El estilo de los académicos

 

comportamiento-absurdo

Pocas cosas debe haber tan aburridas como las presentaciones de los académicos del área de humanidades. Suelen hablar y hablar, leer notas que poco o nada dicen mientras, separados de todo y de todos, se concentran buscando no evidenciar sus grandes nervios en la insalvable lejanía del estrado al que forzadamente se trepan. Lo hacen porque deben cumplir con ello, porque se los impone el oficio más que el corazón. Digo todas estas cosas sin afán alguno de ejercer una crítica simplista o frívola, más bien todo lo contrario, si escribo estas palabras es porque creo que es preciso repensar nuestro oficio a la luz de una urgencia moral que cubre este tiempo y nos interpela todos los días, aunque algunos no se den por aludidos. Aún más: somos los académicos quienes deberíamos ser los primeros en darnos cuenta de las profundas grietas sobre las cuales insistimos en construir, sin orden ni prudencia, un discurso cansino y vacío de todo significado. El aburrimiento de nuestras audiencias debería ser una señal de alerta, pero poco o nada parece importarle a esa infinita mayoría de “investigadores y docentes” ensimismados y pobres que insisten en repetirse hasta la locura. ¿No sienten acaso un imperioso deseo de lanzarse hacia la vida en sus aulas? ¿No entienden que entre sus manos tienen un poder tan noble como maravilloso, el de entusiasmar a sus estudiantes y colegas? Creo que no y esto me perturba profundamente.

El debilitamiento sistemático de toda ontología ha generado, como una consecuencia natural, una confusión ridícula del estilo; el texto ha dejado de ser un vehículo para convertirse en un fin en sí mismo: vivimos en una sociedad de la textualidad a ras de piso. Nos rodea un mar de signos vacíos. El académico de las humanidades se ha rendido, ha claudicado ante toda metafísica y ha concentrado toda su existencia en la “exploración” de un decir circular que nada dice, que es ruido de huesos, ironía y banalidad interminable. No tienen nada que decir porque no quieren, porque suponen que toda aseveración es esencialmente violenta; al afirmar estamos negando de un modo implícito y esa manifestación de certeza les produce vértigos. Evaden el conflicto y esto es harto sistemático: eludir la definición personal de cara al mundo nos condena al exilio terrenal. Si acaso hay algo peor que no ser es el convertirse, como esta gente, en extranjeros de la vida. Es llanamente absurdo.

El estilo que buscan es el del vacío. Se han postrado ante el becerro de oro de la estridencia y es a ella a quien obedecen con su voluntad de aspaviento infinito. Los impulsa un concepto muy simple: el juego. Asumen que basta un apetito lúdico para justificarlo todo; ignoran, así me lo parece, que la repetición del juego conduce inevitablemente al tedio. Y eso es lo que consiguen: una cosecha de bostezos.

El académico culturalista por antonomasia es una persona con problemas de concentración: todo lo interpela y anima. Sus investigaciones son auténticos compendios de intereses dispares que acumula con premura (en parte por la demanda productiva de su centro de trabajo), ocasionando una suerte de logorragia incurable. No importa, nadie lo juzgará por ello; al contrario, la confusión suele ser un paradigma. En la medida en que un texto es confuso o abiertamente disparatado, en esa misma medida se le considerará digno de formar parte de ese (anti) canon de las chifladuras que aparentemente se le sigue denominando “teoría”.

Lejos de permanecer en el texto escrito, el estilo abigarrado y caótico se extiende y adquiere un carácter performativo. Hablar con uno de estos académicos es como asomarse a un caleidoscopio del mareo. He observado que hay un mecanismo inconsciente que los obliga a rectificar sobre la marcha, afirmando y negando a la vez en un lenguaje rico en neologismos; todo lo que se dice simula complejidad, aunque en realidad no es sino ruido, un derrame continuo de signos condenados a irse, como todos los desechos, por la coladera. Si uno interrumpe y pide alguna clarificación, el interlocutor culturalista se siente atacado. Para ellos la claridad suele ser una imposición “liberal” que no están dispuestos a aceptar y de este modo es que consiguen escaparse por los cerros de Úbeda. Ganan todos los debates porque no se sujetan a un principio común y objetivo de la realidad: el blanco y el negro son lo mismo si es que se decide caprichosamente que así sea.

Siguen teniendo en la desconstrucción derridiana su principal aliado. No importa que no hayan leído jamás al filósofo francés, lo importante es haber asimilado de oídas la idea de que el principal deber de nuestro tiempo es tomar un mazo y embestir contra todo lo que medianamente ofrezca una apariencia sólida. Encuentran en este subterfugio una justificación para todo, sobre todo para no pensar, porque huyen de la reflexión como de la peste: le atribuyen a la razón, incluso en sus versiones menos rígidas, un carácter fálico y dictatorial. Los obsesionan los cuentos de terror de la cultura occidental, los milenarismos seculares, las conspiraciones geopolíticas y la distopía neomarxista. Tienen tres o cuatro cartas que se empecinan en jugar infatigablemente.

La principal tragedia es que su estilo los encierra y separa. En sus cátedras no buscan el diálogo sino el soliloquio. Han dejado de inspirar porque su mundo interior ha renunciado a la nobleza espiritual propugnada por los más elevados (la metáfora vertical es a todas luces intencionada) paradigmas del pensamiento humanista. Su realidad es una sucesión de superficies que no ocultan nada, que no encierran tesoro alguno sino el eco repetido de un balbuceo, el balbuceo del loco que ha renunciado a las generalizaciones y que con ello ha imposibilitado el pensamiento. La obsesión con las singularidades nos aparta de nuestra condición humana y nos acerca dolorosamente al reino de las bestias.

Los veo como marineros que se lanzan al mar sin mapa y sin brújula, indiferentes a la noción del derrotero. No aspiran a nada más que flotar en una deriva insana mientras el tiempo se hace cargo de consumir sus vidas, nuestras vidas, las de todos. No encuentro nada bello en el corazón de los que deliberada y absurdamente se lanzan ciegamente a las aguas oscurecidas del sinsentido.

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