El pragmatismo y la rapidez

motion-speed-effect-with-city-night_1112-2014El mundo del comercio se ha convertido en el mundo de todos. Es decir, en el contexto de la vida cotidiana ha asumido, para bien y para mal, el papel de paradigma rector. Mayormente no nos damos cuenta de la omnipresencia de este modelo de vida, porque se ha incardinado de tal manera que su cotidianeidad y cercanía lo ha vuelto invisible. Esto impacta de manera directa en la academia, donde el concepto de demanda determina los tópicos y los filtros teóricos que se han de emplear. Como he dicho en muchos ensayos, la perspectiva “culturalista” ha sido la manera de ser académico humanista, con mayor énfasis a partir de la década de los noventa.

Tengamos en cuenta una cosa, para que un “producto académico” alcance una demanda mayor, o como se dice hoy en día, una visibilización mayor, es necesario que sea accesible. Esto se demuestra en la superficialidad con que las investigaciones “culturalistas” son conducidas; abandonan, como he explicado anteriormente, su vinculación con la tradición para echar manos de la esfera de signos populares, particularmente la de los medios de comunicación de masas. La koiné es esta, la de la “lógica cultural del tardo-capitalismo”, como suelen repetir a cada rato aludiendo a Jameson y su mítico ensayo. Se trata de una lingua franca en constante movimiento, acelerada y caótica por diseño, donde el juego y la inmanencia se constituyen en ejes rectores estructurantes.

El refrán popular habla de mucho ruido y pocas nueces. Esto se puede aplicar al estado de cosas en la academia humanista actual; no se trata de una consecuencia no buscada, más bien todo lo contrario: la evasión de la responsabilidad reflexiva tiene como derivación necesaria la sobreabundancia de detalles y frivolidades chispeantes. En cierto modo los propios académicos, impelidos por la fuerza centrífuga de la moda y la notoriedad, buscan replicar en sus escritos la extravagancia y asimetría de sus “objetos de estudio”. Más de alguno estará convencido de que su escritura es, sobre todo y contra todo, una expresión literaria. Quien así lo piensa se equivoca.

Aún más, creen que su obra crítica es un producto. Esto tiene su importancia porque implica una visión de mundo y una concepción del oficio; si lo que escriben es un producto, el oficio se vuelve un ciclo productivo. En el momento actual, que algunos denominan turbo capitalismo, ese ciclo de producción ha de acortarse lo más posible, siguiendo la inercia de la aceleración que busca el incremento de las ganancias. Esto tiene una consecuencia funesta en el trabajo académico porque el apremio es enemigo natural de la hondura de la reflexión que, muy a despecho de lo que afirmen los más fervientes defensores del “culturalismo” posmoderno, debe ser el corazón de nuestra profesión.

Ya que la rapidez impide la reflexión de gran calado, las páginas que estos investigadores van escribiendo se van poblando de clichés asumidos acríticamente por quienes lejos de criticar replican semejante estilo. Por si esto fuera poco, la incomprensible vocación por la “interdisciplinariedad” genera una textualidad cimentada en la apropiación y la copia burda del discurso de otras disciplinas intelectuales. Sin la necesaria maestría y conocimiento, cualquier persona con acceso a internet se da a la tarea de corta y pegar ideas de cualquier lugar, sin concierto ni necesidad, generando un discurso esencialmente deshonesto e inservible. Lo que se busca es acuerpar el texto para que adquiera cierta densidad mentirosa que, solo imagino, sirve para aquietar la conciencia de quien no teniendo nada que decir no resiste la tentación de romper el silencio.

Los “culturalistas” son esencialmente materialistas y causales. Su aproximación a la escritura académica no implica la duda existencial o estética sino la vocación de enumeración caótica (atroismo), un mero efecto retórico que persigue conseguir fuerza y condensación en el discurso; son como testigos puros señalando un mundo distante, una realidad que se da por entero a través de los sentidos, y nada más. No meditan en torno a ella, la consignan. Su función es meramente notarial y sus objetivos, como he dicho tanto, son más bien modestos: producir textos. Su pluma colabora en ese juego de espejos confrontados donde la forma lo es todo y la metafísica pertenece al mundo de la magia. El materialismo culturalista renuncia a la dialéctica de sus abuelos marxistas-hegelianos y adopta un desinterés que puede desembocar en muchas cosas, incluso en el aburrimiento, pero jamás en el silencio. El más alto deber de estos académicos es evitar ese mutismo que nada dice; prefieren el ruido que dice la nada. Por ello no es raro que una de sus más potentes armas sea la parodia o la glosolalia: los aterra la cámara de ecos que es la mente.

No es casualidad que dentro de las actuales humanidades el estudio de las artes visuales sea notoriamente preponderante. La primacía de la vista sobre la literatura, antigua y necesariamente verbal, ha hecho que los estudios literarios sean prácticamente un asunto marginal, cuando no un trebejo arrumbado en los sótanos de las facultades. Hace unos cuantos días hablaba con un amigo que se mostraba asombrado porque en mis clases leemos y analizamos poesía; su sorpresa era genuina y tan grande como si le hubiera dicho que mi clase se conduce enteramente en latín.  Esta predominancia visual entraña obligatoriamente un olvido verbal que empobrece el pensamiento. Tales son las dimensiones del olvido literario.

Enemigos (e hijos) de la modernidad, sospechan de la historia. La dan por concluida y se asumen habitantes del reino de la simultaneidad; todo lo que es, es simplemente. La modernidad ha dejado de devenir y ha entrado en un estado de disolución donde los tres tiempos se subliman tras la combustión trágica del conflicto. No hay ideales o aspiraciones sino un talante pragmático, acomodaticio, que odia los límites y aspira a la consumación de una existencia que se sustenta a sí misma. No desconocen la pluralidad de su apuesta pero cometen un error fatal: ignoran —o parecen ignorar— la imposibilidad de quererlo todo. No cabe la eternidad en la experiencia humana. La atisbamos en el instante poético, es verdad, pero es solo un relámpago de certeza que se disipa y nos deja en el corazón el gusto agridulce de quien ha visto y ha sabido comprender, desde su pequeñez, su condición de criatura.

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