La renuncia a la tradición

lead_82079.pngSomos seres del tiempo, ahí moramos. Nuestro hogar es la perduración: somos conscientes de nuestro paso, vamos de un lado a otro investigando, reconociendo, palpando, buscando interpretar ese mar de signos que nos rodea. Sabemos que vamos a morir. Anticipamos el fin de nuestros pocos días mientras miramos con una mezcla de horror y dulzura el tiempo que ya fue; la existencia tiene solo tres puntos cardinales: presente, pasado y futuro. Por todo esto es que somos capaces de vincularnos con los que ya fueron, a quienes tratamos de recuperar a través de sus obras, que son las huellas que han dejado.

La academia culturalista renuncia a toda recuperación del pasado o a todo entusiasmo por el porvenir; es decir, no son ni nostálgicos ni revolucionarios. Viven de una falacia temporal que los ancla a un aquí y ahora que no se desplaza jamás sobre la banda de la historia. Han hecho del tiempo presente un estadio para morar, abandonando con ello toda posibilidad de innovación y búsqueda. Ya que la crítica les parece una fruslería, abandonan todo revisionismo ideológico mientras se afanan por elaborar una y otra vez la misma receta; solo hay una en su libro de alquimia cultural: la realidad es un texto, una historia que el poder se cuenta a sí mismo y en la que la que casi todos jugamos un papel secundario. Hay que llorar nuestro abandono incurable.

Son posmodernos, lo que equivale a decir que reniegan el presupuesto moderno, es decir, el proyecto ilustrado. Descreen del progreso que, como sabemos, es lineal y ascendente; han cerrado la puerta a toda posibilidad venidera. ¿No es esta la mejor manera de destruir las ilusiones de los más jóvenes? Como todos los cínicos, confunden la dificultad con lo imposible. Se cierran en la ironía, el juego, la escritura caótica de un texto que se sabe sin lectores antes de ser elaborado. No buscan comunicar tanto como hacer ruido, rayar el territorio con señales que son más hijas del aburrimiento que del deseo de expresar. Si como dice Fukuyama, la historia ha terminado, los académicos culturalistas son, sin duda alguna, habitantes de ese reino condenado a permanecer en vilo por toda la eternidad.

Aquí hay una paradoja: el suicidio cultural ocurre en un contexto histórico de vértigo. Vivimos, para nadie será un misterio, atrapados en el devenir de una sociedad hiper acelerada, incandescente. Esto los atañe también y probablemente por ello es que sean los que más han escrito, a pesar de que dicen odiar la naturaleza lógica y secuenciada del lenguaje; son parte de un sistema que los absorbe y dirige, muy a pesar suyo. Están condenados a producir a toda velocidad porque, incapaces como son de echar la mirada al pasado o al futuro, viven a semejanza del presente, naciendo y muriendo en un mismo instante. Desconocen el poder de la pausa y las mieles del ocio reflexivo: para ellos no hay nada en que pensar. Todo se resume en la mirada, por eso es que aman las artes visuales, porque son idólatras y aspiran a ser posverbales, como si desearan fervorosamente convertirse nuevamente en chimpancés.

Aspiran a ser populares. Hay una expresión que utilizan con sospechosa frecuencia: visibilizar. Les fascina la idea de que alguien los reconozca y admire, por eso es que promueven “grupitos” que se encuentran en sus congresos y en los que se impone una estructura piramidal y rígida en la que los fundadores detentan un poder de seducción y admiración que no concede crítica alguna. Ellos son la tradición y habrá de morir con ellos. Les resulta imposible reconocer que son parte de una conformación histórica a la que cada generación aporta en un movimiento constante de revolución y asimilación. Temen la indiferencia más que nada en el mundo.  Su proyecto, por absurdo, se encuentra condenado al fracaso: robar nuevamente el fuego.

La manera más efectiva de demostrar públicamente su ruptura total con el pasado y el futuro es su antiintelectualismo. Un rasgo característico es la apropiación de modismos populares que ellos asocian con culturas marginales; afirman odiar el status quo o Establishment, como dicen por estos días. Llegan a extremos ridículos, como el de un profesor que poco antes de una lectura me comentó, haciendo un gesto de envanecimiento petulante, que él no compraba libros porque no compartía conmigo “el fetichismo de la cultura escrita”. Después de oírlo me quedó claro que me estaba diciendo la verdad: su pobreza de recursos imaginativos, teóricos y verbales era tal que me ocasionó un doloroso enternecimiento. Era un caso perdido y lo peor de todo es que estaba muy lejos de ser un caso aislado.

Tuve un profesor antiguo, un catalán noble forjado en la vieja escuela y muy dado a la broma y la conversación ligera. A él le gustaba llamarlos los “nuevos románticos”. No se equivocaba, poseen como sus tatarabuelos germanos una vocación insobornable por el amaneramiento sentimental; a diferencia de sus ancestros, esto no se refleja en la nostalgia o el amor edulcorado, sino en su insufrible vocación de redentores de pueblos. Se lo llegan a creer, me queda claro, por eso rellenan sus panfletos académicos de slogans y frases huecas con las que suponen desenmascaran a los neocolonizadores del capitalismo global que ellos insisten en llamar “neoliberalismo”, seguramente porque el término ya ha alcanzado una muy extendida cuota de carga peyorativa. Hay un íntimo placer en sentirse puro al señalar a los desviados corruptores del porvenir. “Neoliberal” es hoy un epíteto que condena y separa, que anuncia el advenimiento de un poder rectificador de la historia sin el menor asomo de crítica seria o problematización intelectual; se le llama neoliberal a alguien de la misma manera que se le ha dicho a alguien antes “moro”, “judío” o “indio”. Una palabra para desfigurar una presencia.

En estos señores “neorrománticos” todo es actualidad. Son hijos del impulso y la algazara; todo es juego, todo es irreverencia y renuncia a lo complejo. No se vinculan en el tiempo, no buscan sus raíces tradicionales, por eso es imposible para ellos el romperlas y fundar con legitimidad sus propios reinos. Están perdidos en un aquí y ahora agobiante que no termina nunca. Todo en ellos es repetición de sí mismos, ilusión de movimiento, premura en la que no hay sentido ninguno. Abandonaron su villa buscando perderse, pero no puede perderse quien ha destruido una a una sus memorias.

Al renunciar a la tradición han dejado de ser parte de algo mayor que otorga sentido. Se agrupan desesperadamente en torno a prácticas vistosas que quizás en algún momento resultaron entretenidas, cierto, pero que hoy muestran a través de su transparencia un vacío doloroso. Forman un yo colectivo, un yo plural; tal vez sea el primer caso en la historia en la que un ego agrupado sufre en todas y cada una sus partes la multiplicada soledad del conjunto. “No serviremos”, dijeron al pensar en la tradición, la lengua, el sentido, la razón, la historia, la trascendencia, la verdad, el sacrificio y la espera. No aguardan nada porque no hay nada en el reverso del mundo, no hay meta ni tiempo de volver. Hijos del materialismo, se aferran a los sentidos como a una tabla de náufragos: caerá la noche y nacerá nuevamente el día. La historia se deshace siempre de sus criaturas más oscurecidas. Lo veremos todos. Lo sé bien.

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