El juego

nodosEn el mundo que me rodea, y con eso me refiero estrictamente a lo profesional, campea un talante irreverente que me recuerda mucho la actitud calculadamente desafiante de los adolescentes. Parece existir una obligación extendida del descreimiento de las instituciones y las formas, lo que tiene como resultado una manifestación constante del desdén y la renuncia sistemática a todo postulado considerado tradicionalmente como autoridad. Esto es fundamental porque constituye una suerte de ethos sobre el que se busca construir todo el discurso de los estudios humanísticos contemporáneos. Hijos de lo que algunos llaman “turbo capitalismo”, se aceleran hasta la ignición, obsesionados con la velocidad y la variedad: todo es aquí, todo es ahora. Nada es serio o trascendente; todo es juego: el mundo consiste en durar.

Son auténticos imprudentes, es decir, enemigos de la proporción y la virtud. Aspiran a la improvisación y la reflexión inmediata, casi celebratoria, en torno a los temas que revisan que, como he señalado ya, giran siempre en torno a las relaciones de poder entre un centro totalizador y una marginalidad en perpetua resistencia. Sospechan de todo, por lo que están convencidos de que no hay hechos inmotivados; todo signo o señal ha sido colocado ahí como parte de un proceso complejo de pugna entre los opresores y los subalternos. Asumen que es preciso realizar un esfuerzo interpretativo de esta relación de sujeción. Aunque la verdad es que todo es un simulacro. Lo que verdaderamente les interesa es la producción masiva de textos dislocados en los que en no pocas ocasiones el juego determina el estilo. Su voluntad esencial no es política, en el sentido necesariamente activo del término, sino discursiva. Abandonado el talante crítico, su única posibilidad es la glosa.

Uno de los conceptos de los que frecuentemente echan mano es el de los llamados “metarrelatos”. Los toman de Lyotard y ven en ellos el objetivo de sus más feroces descreimientos. A partir de esta seudo crítica de las macro narrativas sociales es que plantean su cruzada contra la sistematicidad y, sobre todo, contra un concepto en el que parecen ver la encarnación de todas las perversiones: telos, es decir, la meta u objetivo, lo que el mi amado Aristóteles llamaría causa final. De nuevo aparece el común denominador del enemigo de las imposiciones, el pequeño héroe posmoderno enfrentándose a los dragones de una modernidad obstinada que se resiste a desaparecer del todo. Todo esto genera un problema muy evidente, aunque ellos lo omiten o creen solucionar con base en subterfugios ordinarios: la cruzada contra los metarrelatos ha de constituirse por necesidad en un nuevo relato totalizador. A más de algún colega le he cuestionado sobre esta paradoja y siempre he recibido la misma respuesta: “eso es un supuesto metafísico”. Son buenos toreros y saben escabullirse cuando el toro de la razón los aprieta.

Han renegado de la modernidad analógica para abrazar una fe posmoderna de carácter irónico. Detestan los puentes, aman las fracturas. De nuevo a cuenta un problema del que no pueden salir: si se desentienden de la tradición, adolecen del referente necesario que permita establecer que su expresión es novísima. La ruptura solo tiene sentido dentro de un contexto de secuenciación; no se puede hacer trampa y omitir la necesidad binaria de lo viejo que se actualiza y contiene en lo nuevo. Si alguien fuera capaz de producir algo realmente novedoso, ese algo sería invisible para nuestros ojos, es decir, sería algo sagrado, algo incomunicable. La referencia necesaria de una experiencia previa es condición sine qua non para que mi reacción crítica tenga algún sentido. Decir que este argumento tan diáfano es propio de una ontología superada es estrictamente darle la espalda, por pereza o cobardía, a lo evidente.

Por eso es justo decir que los académicos humanistas de este tiempo nuestro son esencialmente cínicos. No hay nada nuevo en su actitud. Encarnan punto a punto el manual del perfecto escéptico, pero su escepticismo no es desgarrado o trágico sino festivo. Se acercan más al niño que saca la lengua que a David Hume, iluminista empecinado en escardar supersticiones. Como he dicho antes, prescinden de todo carácter trascendente, incluso cuando se ponen serios. No pueden navegar contra el viento de sus más arraigados prejuicios: no hay sentido sino presencia pura y (ab)usos del poder. El juego es la estrategia de la resistencia.

La academia sospecha de toda metafísica. Hay una sensación de vacío que ha quedado cuando esos discursos rectores se han difuminado en el aire; entonces, tras el desconcierto, ha surgido una ontología nueva, sutil, fluida y humilde. La naturaleza del ser académico es inasible, pero su eco se ha instrumentalizado de tal manera que cumple una función y luego desaparece. Lo he dicho ya: se trata de condensar en textos necesariamente efímeros la pugna de los que explican la naturaleza social, política y económica de un mundo injusto. Sobre este basamento arenoso es que levantan un discurso que está condenado, por su fragilidad, a la disolución. Esto poco importa porque ya que el juego es la condición del oficio, siempre se puede comenzar nuevamente a levantar un nuevo relato. Por si no te has dado cuenta, el juego se contiene siempre a sí mismo, es su propio objetivo. Lo importante no es la búsqueda de la verdad sino promover el dinamismo generador de símbolos. El logocentrismo ha dado paso a un textocentrismo siempre dúctil y escandaloso. Lo que se ha perdido de profundidad se ha “ganado” en alborozo y color.

Como consecuencia de todo lo anterior tenemos una academia ajena a la polémica. ¿Qué sentido tiene debatir ahí donde la posibilidad de certidumbre, ya que no de verdad, es prácticamente infinita? Las disputas no llegan a ser sino escaramuzas sin más. Hay un miedo a la confrontación como consecuencia de un abandono de la querella como género literario. No es menor la influencia de una lectura políticamente correcta del mundo, donde una de las imposiciones asumidas por el colectivo académico consiste en tratar de pasar por la vida evadiendo las rispideces naturales del desacuerdo. Seguro que sigue habiendo discrepancias, pero lo más probable es que se soslayen en nombre de la tan socorrida “zona de confort”, que no es otra cosa que la vieja y deplorable paz de los sepulcros.

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