Con justa razón han venido a poner el dedo en la llaga, haciendo que las rigideces promovidas por los filólogos y conservadores de la profesión se reblandezcan y fatalmente caigan. El problema no es esa promoción de la flexibilidad de lecturas, el error mayúsculo se encuentra en la búsqueda enfermiza de una realidad sin sustento ontológico ninguno. En ese sentido es que son tan radicales como los dragones que supieron matar a su debido momento. Su postura es esencialmente equívoca y promueven, debido al odio que sienten por sus padres, la absurdidad de la tabula rasa. Se piensan y se dicen a sí mismos liberales, pero no lo son; si así lo afirman es por una mera confusión de términos. Son dogmáticos de la necedad y mentecatos por diseño. La suya no es una visión abierta, como ellos lo suponen, sino difusa, dispersa e inasible. Promueven una cultura del puro ruido; por eso a veces digo que se encuentran más cerca del tam-tam que de la frase sensata.

Mi propuesta es liberal, humanista, analógica y encuentro que este momento es bueno para acotarla. Se trata de una mirada creativa del mundo y sus señales; no busco negar el pasado sino reinventarlo a la luz de una actualidad que siempre cambia. No temo el cambio y la incertidumbre que conlleva porque todo presente contiene ya su herencia y su semilla de porvenir. Mi labor es la de aportar algo necesario en un momento de esta larguísima cadena de causas y efectos inconmensurables que llamamos historia del mundo. Estoy hablando de un pluralismo acotado siempre, pero siempre suficiente. Pienso, por ejemplo, al decir estas cosas en Martha Nussbaum y su cosmopolitismo intercultural, que insiste amorosamente en la necesidad de abrirnos al otro, a lo otro, pero sin renunciar a lo mejor del proyecto civilizador global. Ya habrá quedado claro que me mueve una vocación de diálogo y asimilación en la diferencia. Para mí esto es el único proyecto de mi vida y el motivo más importante que me anima a abandonar la cama cada mañana.

Entender los mecanismos de la transformación creativa de nuestro oficio es fundamental para revitalizarlo y darle certidumbre hacia los días que vienen. El conflicto de los “culturalistas” con la antigua visión estática de las humanidades condujo a un desaforado precipicio donde importa más la estridencia que la reflexión. Queriendo superar la fascinación deliciosa del futuro y la nostalgia enferma, los “culturalistas” se agarraron al presente como a un tablón de náufrago; se trata de una falacia, es decir, una imposibilidad. Ignoran que todo presente no es negación del pasado o anticipo determinista del futuro. El presente contiene todos los tiempos, los actualiza y anuncia con precisión. Conocer la tradición es la mejor forma de comprender el sentido de nuestras tareas intelectuales. Innovar es honrar el pasado, del que devenimos y sin el cual es imposible avizorar un mañana mejor, más justo y creativo para todos.

Si hay algo que lamento profundamente del tiempo en el que vivo es la amnesia programada y el desencanto abúlico de cara al futuro. ¿Qué es un hombre sin esas dos potentes alas que son la memoria y el deseo? Me es imposible pensar en estas cosas sin sentir un profundo miedo. Es mucho lo que está en juego y es poco lo que se hace cuando los pensadores profesionales reculan y se esconden en sus formularios reflexivos, lejos del sitio que debería corresponderles, que es el de las definiciones y las pugnas.

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