La inercia y el miedo al rechazo

11866617_Rejected_Without_Review_1La academia es gremial y actúa en consecuencia. Lejos, a veces muy lejos de ser un espacio de reflexión de individuos libres, el trabajo académico tiende a un mecanismo colectivo de “producción de contenidos”, como me propongo a explicar a continuación. Esto es realmente lamentable porque contraviene a todas luces el espíritu de nuestra profesión, que debe caracterizarse por la independencia crítica y la pasión reflexiva. Lo que tenemos es sobre todo una muy fea costumbre de identificación con las corrientes vigentes de mayor calado; lo que prima es el deseo de ser aceptado por los colegas más que la asunción de un deber moral altísimo, que es la vocación de libertad y pensamiento.

No es para nada exagerado aceptar que, en la academia, como en cualquier mercado, se ejerce una dictadura modal. Lo que es popular pesa más y se abre paso entre las páginas de quienes desean ascender rápidamente por las cada vez más resbaladizas y pobladas escaleras de la profesión. No dudo de la inteligencia de mis colegas, como tampoco dudo de la enorme disposición que tienen para defender sus intereses, que son más crematísticos que intelectuales. Los observo y me percato de que en muchos de ellos no existe la más mínima autocrítica, como si los temas y las perspectivas teóricas que utilizan, heredadas sin mediación alguna del análisis individual, obedecieran a una ley inmutable. Su dogmatismo es irrespirable.

Todo lo anterior tiene una consecuencia sumamente nefasta: la formación de un circuito viciado de referencias. Es decir, los autores de los artículos académicos citan a sus mentores, y a su vez son citados por colegas que replican casi de un modo literal lo ya dicho. Esto forma una fosilización crítica a la que muy fácilmente se adhieren los perezosos y los cínicos. ¿No es acaso evidente para todos que la curiosidad es esencial en el oficio académico? No basta la “producción” de textos; es indispensable, además, que esos textos obedezcan a una constante renovación de perspectivas y variaciones de abordaje. No me parecería para nada exagerado formar a los nuevos académicos promoviendo entre ellos una sana y urgente temeridad.

Ahora bien, no me son ajenas las causas que ocasionan lo que aquí voy mencionando. Sobre todo destaco una: la necesidad institucional de la publicación. Se dice que quien no publica está condenado a perecer, pero ninguna referencia encuentro a la calidad y pertinencia de lo que se publica. Para mí es mucho más importante esto último. No podemos eliminar de la ecuación el factor tiempo sin que la calidad de lo escrito experimente cierto menoscabo. Meditar y organizar un texto investigativo es algo que toma su tiempo y quien no lo entienda así está cometiendo el costoso pecado de la imprudencia. El resultado de esta osadía es la mediocridad intelectual y, en consecuencia, la publicación de textos tan hediondos como dolorosos.

En todo estoy hay ciertos resortes psicológicos que no podemos obviar. Pienso en algo tan antiguo y tan cotidiano como la necesidad de ser aceptado por un colectivo; son pocos los que tienen la dureza de carácter suficiente como para lanzarse a una nueva singladura sin preocuparse por la aprobación o la crítica —muchas veces acerba— de los demás. Esta dureza es esencial para el trabajo académico, que no es un oficio, o no debería ser un oficio para espíritus pusilánimes. Por encima de la necesidad de aceptación debe imponerse un compromiso irreductible con nuestros propios textos, con nuestra reflexión y, tengo tantas ganas de decirlo, con nuestra visión de mundo. La manera en que entendemos nuestra experiencia del vivir debe ser esencial, debe ser el corazón de todos nuestros trabajos, los que ocurren en el aula y los que acontecen en la oficina. ¿Cómo llamarle a un académico que desconoce el poder transformador de la entrega?

Esta disposición a la comodidad hace que el resultado de todo esfuerzo reflexivo sea un cuerpo cerrado, unívoco y carente de sentido trascendente. Lo que prima, como he señalado, es la repetición y la construcción de un cuerpo rígido, algo más cercano al dogma que a la expresión libre, fundamentada y potente que debería ser el resultado natural de una pasión dirigida al conocimiento y la interpretación. Eso es lo que se supone debemos de hacer, más allá de la mera asociación agremiada y torpe en la que muchos han convertido su vocación intelectual. Lo primero que tenemos que hacer para romper esta inercia es cuestionar lo que repetimos, a los autores que se citan con mayor frecuencia; es una urgente obligación aplicar dinamismo a la solidez heredada por los necios. No hay equivocación mayor que el conservadurismo.

Una de las primeras víctimas de la torpeza académica es el estilo. Basta echar una rápida hojeada a las revistas académicas más socorridas para percatarnos de la pobreza discursiva de quienes ahí publican; inmediatamente nos damos cuenta de que el lugar común ha echado raíces profundas en esas páginas. Parece ser que quienes redactan dichos documentos carecen de toda sensibilidad, como si tuvieran el oído endurecido de un artillero. No se preocupan por la fluidez natural de su prosa y por la claridad a la que, en su calidad de género expositivo, su escritura está obligada. No invoco la imaginación verbal del novelista, faltaría más, pero no por ello me desatiendo del cuidado como condición fundamental de cualquier escritor. No puede haber amor por el pensamiento si la persona no experimenta en todo momento una profunda y luminosa pasión verbal.

Ya que, como he señalado, no existe un compromiso de fondo, el académico tipo de hoy en día precisa con necesidad crear un ejército de hombres de paja contra los cuales apuntar sus baterías. Esto resulta más evidente entre quienes abrazan la política de identidades como el marco ético de su “producción académica”. Su retórica se encuentra plagada de argumentos reivindicativos tomados de dicha ideología, lo que se convierte en un filtro exclusivo que dirige y constriñe su análisis textual: nunca es más cierta la “ley Campoamor” (aquello de “el cristal con que se mira”) como en este caso. La postura de cara al mundo se encuentra sesgada y limitada por un plano de la realidad que se ha trufado en la mente de quienes aceptan atajos en su intento de comprender la vida y sus signos.

Como los académicos también son parte del mundo, no pueden evitar uno de los contrapesos más dolorosos de nuestro tiempo: la corrección política. Se trata de una férula que impide lo que he venido señalando en este apartado: la movilización y superación de paradigmas impuestos. Quiero dejar algo muy claro, no estoy hablando aquí a favor de esa gente que autonombrándose políticamente incorrecto se sienten con licencia para hacer y decir vilezas. Son unos mamarrachos, punto. Tengo para mí que la superación de la corrección política no es el insulto bravucón sino el ejercicio puro y duro de la crítica. Se requiere mucho más valor para proponer un cambio de paradigmas que para insultar, sobre todo cuando esto último se practica desde el anonimato o de manera sibilina.

Una academia sin espíritus rebeldes es una charca de aguas pútridas.

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