¿Cómo leer un poema y por qué? Una propuesta desde la hermenéutica analógica.

haiku-uribe-7.jpgPreliminar

Empezaré diciendo lo que siento: usted no tiene por qué leer un poema si no quiere, y en caso de querer hacerlo, usted puede leerlo como le dé la gana. Si, en cambio, usted quiere leer un poema y además se interesa por las razones por las que debe hacerlo, pase entonces, que aquí podemos conversar sobre un tema que ciertamente estimula la cabeza y el corazón. Ganamos todos.

Desde pequeño me ha interesado la poesía, pero no fue sino hasta que entré a la universidad a estudiar formalmente literatura que comprendí la importancia que tiene la lectura del poema, una lectura analítica y sensata que no sea mera aplicación mecánica de conceptos sino un esfuerzo creativo por comprender lo que el texto poético sugiere[1]. Por aquel entonces, lo recuerdo bien, estaba convencido –como es natural en un joven apasionado- de que la poesía no era sino el arrebato místico de algunos iluminados que “escuchaban voces” y que sencillamente ponían sobre papel el fruto de aquellos hermosos delirios. Sin eliminar del todo la posibilidad de esas intrusiones de lo divino en lo humano, ahora comprendo que el asunto poético, por llamarlo de algún modo, es mucho más terrenal y cercano de lo que jamás había pensado; aun más, como profesor entiendo hoy que la lectura de la poesía sigue siendo para los estudiantes un “coco” o gran reto que los desalienta muy pronto: “Es como estudiar matemáticas”, recuerdo que me dijo una estudiante una vez, y creo que no andaba muy descaminada. La matemática y la poesía no existen sin los signos, pero ya tendremos tiempo para hablar de esto.

La poesía es experiencia viva del mundo, testimonio, creación y esfuerzo espiritual. En medio de una sociedad como la nuestra, envilecida por una ideología de compra-venta totalizante, la poesía se me presenta como una declaración de principios de la condición humana: esfuerzo apasionado por comprendernos como la parte espiritual de la vida. Nada hay más alejado del lucro que el poema, porque no nace del interés sino de la intuición y del hondo amor por las palabras: todo en la poesía es gratuidad y encuentro.

Creo en la poesía como un acto de resistencia ante las fuerzas deshumanizadoras que nos rodean. Por eso creo también que la educación no puede olvidarse del importante papel que la poesía debe representar en cualquier plan de estudios que se precie de ser serio. Educar es más que entrenar para la empresa: la educación debe implicar, desde mi punto de vista, una exploración profunda del misterio propio de la condición humana. Mostrar la sutileza del arte en sus expresiones más refinadas y complejas, como sin duda alguna es la poesía, no debe considerarse algo de otros tiempos, como macabramente nos quieren hacer creer los paradigmas culturales del neoliberalismo omnipresente; esto es particularmente absurdo si se piensa que en el presente contexto posmoderno, las propias instituciones educativas, que deberían trabajar a favor de las humanidades -parte sustancial de su razón de ser- se encargan de desmontar lo que consideran antiguallas de una modernidad superada y ciertamente perniciosa: están desmontando el basamento de su propia estructura y parecen no darse cuenta. Son perversos o simple y llanamente unos irresponsables.

Todo lo que profesionalmente he realizado en mi vida tiene que ver con la poesía y en esta he encontrado no solo una vocación y un destino sino también un motivo de lucha y alegre resistencia. Esto que lees es parte de mis humildes esfuerzos por honrarla de la mejor manera: difundiéndola.

