La idea absurda de inventar una vez más la rueda

p04pytx4A despecho de lo que digan los manuales de “teoría”, el génesis del movimiento culturalista va más allá del Centro de Estudios Culturales contemporáneos de Birmingham. Incorpora ciertamente como núcleo de sus prácticas la perspectiva propuesta por Hoggart y Hall, aunque dada su naturaleza ubicua y su fascinación por la dispersión ha terminado incorporando en su corpus de reflexión diferentes visiones y prácticas venidas de cualquier parte; no olvidemos que los Estudios Culturales se definen a sí mismos como post disciplinarios, de lo que se deriva una pasión manifiesta por la carencia de un sistema teórico tradicional. Para decirlo de manera coloquial, son un cajón de sastre que tiene como común denominador la idea de que la realidad es textual y las relaciones que ocurren en el seno de las sociedades están determinadas por el uso del poder. No hay historia, hay relato, insisten. ¿Quién escribe ese relato? Muy simple, el dueño de la pluma.

Esta apertura académica es sobre todo populista. El afán de la “interdisciplinariedad” ha tenido como funesta consecuencia la osada arrogancia de un grupo de perfectos expertos en la nada; se trata de seres prolijos avocados al oficio innecesario de inventariar minucias que acumulan folios y más folios de disquisiciones superfluas. El afán de absorción de la realidad implica necesariamente la banalización. Nadie tiene tanta vida y tanta inteligencia como para someter bajo su poder de indagación la experiencia del mundo, por rica que esta sea. No olvidemos que un hombre sin el auxilio de la tradición a la que pertenece, lo sepa comprender o no, se encuentra a la deriva, maniatado para hacer apenas algo más que balbucear.

Soy hermeneuta y mi trabajo de analizar la literatura se ha realizado siempre al amparo de esta disciplina filosófica. No desconozco la importancia de los textos, ni desconozco que su naturaleza sobrepasa los límites de la escritura. Lo que no puedo comprender es la fetichización del texto de parte de los culturalistas, que se aferran a los productos culturales como la única verdad posible, como la evidencia material de todo esfuerzo del espíritu. No desconozco la genealogía marxista a la que pertenecen, lo que explica en gran medida la urgencia de utilizar los sentidos (sensación) para concebir un sentido (rumbo o lógica) del mundo; sin embargo, me queda claro que la postración de cara al ídolo textual empobrece el esfuerzo crítico porque simplifica y reduce la experiencia del mundo, la que para ellos está determinada por la imposición de ciertos rituales de consumo simbólico. Han realizado una matrimonio alquímico y sorprendente entre la economía y las mitologías, haciendo del hombre un mero devorador de signos.

Tengo un colega que ha renunciado a todo texto secundario en sus clases y ha optado por “ir a la cosa”, que no debemos entender aquí como un texto literario necesariamente; puede tratarse de una película, unos calzones o un empaque de comida para perro. No exagero. El caso es que ha de llenar las horas que le son asignadas en una mera especulación asistemática en la que solo resultan reconocibles algunos conceptos de uso común que se aprenden en los pasillos y no en la lectura. Ante cualquier crítica responde diciendo que su clase es una “experiencia”, un autentico performance singularísimo que no puede ser sometido por los acartonados planes de curso y esas cosas que los profesores de toda la vida han utilizado. Él no puede porque, aparentemente, su reino no es de este mundo.

Yo sostengo que la atomización de los intereses de esta clase de académicos es una consecuencia natural de dos cosas: la ausencia de una tradición y la urgencia de la novedad. Ciertamente hay teóricos en quienes se apoyan para establecer sus discursos, pero lo hacen en lo que yo denomino un canon blando; no son expertos en ningún autor porque es más grande su curiosidad que su disciplina. El texto de hoy importa menos que el de mañana. La mirada va del todo a la parte, a la parte de la parte, a las nano partículas del significado. Su análisis es unívoco y micrométrico, no reconoce la analogía, es inmanente y obedece más a las leyes del capricho fenomenológico que al pensamiento auténticamente crítico-tradicional.

El canon duro, sólido y encarnado por seres totémicos como el inconmensurable Harold Bloom desaparece para dar paso a un circuito de la verdad. Esto es muy interesante porque obedece a leyes del contacto interpersonal más que al saber sistematizado propio del conocimiento formal. El vacío dejado por la displicencia metodológica ha sido ocupando poco a poco por una práctica imitada en el contacto directo de las personas, en la conformación involuntaria de un protocolo discursivo asumido como adecuado para los grises fines de la multidisciplinariedad y el caos asumido de la totum revolutum culturalista. Este contacto formativo se ha visto amplificado con el devenir tecnológico que ha facilitado como nunca la diseminación de estas dos o tres ideas.

Como funesta consecuencia de esta dispersión propagandística que recién he mencionado, vemos hoy en día al nacimiento de una ilusión altamente perniciosa: el síndrome del sabedor. La facilidad para generar textos se confunde fácilmente con la erudición, que no es hija de la voluntad sino del esfuerzo decantado a lo largo de los años de experiencia existencial e intelectual. La sabiduría impone tiempo y atención, pero también contacto con un saber que viaja en la historia a través de un canon encargado de darle presencia y actualidad. El sabedor, en cambio, no es sino un ignorante voluntarioso y desinhibido capaz de decir grandes tonterías sin que el menor rubor se asome a su rostro.

Se trata de una cadena de voces, de un colectivo de ideas más o menos definidas que se transmiten por contagio, formando de esta manera una cultura de oídas a la que se acogen oferentemente los novicios. Saben que no se precisa más esfuerzo que la presencia y la voluntad infatigable de analizar “productos culturales” siguiendo los preceptos del recetario del culturalismo. Todo es texto, todo es arte, todo es cultura; de modo que todo es todo, cerrando voluptuosa y vanamente el perfecto círculo de la nada.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s