El relativismo

ethical-relativismEl relativismo es una trampa, un equívoco que se instaura de modo dogmático porque resulta liberador para quienes no quieren asumir una responsabilidad existencial, personal y comunitaria. El relativista por antonomasia es una contradicción: afirma que la realidad es una cuestión de perspectivas al mismo tiempo que se enfurece frente al que cuestiona su creencia. ¿No está obligado el relativismo por fuerza a considerar válidas todas las posturas, incluyendo aquellas que avanzan en su contra? En la práctica parece ser que no es así. Tengo la sensación de que la gran mayoría de quienes se ostentan -implícita o explícitamente- a sí mismos como “relativistas”, lo hacen movidos por un impulso mucho más emocional que reflexivo. Aunque no estén dispuestos a aceptarlo, creen ver en esta atomización de la verdad el imperativo ético de nuestro tiempo.

La realidad es que el relativismo es una imposibilidad: si afirmamos que todo es relativo, el carácter absoluto de dicha afirmación desmiente lo que afirma; por otro lado, si efectivamente todo es relativo, también lo relativo es relativo, es decir, debe asumir cierta generalización que -por necesidad- habrá de imponer límites a su dispersión. Es imposible superar esta trampa por un camino distinto a la analogía, que es algo que los griegos supieron comprender para eludir la estafa de los absolutos. Creo que nunca como en este tiempo de crispación política global (escribo en septiembre de 2018) esta concepción prudente de las cosas ha sido más necesaria. Es la hora de la sutileza, de la resolución inclusiva del conflicto y, sobre todo, de la defensa de ciertos principios de orden ético que permitan la construcción de un suelo común sobre el cual erigir con solidez un mundo justo, creativo y esencialmente plural. He dicho de este documento que es un alegato humanista, tal vez deba recordar que por eso mismo es una defensa furiosa de la libertad.

La libertad relativista es una falacia. Entraña la idea (muy fácil de vender) de que “todo vale”; no cuesta mucho trabajo comprender la facilidad con que el relativismo ha calado y perdurado en nuestra sociedad. ¿Pero cuál es su origen? Sin pretender retrotraerme hasta el sofisma protagórico[1], entiendo que la reacción relativista del siglo XX nace de una profunda desconfianza ante el poder de la razón instrumental para conseguir un mejor orden de cosas; aparentemente el proyecto ilustrado se había agotado y como consecuencia de esto toda tradición y toda escuela se mostraba insuficiente. El relativismo es una auténtica rebelión de cara al poder de la cátedra, es decir, de la autoridad iluminista.

Frente al monolítico unívoco del positivismo se plantea, pues, la reacción equívoca de la apuesta relativista. Esto se aprecia con toda claridad en las cátedras de los profesores en las universidades, particularmente en los Estados Unidos, donde la theory persiste, a pesar del terremoto político que dicho país y el mundo occidental enfrentan debido al advenimiento de líderes e ideologías contrarias al sentido natural de occidente, que es liberal, humanista, democrático. El gremio profesoral de las humanidades en su inmensa mayoría ha apostado por asirse a un ejercicio diseminado y caótico que confirme la naturaleza fundamentalmente amotinada e intrascendente de su práctica docente: embisten contra todo “logocentrísmo” con sus espadas de trapo.

Paradójicamente, esta condición reactiva los vincula de manera indisociable con la fuente y origen de su revuelta: la razón. Su irracionalismo, asistemático y torpe, escapa por las vías de la reivindicación y la ironía. Evitan la discusión porque si no lo hicieran reconocerían de manera tácita el valor de la confrontación racional de las ideas. Prefieren divertirse en sus juegos de humo, que pueden ser entretenidos para algunos, pero que se encuentran destinados a perecer sin dejar ninguna impronta. Digo esto porque tengo para mí que nuestro más alto deber dentro del aula (y dentro de la biblioteca) es participar en una búsqueda personal y comunitaria del conocimiento y de sus experiencias, asumiendo críticamente la tradición, es verdad, pero sin tomar una actitud de tabula rasa o de fascinación infantil por el instante presente. Entre lo antiguo y lo nuevo, entre lo sólido y lo etéreo debe prevalecer la persona, es decir, la encarnación perfecta de la analogía.

El relativismo separa, nos separa y divide. El corazón de toda apuesta fragmentaria del saber, antiuniversalista y baladí es siempre el solipsismo; ya que no es posible establecer puntos de acuerdo, comuniones, como me gusta decirlo a mí, se pondera como nada en el mundo al ser monologante que improvisa sobre la marcha y se cierra sobre sí mismo, ajeno a toda posible interpelación. El costo de esto es elevadísimo: basta echar un ojo a unas cuantas de las muchas, muchísimas publicaciones académicas para darnos cuenta de todo esto que digo: cada uno en su parcela, con sus obsesiones, atrapado en una experiencia intratextual, cuando no meramente intraverbal, que nada dice, pero que avanza y puebla páginas con una escritura que está más cerca de la mancha que de la frase inteligible.

Aquí hay una derrota: el ruido se superpone a la voz. El miedo a la “violencia teórica”, que se asocia sobre todo al desarrollo tecnológico y el advenimiento de las máquinas de guerra y exterminio, establece una simplicidad estilística grandilocuente que, como he dicho, evade la claridad, porque a falta de hondura habrá de sobreabundar siempre la estridencia y la confusión de los detalles. Como alguna vez le escuché decir a una profesora: “Todo es exploración”. El pánico a la conclusión hace que el discurso no cese, que gire en redondo y que omita toda posibilidad de ejercicio crítico frente a los textos y frente a la realidad misma y sus actos humanos. Las implicaciones éticas de esto son tan evidentes que me parece ocioso recalcarlas. Recordemos: ejercer la crítica es la forma más efectiva y noble de defender la libertad.

Finalmente, el relativismo es (auto) destructivo. Por un lado, cierra las puertas al desarrollo y consolidación de aquellas ideas que son beneficiosas para la persona y la comunidad; por el otro, y ya que la afirmación es para el relativista algo sospechoso, omite el alto deber de señalar los desvíos éticos. Sin una plataforma moral clara que determine lo que es correcto o incorrecto, todo discurso sobre los actos humanos es un puro desatino y, por ello mismo, algo prescindible.

La academia culturalista o identitaria, que son ramales del mismo tronco, teme por encima de cualquier cosa la generalización. Su reino se ha hecho de particularidades infinitas, es decir, de coloridas y estridentes insignificancias.

[1] Archiconocido filósofo presocrático nacido hacia el año 480 A.C. y conocido por el dictum: “El hombre es la medida de todas las cosas. Sofista de la escuela de Heráclito, concibe el ser como apertura a las posibilidades infinitas de un mundo en perpetuo movimiento.

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