Carácter simbólico del poema

La poesía es simbólica, lo que implica dos cosas: interpela nuestros sentidos y entraña un significado trascendente equívoco o plural al que se accede a través del pensamiento analógico o aproximativo. Aquí es donde el camino de lo poético y lo matemático se bifurcan, como suelo recordarles siempre a mis alumnos; mientras los signos apuntan hacia un referente determinado, conciso, los símbolos se abren hacia un abanico de posibilidades más bien difusas aunque acotadas. Los simbólico no apunta hacia lo uno sino hacia lo múltiple, por eso que toda lectura poética implica participación más que identificación. El poema sobreabunda sentido, y en esto es fiel imitador de la naturaleza, que no se cansa nunca de hacerse y rehacerse: siempre antigua y siempre recién nacida. Para simbolizarse, la poesía se desentiende de lo referencial y lo inmediato, se hunde hacia su interior para buscar su verdadero rostro y en no pocas ocasiones lo que encuentra no es un bello paisaje sino un páramo desolado o una porción de humanidad desgarrada. La poesía moderna[2], reflejo de una realidad social, cultural y económica compleja, respondió a esta revolución de la sociedad con experimentos y mutaciones capaces de crear formas que adquirieron plena conciencia de su carácter simbólico y que, en consecuencia, se oscurecían deliberadamente[3]. Friedrich da cuenta puntual de dicho tránsito:

El poema aspira a ser una entidad que se baste a sí misma, cuyo significado irradie en varias direcciones y cuya constitución sea un tejido de tensiones de fuerzas absolutas, que actúen por sugestión sobre capas prerracionales, pero que pongan también en vibración las más secretas regiones de lo conceptual. (La estructura de la lírica moderna 5)

De lo anterior me llama particularmente la atención el hecho de que el crítico alemán vea en el poema un aspiración a la unidad, y es que no puede ser de otra manera: si el poema se retoca desaparece, se convierte en otro poema, en otra cosa y en ocasiones -como se ha visto en el caso de posteriores modificaciones realizadas por mano del propio autor- la mutación resulta trágica. El poema es único en cuanto símbolo pero múltiple en cuanto a referentes y experiencias, por eso reclama de la participación del lector, para que su carácter simbólico comunique y comulgue con el ser de la persona que lee; no olvidemos que la poesía trasciende lo descriptivo e informativo para adentrarse en la esfera de lo eidético[4]. Respecto al símbolo, el filósofo mexicano Mauricio Beuchot apunta:

El símbolo (del griego “symbolon”, formado de “syn” y “ballo”: arrojar o yacer conjuntamente dos cosas que embonan entre sí y, por lo mismo, que son partes de una más completa, como una moneda, medalla, etc.), es el signo que une dos cosas, dos elementos o dimensiones. Así, lo material con lo espiritual, lo empírico con lo conceptual, lo literal con lo metafórico o alegórico o figurado. Tiene dos partes. Una es conocida, nos pertenece; es con la que iremos en busca de la otra, la que embona con ella, con la cual y sólo con la cual se cumple la simbolización, se lleva a cabo el acontecimiento de simbolicidad. (Título del libro 144)

Apelo a la precisa claridad de Beuchot porque me sirve para explicar ese carácter de sugerencia del poema; la obra no se cumple hasta que la lectura la interpreta (como veremos adelante) de un modo prudencial. Entonces lo que el poema tenía que decir se dice, y no porque se trate de un continente lleno de una sustancia que ha de comunicarse al lector tanto porque en su carácter de símbolo es capaz de despertar en la persona que lo lee aquello que ya llevaba dentro, y que seguramente desconocía. Me gusta pensar en la poesía como la luz que ilumina realidades interiores solamente intuidas: le otorga cuerpo y consistencia a las sombras.

La verdad del poema es experiencial y se comunica a sí misma gracias al artificio literario. El imperativo de la justificación textual permite conocer los límites del poema, que sin duda los tiene y que es importante conocerlos para evitar caer en el absurdo de la interpretación equívoca o infinita. Tratándose de interpretaciones, no todas son válidas, y no porque lo diga yo sino porque el poema mismo, una estructura fija, establece los términos de la coherencia; de hecho, esta es una de las primeras aclaraciones que les hago a mis alumnos, porque es muy común que, por ingenuidad o por pereza, intenten atribuirle a cualquier imagen del poema un carácter “simbólico” sacado obviamente de la manga y que no se sostiene por ninguna parte. Ante lo claro como ante lo opaco, la interpretación caprichosa es una impertinencia.

