Doxa

 

DoxaCreo que la gran debilidad de la academia humanista es su olvido de la filosofía. Digo esto desde mi posición, que implica necesariamente una mirada limitada y pobre, pero también desde la experiencia compartida con otros colegas que como yo recelan de la voz cantante en este tiempo nuestro. Este olvido, me parece, es la consecuencia directa de la suspicacia que la filosofía continental ha despertado en las regiones periféricas de la actividad académica; esta asociación de los grandes popes de la filosofía con el poder -por lo demás, obsesión recurrente de los neo marxismos- los obligó a buscar alternativas por fuera del círculo tradicional de pensadores; no es casualidad que la multidisciplinariedad sea la bandera más visible de este frente. La filosofía, particularmente desde la revolución derridiana, enfrenta el estigma de tutelar la superstición de un logos esencialmente metafísico y, sobre todo, violento. La razón desemboca en Auschwitz, afirman una y otra vez.

Se transita, pues, de la filosofía a la ideología, que es una manera de reducir los problemas propios de la existencia. Esta última nos sirve como herramienta multiuso con la que podemos generar la tranquilizadora ilusión de que nuestro camino es cuesta abajo siempre, sin esfuerzos necesarios y, sobre todo, sin la obligación de ejercer la crítica, que para eso sobre todo ha surgido entre nosotros la filosofía. La ideología genera una morbosa estabilidad que es necesario combatir con la fuerza, el vigor y la potencia de la meditación filosófica, pero sin excluir por ello la sensibilidad y la gentileza que se supondría entre los que nos denominamos humanistas; el imperio de la ideología es necesariamente el de la decadencia y la involución, por eso no puede soslayarse sin más lo pernicioso del silencio o la indiferencia. Esto es lo que pasa en la academia afiliada por pereza o por conveniencia a un sistema de engranajes de “producción” investigativa.

Todo esto tiene como consecuencia la atomización y dispersión de voces. Replicando el modelo propio de la economía contemporánea, los campos de la reflexión humanística se ven impelidos a localizar “nichos” que repliquen el modelo fundamental: la contraposición poder-resistencia. La política de identidades, tan socorrida en los Estados Unidos, encaja a la perfección en este modelo de simulación de crítica; el académico monta su discurso en este armazón fundamental, intercambiando únicamente los caracteres accidentales. Caso resuelto. Algo más que no podemos despreciar: al hacer esto se gana con toda seguridad el prestigio de “buena gente”.

La academia actual presenta, a despecho de sus más arraigados dogmas, ciertas “inevitabilidades” que comprueban cómo ella misma encarna lo que afirma criticar. Por ejemplo, nos enfrentamos a la imposibilidad de formalizar un canon. El simple devenir del tiempo y la acumulación del trabajo de sus más conspicuos referentes determinan la selección y repetición de ciertos paradigmas: ideas y textos. Esta afirmación simbólica del poder ha de combatirse de algún modo, por eso es que la búsqueda de nuevas “cuestiones y enfoques” es fundamental: en el mundo de esta academia la obligación de ser exploradores perpetuos es irrenunciable.

También resulta inevitable el establecimiento de jerarquías. Entre más elevado se encuentro el “productor académico”, más cerca se estará de la verosimilitud o de la visibilidad, por utilizar el eufemismo actual. En su feroz huida hacia adelante han sido incapaces de reconocer la inevitabilidad de toda ontología. Gianni Vattimo, que de tonto no tiene un solo pelo, desde hace mucho tiempo ha alertado sobre este obstáculo y ha propuesto una solución algo chapucera: el pensamiento débil. Entiende perfectamente que sin este valor de verdad la experiencia humana implosiona y se diluye en la nada misma, es decir, en la ausencia radical de sentido. Esta es la tragedia de todas las voces culturalistas: están condenadas a replicar, así fuera a baja escala, aquellos paradigmas que dicen detestar.

Hay algo más que viene a cuento aquí: ellos requieren de un adversario. No tiene por qué ser alguien con nombre y apellido, bien puede ser, como de hecho ocurre casi siempre, una idea, un orden de cosas. No olvidemos que pertenecen a la estirpe marxista, por lo que es indispensable para sus procedimientos combativos el afán de subvertir un orden concebido como natural, pero que implica la subyugación de muchos por unos pocos. No combaten en la trinchera económica, ni siquiera en la política, más bien lo hacen en ese simulacro de acción que es la vida académica. Están viendo los toros desde la barrera y sus armas son de palo. Sin esta confrontación meramente teórica, a veces incluso solamente imaginaria, su raison d’etre se desvanece enteramente.

Contra esta postura que como he dicho considero altamente nociva, se impone una reacción crítica. Debe quedar claro que con el presente alegato no estoy atacando gente, porque eso sería una profunda inmoralidad; no sobra decir que cuento entre mis conocidos y amigos a personas muy respetables que no estarían de acuerdo conmigo en lo que aquí voy desarrollando. No estoy tampoco de acuerdo con ellos, pero los respeto y en algunos casos estimo. Pues bien, dicho esto, insisto: se impone la fuerza ontológica de la crítica. Considero altamente saludable promover la ruptura de esta inercia de complacencia y conveniente olvido, y lo pienso así porque sé bien que en la academia —y en la vida— la superación de los paradigmas es lo que nos hace caminar y quien no camina, esto es obvio y natural, no llega nunca a ninguna parte.

No es posible ejercer una crítica sin honestidad. En este caso hablo de las posibilidades que nuestro ejercicio académico tiene, que no son ilimitadas. Deberíamos comenzar por reconocer nuestras condiciones reales y a partir de esta resolución delimitar con humildad auténtica nuestras regiones de estudio. Segundo, debemos (el verbo elegido no es ningún accidente) reconocer la ascendencia de nuestra tradición occidental. No puede ser crítico ni superar ningún paradigma quien no lo conoce a profundidad. El afán de superación del rigor despótico de la razón condujo a nuestra profesión hacia la otra orilla, igualmente radical, igualmente equivocada: la dispersión sin límites

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