La incapacidad de la interlocución

 

Dialogo

Hay algo que me causa mucho dolor y que espero combatir con mis acciones y mis palabras: el solipsismo de los académicos. Es una pena que no exista en la inmensa mayoría de ellos el ánimo y el entusiasmo de salir al encuentro de sus colegas; no sé cómo esperan que su obra crezca si no han desarrollado la capacidad de escuchar a los demás con atención. Quien se dedica a escribir o leer encerrado en su oficina es un desventurado que condena su oficio a la mediocridad; el choque y la crítica colegiada seria vuelven maduros los textos y a las personas. No nos bastamos a nosotros mismos, por eso necesitamos del peso de una tradición que nos avale (diacrónico) y de una interlocución que nos rete y estimule (sincrónico). Sin estos dos ejes fundamentales nuestro oficio sería absurdo, es decir, innecesario.

Hay cierto talante engreído en el académico típico de las humanidades. No lo sé bien porque no soy un experto en la conducta humana, pero no me es muy difícil comprender detrás de esos arrebatos de soberbia una profunda inseguridad sobre sí mismos y sobre su propia obra; es como si fuera menester inflamarse de cara al espejo para evitar ser menospreciados por nadie. Es ridículo. Se trata de un auto sabotaje que limita y empobrece siempre porque quema puentes, cierra las puertas al diálogo y el encuentro. No es raro encontrar a algunos investigadores y profesores que en sus papers e intervenciones son la absoluta negación de lo que ejercen en su día a día: lo verdaderamente trágico aquí es que no se han dado cuenta de tan profunda ruptura interior.

Si tenemos que hablar de un paradigma, pensemos en Prometeo, el robador universal del fuego. Hijos de una modernidad —esa que niegan con fervor comprensible—, aspiran a la consumación individual de sus proyectos. No se asumen como personas sino como individuos, es decir, su antropología es más instrumental que trascendente: el ser humano como agente de una historia fragmentada. Encarnan la voluntad total, alienada y combativa: su afán es el de construir textualidades testimoniales, por eso aman la primera persona del singular. Se hablan a sí mismo frente al espejo, se cuentan la misma historia una y otra vez, son héroes para nadie, mensajeros de una luz que esconden bajo la tierra.

Vivimos una era de especializaciones. Esto ha permitido que el alcance de las distintas áreas del saber científico sea más hondo, cosa que aplaudo con verdadero entusiasmo. Sin embargo, cuando hablamos de las humanidades no estamos refiriéndonos a una disciplina en modo alguno semejante a las ciencias positivas. Las humanidades deben aspirar a la universalización porque la condición humana trasciende los corsés que impone la cultura o el carácter local. Por esto es que no podemos, como humanistas, refugiarnos en un mundo delimitado por las tres o cuatro lecturas de una tradición restringida, escogida a modo para aligerar nuestras cargas. El deber más alto del humanista es el de salirse de sí mismo cosntantemente, es decir, de ampliar por fuerza el perímetro de sus circunstancias, entre las cuales descuella primordialmente la lectura. Nuestro trabajo académico debe ser el de habitar estoicamente esa frontera ardua que separa (y unifica) el conocimiento tradicional y la experiencia novísima.  

La idea de los nichos o compartimentos es uno de los tantísimos conceptos que se han calcado del mundo empresarial. La omnipresencia mercantil en nuestra sociedad impone no solo vocablos, sino también concepciones del mundo, prácticas, relatos que vinculan a amplios sectores de la sociedad. En nuestro oficio no podemos hablar para un nicho o segmento poblacional, es absurdo. Como he dicho antes, nuestra obligación más necesaria (y lógica) es la de trasgredir áreas de conocimiento por una sencilla razón: no importan hacia dónde dirijamos nuestra atención, ahí encontraremos rastros de lo humano. Somos criaturas del tiempo, vamos en él como los peces en el agua de un río a veces turbulento, a veces plácido.

Una de las consecuencias más claras de la precariedad de intereses académicos es la repetición en la obra del profesor e investigador contemporáneo. No produce, reproduce. El “corta y pega” se ha vuelto el modus operandi en un mundo donde la curiosidad ha caído en picada y la pereza, antiguamente tenida como la madre de todos los vicios, es hoy la alcahueta de las promociones a modo. Se escribe siguiendo un recetario aprendido en los años del posgrado, donde los profesores, sedientos de inmortalidad, se reproducen por gemación en sus más aventajados discípulos. No exagero si digo que uno podría perfectamente transitar por la profesión escribiendo una y otra vez el mismo artículo, el que después, multiplicado prodigiosamente puede convertirse en un libro, o varios. En las humanidades de hoy en día se rinde un culto atroz al texto más que al sentido.

Son muchas las pérdidas que las humanidades han enfrentado debido a la imposición de la dictadura cultural. Una de ellas es la de la renuncia a la tecnología, a pesar de la irrupción en el escenario de los ismos actuales de las humanidades digitales; el problema con estas últimas es que entienden las tecnologías como meras herramientas, tal como sucede en el mundo de las ciencias experimentales. El asunto es que la tecnología, sobre todo las llamadas de información y comunicación, nos permite comunicarnos de una manera que hasta hace muy poco tiempo no hubiéramos siquiera imaginado. Ahí es donde la tecnología puede favorecer todo esfuerzo humanista, en la posibilidad de realizar encuentros y enlazar personas que comparten intereses comunes a pesar de encontrarse a muchos kilómetros de distancia. La tecnología ha superado el deseo de encuentro que se supondría en alguien cuyo oficio consiste en explorar las geografías del espíritu humano.

En todo esto, claro está, detecto la indolencia de quien ha hecho de su oficio un mero mecanismo de supervivencia, un mal necesario del que no se puede desembarazar todavía. Han perdido el entusiasmo y no confían en sí mismos ni en sus métodos, por eso renuncian a toda indagación temática o, en este caso, tecnológica. No tienen más fuerzas que las de la repetición fastidiosa, la redundancia mimetizada en esfuerzos estilísticos cada vez más predecibles y cansinos. Abrir una revista académica hoy en día es abrir un portal a 1995. En todo esto no hay sino una mentalidad burocrática, que es en lo que se han convertido los profesores: funcionarios. Los ha atrapado un sistema de repeticiones y gratificaciones previstas en donde el espacio para la innovación ha sido reducido debido a las premuras de una inminente promoción a permanencia. La universidad, que debería ser el espacio natural para la discusión de las ideas, ha tornado en una fábrica de opiniones en serie determinadas por la policía política de un weltanschauung fascinado por las autoafirmaciones étnicas.

La interlocución rota desde la insana voluntad de desmontar uno a uno los principios de occidente, no solo es inmoral sino, además, estúpida. Sin comunicación no puede haber tradición, es decir, no puede haber innovación auténtica. Esto nos condena a la ceguera. El mundo no es lo que el señor académico —aferrado a sus prejuicios— quiere que sea, sino lo que es; y esto que es y que está siendo siempre es lo que conviene averiguar como hermeneutas que somos. Nadie agota en sí mismo todas las lecturas, de ahí la urgencia del encuentro con los demás, con los colegas, con quienes debería unirnos una vocación auténtica y luminosa de colegialidad y, por qué no decirlo, de fraternidad. En esto sueño, esto deseo.

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