El símbolo funciona dentro de un plano paradigmático y hunde sus raíces en lo material gracias a la imagen, que interpela a los sentidos; es como la chispa que provoca la ignición o, si se quiere y para echar mano de la vieja metáfora del camino, el punto de partida. El símbolo pertenece a la estructura de la semiótica y permanece como referente cultural común al que se accede, por ejemplo, a través de la metáfora; esta –y los tropos en general- forman parte de los juegos de la semántica, que suelen ser mundanos y por ello se desgastan con mucha facilidad: baste leer un poema del siglo XIX para darnos cuenta del grado de obsolescencia que pueden alcanzar las estructuras literarias. Sin embargo, el símbolo no, permanece como motivo transhistórico[5] anclado en el mundo de la vida, que es el de la experiencia. Paul Ricœur lo dice con precisión: “Metaphor occurs in the already purified universe of the logos, while the symbols hesitates on the dividing line between bios and logos. It testifies to the primordial rootedness of Discourse in life. It is born where force and form coincide.” (Interpretation Theory 59) Tener conciencia del carácter simbólico del poema nos prepara para su lectura, renunciando a todo impulso traductor o instrumental y abrazando la idea de la interpretación comprensiva, que implica trascender la rigidez analítica univocista y participar del símbolo. Saber que la poesía es simbólica nos despierta y prepara para recobrar la conciencia de ese sentido último y humanísimo, que con el paso del tiempo y la inercia de lo cotidiano tiende a desvanecerse.

La lectura del poema no solo nos habla del poema, nos habla de nosotros mismos, que somos la vida, aunque no nos demos cuenta: tal es el poder de lo simbólico.

No olvidemos que el poema es lenguaje

Hay poetas que temen de un modo casi infantil la posibilidad de un poema que diga cosas, que sea capaz de interpelar el mundo de la carne y las ideas, de los sentidos y el pensamiento. Contra todo esto diseñan un plan: gruñir en lugar de hablar, sepultar bajo toneladas de ruido y aspaviento tecnológico la más mínima posibilidad de la palabra; el valor de esta poesía se encuentra determinado por la popularidad, que representa consumo y entretenimiento: pulgares arriba en lugar de consistencia estética. Poetas emulando a los cómicos de la stand-up comedy, “performeros” e improvisadores que toman por asalto las redes sociales y que caen de rodillas ante el poder seductor de los desplantes audiovisuales. ¿Qué queda, me pregunto, cuando todo el aspaviento termina? Nada o muy poco. Aún más, no creo que esta vacuidad por diseño les perturbe en lo más mínimo: aspiran a la disolución y creo que van en camino de conseguir su meta muy pronto. Carlos Fajardo apuntala:

En busca del aplauso, del éxito, la marca y un futuro de adulaciones por parte del establecimiento, el poeta se rebaja a ser bufón de la corte mediática para no ser víctima de un pronto olvido. Asegura con ello su imagen pública y olvida la lucha por la indagación poética. (http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/posmoder.html)

El ataque contra el lenguaje es un intento desesperado por eliminar todo indicio de perduración. Ignorando muchas de las fuerzas que confabulan contra el arte, los propulsores de una estética posmoderna creen seguir un impulso genuino de creatividad y ruptura definitiva, pero lo que hacen es eliminar todo carácter simbólico, que como hemos visto es parte fundamental de la poesía y de la vida humana. Aspiran a una poesía sígnica, volátil, efímera y estridente; viven entusiasmados por el poder de lo audiovisual, de los recursos telemáticos que se les han insertado como cables de fibra óptica en sus conciencias posmodernas. Existe una clara tendencia actual en el mundo de la poesía a trascender la palabra escrita y “experimentar” con recursos poéticos alternativos, por llamarlo de algún modo; es una realidad, nos encontramos de cara a un fenómeno que por su misma naturaleza telecomunicacional se ha expendido como parte de nuestra cultura planetaria[6] y que impone retos para su estudio, comprensión y seria crítica. En un texto breve que colinda con lo profético, Octavio Paz  afirma:

Hoy las artes y la literatura se exponen a un peligro distinto:

no las amenaza una doctrina o un partido político omnisciente sino un proceso económico sin rostro, sin alma y sin dirección. El mercado es circular, impersonal, imparcial e inflexible. Algunos me dirán que, a su manera, es justo. Tal vez. Pero es ciego y sordo, no ama a la literatura ni al riesgo, no sabe ni puede escoger. Su censura no es ideológica: no tiene ideas. Sabe de precios, no de valores. (La otra voz  125)

En este texto escrito hace un cuarto de siglo se anticipaba ya con toda claridad la farandulización de la poesía, la exaltación de lo efímero como condición esencial del poema y la celebración colectiva del absurdo. Todo como consecuencia de un modelo económico tardocapitalista omnímodo que se cimienta en la promoción del consumo como raison d’être de la persona: radical oposición a la gratuidad implícita en el poema y que he señalado antes.

En lo particular, no desacredito nada a priori en materia de arte y poesía; necesito obligadamente enfrentarme con el texto y corroborar si mis prejuicios son ciertos o no, si hay alguna vía de encuentro y lectura posible. Esto es precisamente lo que implica el círculo hermenéutico. Aún más, deseo fervientemente encontrar siempre en lo novísimo un golpe de verdad que me hable de una renovación valiosa de la tradición lírica y no de un mero artificio farandulero y simplista, como parece ser una tendencia global en estos días. Sin esa necesaria ruptura es imposible que el arte y la poesía tengan un carácter concreto de comunicación y de valor estético.

El poema, pues, es lenguaje, palabras que se disponen para expresar de un modo personalísimo una crónica de las realidades interiores del poeta. No es un fin en sí mismo sino un medio de participación de la realidad, de conocimiento propio y de revitalización del idioma. Este sentido de participación y pertenencia (a una comunidad, a una tradición) es esencial para el desarrollo de la persona y de la poesía misma, por eso es que en la posmodernidad, sintomatología cultural del monstruo neoliberal, se promueve el culto a un yo desarticulado socialmente, bulímico y sediento de aprobación virtual. Alicia Faraone lo expresa con economía y puntualidad:

La nueva subjetividad posmoderna llama con urgencia a una tarea de superación de la escisión del sujeto, a través de la recuperación de la profundidad histórica en oposición a la superficialidad del presente incomprensible y caótico. (http://www.smu.org.uy/publicaciones/noticias/separ115/art-19.pdf)

Se desmonta el poema porque entraña una libertad y una responsabilidad enormes, esencialmente la de indagar en nosotros mismos, en nuestra experiencia de la vida, y esto nos obliga a comprometernos existencialmente, a responder a los escenarios del mundo. La poesía interpela, mueve y conmueve, testimonia y punza, enternece; de ahí su incompatibilidad con una época dominada por mercadólogos y publicistas. La ética del lucro a toda costa empapa las páginas (en caso de que las haya) de la poesía posmoderna, y lo hace de un modo sibilino, revestida de libertad absoluta y crítica feroz de lo antiguo. Los parámetros estéticos caben en lo cool y lo demás parece salir sobrando.

Bajo la premisa autorrefutante de que todos los grandes relatos de occidente se han derrumbado, se promueve la vaciedad como sentido último, o antisentido, por decirlo de alguna manera. Pero el lenguaje, materia sin el cual no hay poesía, dista mucho de no decir nada, ni cuando el autor mismo se empeña en que así sea. El sentido en la poesía es una dulce condena.

El acto de la interpretación

El título del presente ensayo invita a preguntarnos cómo es que debemos leer un poema y por qué debemos hacerlo. En el apartado anterior he tratado de mostrar la pérdida implícita en una creación y lectura superficiales de la poesía; en este, por su parte, pretendo lanzar dos o tres líneas generales de lectura o interpretación, las que he derivado directamente de la propuesta hermenéutica analógica del profesor Mauricio Beuchot. Dicho de manera muy básica, la hermenéutica analógica propone una lectura proporcionada del poema; es decir, busca que aquello que se dice sobre él corresponda en cierta medida con su naturaleza estructural, que por ser palabra es en parte metafórica y en parte simbólica: parte lenguaje y parte sentido. La justificación de la interpretación no es traducción directa sino analógica, es decir, parcialmente semejante y parcialmente diferente. Sin este anclaje necesario, la interpretación deja de tener toda referencialidad con el poema y se vuelve una pura ingeniosidad, una especulación sin sentido que obedece menos al esfuerzo personal de comprensión que a la mera voluntariedad y el disparate.

La poesía es parte de una tradición y es también un signo dialogante, es hijo y padre de otros signos semejantes. Conocer estas vinculaciones ineludibles es un deber intelectual que nos ayuda a comprender el fenómeno poético y dimensionarlo con justicia: quien ignora que el poema pertenece a una comunidad sígnica debe enfrentar el riesgo de decir muy grandes tonterías. Por otro lado, en el campo académico, que es en el que yo me desenvuelvo, sería imposible desarrollar pedagogías de la poesía adecuadas. No se puede hacer de la ocurrencia un sistema, no al menos si sobre nuestros hombros pesa la responsabilidad de la docencia. Los poemas no se materializan milagrosamente ni son dictados por las musas, sino que son el producto de una sensibilidad epocal, de una respuesta estética a ciertas condiciones culturales de la propia persona.

¿Qué elementos son necesarios considerar para entender el proceso de lectura hermenéutica? Pues bien, debemos empezar por la idea de un texto, que no necesariamente es un texto escrito, aunque muy probablemente eso sea lo primero que se nos venga a la cabeza al escuchar dicha palabra[7]; en el caso de la poesía, claro está, estamos hablando de palabras dispuestas sobre una página. De cara al texto se encuentra un sujeto, el lector, una subjetividad creada a partir de una serie de circunstancias concretas que denominamos el contexto: debido a esta sumatoria de experiencias es que la persona o lector siempre ha de plantarse de cara al texto con una serie de prejuicios o ideas preconcebidas, una serie de intuiciones que nos preparan para leer y que ciertamente nos predisponen. Sin los prejuicios la lectura sería imposible; un texto radicalmente novedoso provocaría terror y fascinación en la persona, es verdad, pero no el natural deseo de comprensión que todos tenemos: buscar comprender es un impulso del espíritu humano. Por poco olvido mencionar que el texto posee también su propio contexto, el de su tiempo histórico y el de su género, lo que sin duda alguna aporta información valiosa para realizar el acto de la comprensión. Es una gran necedad asumir que la crítica literaria consiste meramente en un análisis lingüístico: es como querer comprender al ser humano estudiando exclusivamente anatomía. No, el texto no es una estructura plana sino pluridimensional, en él coinciden lo mismo la intencionalidad autoral que la historia, la forma y la materia tropológica, la estrategia retórica y el accidente: con todas estas cosas se construye el sentido, que no es nunca conclusivo sino un mero atisbo, una organizada intuición que puede sustentarse y trasmitirse a los demás.

El lector proyecta sus prejuicios sobre el texto durante el acto mismo de la lectura: busca encontrar lo que se supone debe encontrar. A su vez, el texto se proyecta hacia el lector, mostrando su condición textual concreta, que puede corroborar o desmontar parcialmente los prejuicios del lector; de hecho, esto es lo que comúnmente sucede: comprobación y refutación parciales de los prejuicios. No se trata de deducir o de inducir sino de abducir[8], es decir, de generar un estado de suposición dado por el contraste del ser del lector con el ser del texto. Sin esa atmósfera de predisposición mutua es imposible que pueda hablarse de hermenéutica: leer, no podemos olvidarlo, es una experiencia, no un simple mecanismo de desmontaje de piezas significativas.

En el caso concreto de un poema, es preciso identificar los elementos que lo constituyen. Yo empezaría tratando de responder a las siguientes preguntas: ¿quién es el autor, vive aún, cómo es su obra? ¿Cuál es el título del poema? ¿Es un poema inédito o publicado? ¿Pertenece el poema a un libro o colección de poemas con una línea temática determinada? Se trata, en todo caso, de asumir la posición del investigador, de estar atentos a cada detalle con la intención de vincularlo a nuestros prejuicios, tratando de validarlos siempre, pero también siempre abiertos a desecharlos.

Por último, conviene entender que el acto interpretativo es siempre limitado y pobre: la riqueza simbólica del poema nos rebasa. Por eso considero que la interpretación de la poesía debe asumirse desde la conciencia de la precariedad de toda conclusión definitiva que de ella se derive. Como lectores determinados por nuestro propio tiempo, aportamos ciertamente a esa lectura común y variopinta que consolida una determinada tradición crítica; llevamos a la sumatoria de opiniones nuestra subjetividad, irrepetible y acotada, pero necesaria para que ese conjunto de voces preserve su valor y carácter colectivos.

Leer es un acto de aproximación y como tal implica una dinámica, es decir, un esfuerzo propio de movilización total. Uno aprende al realizar dicha marcha, pero no solo de lo que se lee sino también de uno mismo como traductor o explicador de lo leído; la lectura, es decir, la búsqueda de la comprensión es una actividad cumbre de nuestra existencia: un viaje de uno mismo hacia uno mismo pasando por la vida.

Funciones de la poesía

La poesía nos habla del ser, de la persona misma y del lenguaje. La función poética primordial consiste en mostrar, en hacer evidente un estado experiencial humano previo a la verbalización; sobre la página en blanco se despliega un impulso existencial que en ocasiones es cristalino y en otras tantas se presenta turbio, cerrado, inaccesible. Si el poema no implicara cierto grado de complejidad, sería del todo innecesario echar mano de hermenéutica alguna: todo estaría ahí, dado, y nosotros participaríamos del sentido de la obra sin necesidad de realizar el más mínimo esfuerzo.

Por expresión del ser me refiero al concepto clásico heideggeriano: el estar-ahí, el arrojarse hacia la vida para consumar un proyecto que asumimos como un llamado. En el mundo de la materia y el intercambio de valores comerciales, el arrojarse al mundo se traduce necesariamente en producir, en crear servicios o bienes palpables con los cuales lucrar; sin embargo y como he dicho antes, la poesía –y el arte en general- implican la gratuidad. Es como si el ser manara y dejara sobre el mundo de la historia una impronta personal irrepetible, única porque las personas son únicas: testimonio íntimo de la naturaleza humana.

Dicho de una manera algo simplista, el poema existe porque sí, porque es preciso que la palabra sea más que una moneda determinada por el uso específico de la transacción. El ser se extiende en el poema, lo vuelve espejo y consecuencia de sí mismo; parecería que de lo que hablo es propio de una reflexión metafísica, pero no lo creo así: no hablo de una entelequia o una abstracción categórica sino de la voluntad humana por marcar la vida con signos propios, señales que son tanteos de respuesta, indagaciones que arrojan luz sobre el mundo de las cosas y del ser mismo. Por eso la poesía, en una época agobiada por una visión materialista y utilitaria, sigue siendo testimonio de la condición humana como sinónimo de independencia creativa. La poesía puede colaborar en la construcción de una nueva visión de mundo, dialógica y propulsora de encuentro. En esto creo profundamente.

Por otra parte y como he señalado líneas arriba, existe un elemento contextual de la creación y recepción poéticas. El poeta no puede evitar que la vida, entendida como serie de sucesos consignables, se “cuele” entre sus palabras y así fuera de manera refractada dé cuenta de los contextos existenciales del poeta: personas, situaciones, conflictos, etc. La poesía es también una de las formas de la escritura (auto)biográfica. A través de ella podemos acceder al conocimiento de la vida privada y pública, del carácter de una época; en este sentido contribuye a proporcionarnos un retrato íntimo, una mirada particular que nos demuestra cómo las subjetividades fueron construyéndose en un momento determinado de la historia. Hay aquí un valor testimonial incalculable.

En un tiempo como el actual en el que existe una evidente pasión por los cruces interdisciplinarios, pensar en la poesía ya no con su carácter artístico sino documental resulta ser una tentación de la que me cuesta trabajo abstraerme. Ahora que los departamentos de español y portugués de las universidades norteamericanas se han vuelto auténticos centros de estudios culturales, una aproximación a la poesía no como obra sino como artefacto verbal depositario de todas las huellas socioculturales resultaría imperativo. Si mi petición se presenta como demasiado descolocada, por lo menos supongo que el poema puede servir como elemento de contraste en alguno de esos estudios comparativos a los que son tan afectos los investigadores de este tiempo nuestro.

Desde sus orígenes, que son los orígenes del espíritu, el ser humano ha necesitado de la poesía para expresarse y confirmarse, para buscar la comunión con su naturaleza perdida, para tratar de mostrarse tal cual es de cara a sus hermanos los hombres. Es mi opinión que nada puede hacerlo como la poesía, que es gracias a ella que la existencia del género humano encuentra un conocimiento profundo de sí mismo y de sus circunstancias.

Para terminar este apartado, me gustaría señalar una de las evidentes funciones de la poesía, la de revitalizar la lengua. Gracias al arte poético la palabra se vuelve hacia sí misma y se reconoce como una estructura viva, cambiante y colectiva. La asociación humana tiene en la lengua -no necesito decirlo- su elemento vinculante más decisivo: sobre la estructura mental de la comunicación verbal se han montado los mecanismos expresivos de otros lenguajes. Haciendo una extrapolación hacia el ámbito de lo político y social, no me parece descabellado creer que la lengua posee la capacidad de redundar en relaciones interpersonales (naturalmente dialógicas) más ricas y llenas de sentido. La poesía entraña el poder de fundar tradiciones y unificar colectivos.

Respecto a lo anterior, me gustaría detenerme un momento para reflexionar en la relación existente entre poesía y tradición, que de manera indirecta traté arriba. En nuestro contexto actual, sacudido por un cambio de episteme, como señala la frase sobada que refiere a la posmodernidad, se pondera desde los ámbitos de la creación la idea de una ruptura radical con el pasado. Esta situación genera, como ya lo referí, una destrucción misma del medio, en este caso poético, que se desea renovar o incluso refundar. Se trata de una estrategia de tabula rasa a la que es muy fácil afiliarse desde la exaltación de la juventud, sobre todo si a nuestro alrededor sobreabundan herramientas tecnológicas, lenguajes de gran potencia sensorial que nos subyugan.

El riesgo es grande y no debe soslayarse porque implica una relegación histórica de la poesía, un olvido de una expresión toral dentro del universo de expresiones artísticas. Esto apunta en la dirección de un individualismo extremo, alienante, que desconoce que la condición humana requiere de la comunidad, como seres gregarios que somos, para cumplirse. No se trata de limitar la libertad de las personas, todo lo contrario: es la tradición la que enseña y educa, la que establece una serie de comportamientos y habilidades fundamentales para la práctica e interpretación poéticas. Beuchot afirma:

“Para poder innovar hay que saber ubicarse en el contexto de la tradición; hay que conocerla a ella y conocerse a uno mismo dentro de ella para poder avanzar en ella e incluso trascenderla; de otra forma será sólo un círculo vicioso en el que se hunde todo”. (Tratado de hermenéutica analógica 71)

La innovación tiene sentido solo si existe una tradición que sirva de contraste: sin esa pertenencia grupal todo es siempre nuevo y siempre antiguo: puro equívoco. La necesidad de la tradición poética es una condición fatal de la que no se puede escapar sin asumir el riesgo de perderse en los dominios de la locura.

Conclusiones

¿Cómo leer un poema? Con prudencia, lo que implica de algún modo un acto de amor e inteligencia. Acercarse a él reconociendo su riqueza y sus posibilidades, atendiendo con cuidado la sutileza y los detalles. Creo que debemos leer un poema con paciencia, no solo recorriendo con los ojos sino dejándonos empapar por esa voz que le es propia y que es preciso escuchar con detenimiento. Aquel lector que no se deja tocar por el poema no puede ser un buen comentarista: es demasiado rígido y termina imponiéndole sus prejuicios a rajatabla, como si todas sus postulados fueran un compendio de cuanto hay que decir sobre la poesía. La lectura de la que hablo es abierta, plural y no se cierra sobre sí misma; claro está, existe la necesaria limitación de la justificación. La hermenéutica analógica abre una amplia puerta a través de la cual es posible explorar con suficiencia las sugerencias de sentido que la  estructura poética tiene; además, renuncia al discurso esotérico de quienes, asumiendo que nada puede decirse de la poesía, se encierran entre las cuatro paredes acolchadas de un discurso abstruso y pretendidamente intelectual. Un poema ha de leerse desde la hermenéutica con un fin claro de interpretación y traslación de sentido, y para mí esto entraña ya un carácter pedagógico del que no deseo desligarme.

La lectura del poema debe asumirse como una experiencia intelectual y sensorial a un tiempo: en parte deductiva y en parte experiencial. Esto implica que sea imposible fijar un manual de lectura poética, al menos uno que cierre todas las posibilidades, que solo se cumplen en la actualización de la lectura, que requiere, como es obvio, la subjetividad irrepetible del lector.

La segunda pregunta que nos ha entretenido a lo largo de esta larga reflexión, ¿por qué leer un poema? Porque la poesía nos revela el poder de la palabra, la imaginación y el calado de nuestro espíritu. Gracias a ella podemos testimoniar nuestros mundos interiores, que son reflejo o refracción de los estímulos vitales que nos rodean; este testimonio deja de ser un calco mecánico para convertirse en una expresión compleja que lejos de confundir enriquece la comprensión de la vida humana. No se trata de un discurso idealista sino de una realidad esencial que hoy en día, bajo los designios de un sistema hipermoderno, parecerían de una candidez de otro tiempo. No lo creo.  La poesía tiene un carácter simbólico que aporta a la construcción de un sentido colectivo y tradicional al que podemos afiliarnos y que ciertamente podemos renovar –de hecho sucede siempre- como parte de un proceso de desplazamiento histórico generacional. Incluso más, me atrevería a decir que esa renovación constante es un alto deber de todos aquellos que amamos la poesía.

He hablado en todas estas páginas de un perfil poético vivo, impregnado por la vida y por las cosas de la vida, que es humano y que no debe ser reducido a mera divagación intraverbal sin conexión alguna con la experiencia concreta de la gente. Ignorar la importancia de la poesía en la vida de los pueblos es claudicar en las luchas de la cultura, que no son otra cosa que el esfuerzo por construir un futuro mejor para todos.

[1] Nótese que no hablo de decir o contener sino de sugerir, que es un concepto que implica pluralidad de significados y sentidos, es decir, diferencia y posibilidad.

[2] Estoy hablando de la poesía que va desde el romanticismo hasta las vanguardias dentro de la historiografía occidental.

[3] Me refiero al hecho de que el poema requiere complejizar su estructura para enriquecer sus posibilidades significativas. La poesía es la conciencia que el lenguaje tiene de sí mismo y el espejo en el que mejor se proyecta la lucidez humana.

[4] Utilizo este término pensando en la intuición eidética husserliana.

[5] Pensemos en el mito, al que yo siempre entiendo como el símbolo por excelencia.

[6] Para evitar malos entendidos: no tengo absolutamente nada en contra de la tecnología, no soy tecnofóbico; por el contrario, creo que es una potente herramienta que acerca a las personas, ayuda a difundir y preservar ideas, y lo más importante, posibilita la promoción de la justicia y la educación, así como la consolidación de instituciones más democráticas en los países.

[7] El texto puede ser icónico, oral, performativo, etc. Se trata, en todo caso, de un conjunto de elementos significativos organizados para trasladar sentido, es decir, para ser vividos e interpretados de manera dialógica. (Hermenéutica analógica y símbolo 27-32)

[8] Tomo el término abducción de Charles Sanders Peirce (1839-1914), filósofo y matemático norteamericano. (Hermenéutica, analogía y símbolo 80-1)

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